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Fuego amigo: la pulsión económica del capital

Fuego amigo: la pulsión económica del capital
julio 11
09:22 2018

Por Andrés Scharager. Las crisis suelen rehuirle a los pronósticos y son reacias a imitar a sus antecesoras. Difícilmente puedan encontrarse en nuestra historia dos que hayan sido iguales o alguna que haya sido anticipada. Ni el Cordobazo tuvo la fisionomía del derrumbe de 2001 ni el Rodrigazo se asemejó al estallido hiperinflacionario de 1989.

Menos aún podríamos hallar en los archivos de prensa del 19 de diciembre vaticinios sobre los acontecimientos que se desencadenarían esa tarde. Se pueden identificar tensiones, pero no prever irrupciones. La sorpresa está a la orden del día, especialmente en una sociedad con tamaña vitalidad política como la argentina.

Cierto es que la vuelta al Fondo Monetario Internacional (FMI) y la seguidilla de sucesos de estos últimos dos meses habían sido incansablemente advertidos: son abundantes las lecciones de la experiencia reciente sobre la inviabilidad de un modelo sostenido en la desregulación de la entrada y salida de capitales, el hiperendeudamiento y la apertura indiscriminada de importaciones.

Pero lo que escapó a los cálculos fue cuál sería el catalizador de esta crisis incipiente. Mientras la movilización y la resistencia social marcaban el compás de la pulseada frente al ajuste -como lo demostraron las jornadas durante la votación de la reforma jubilatoria-, se incubaba una arremetida contra la política oficial desde las propias filas aliadas a la Casa Rosada. Con su frenética corrida contra el peso, el fuego amigo rompió la ola de gradualismo sobre la que barrenaba el gobierno de los CEOs, poniendo en jaque no sólo la factibilidad de su plan económico sino la mismísima solidez de su base social.

La rana y el escorpión

Cuenta la fábula que un escorpión le pide ayuda a una rana para cruzar el río. “No te preocupes, que no te voy a picar. Si lo hiciera, nos ahogaríamos los dos”, le dice el escorpión a la rana, convenciéndola con sensatez. Pero a mitad de camino, mientras viaja subido a su lomo, el escorpión le clava su aguijón. “¿Qué acabás de hacer? Ahora nos vamos a hundir”, aúlla la rana mientras va quedando paralizada. “Perdón, no pude evitarlo. Está en mi naturaleza”.

La crisis de representación que eclosionó en 2001 no fue ajena al gran empresariado. Relegando a la “vieja política”, un grupo de ellos demostró en 2015 que podían subordinar a los partidos tradicionales y hacerse cargo por su propia cuenta de la administración de sus asuntos comunes. Con sus gerentes al frente del Estado, la aparente frontera entre lo político y lo económico parecía diluirse, dando lugar a un país gobernado por sus mismísimos dueños.

La llegada al poder de Cambiemos significó para las clases económicamente dominantes la promesa de convertirse, final y definitivamente, en política y culturalmente dirigentes. Para esto, el macrismo ha buscado afianzar un modelo abiertamente empresarial y a la vez políticamente perdurable; ha pretendido crear un cambio profundo de las reglas de juego y en simultáneo cerrarle el camino al “populismo”. Formidable tarea en una sociedad como la argentina, con una clase trabajadora irascible y una cúpula económica rapaz. Más aún cuando la consolidación de un proyecto político semejante riñe con la sedienta inmediatez del capital.

El gobierno se ha guiado por la hipótesis de que la urgencia de las reformas es incompatible con la materialidad de las relaciones de fuerza existentes, y que toda orientación contraria a este diagnóstico conspiraría contra la sostenibilidad en el tiempo de su proyecto. Por eso, en un país tan fácilmente inflamable, apostó a la política bifaz: con la mano izquierda, obra pública y política social; con la derecha, reforma, ajuste y represión.

Sobre todo, la de Cambiemos ha sido la política de la paciencia. Al rogarle a “los argentinos” que sepan esperar porque “lo mejor está por venir”, Macri también se ha dirigido, en efecto, al gran capital: para imponer las reformas económicas, respetar los tiempos políticos. Con la confianza de pertenecer a la estirpe, el gobierno ha practicado con el empresariado su propio “síganme, que no los voy a defraudar”.

Pero la templanza, suplicada desde la racionalidad política, acabó por colisionar con la racionalidad económica del capital. Si algo se quebró en estos meses fue el compás de espera que éste le había concedido al gobierno. Con su asedio al Banco Central, el shock -doctrina del capital- arrasó con el gradualismo -proyecto de la paciencia-. Las finanzas no hablan el lenguaje de la política, les resulta innatural adaptarse a sus necesidades y su temporalidad. Macri suplica confianza y lluvia de inversiones, pero los mercados la retacean y apuñalan por la espalda. Los negocios son los negocios.

La inestabilidad que empieza a vislumbrarse, por lo tanto, evidencia los límites que impone la movilización popular, pero también el voraz e indomable poder de fuego del capital. No importa cuántos CEOs haya en el gobierno, ni cuán contundentes sean las “señales” a los mercados. Como con la rana y el escorpión, ellos “van por todo” y le clavan a Macri el aguijón: está en su naturaleza.

Un camino que se angosta

Se ha discutido si este nuevo panorama se ha generado por impericia o por inducción, pero la pregunta es tan sugerente como engañosa. La profundización del ajuste que comienza a ejecutar el gobierno da rienda suelta a la pulsión económica del gran capital, pero al mismo tiempo ésta pone en riesgo las aspiraciones electorales de sus más nítidos representantes. Lo más razonable para la lógica económica se vuelve un desfiladero peligroso para la supervivencia política.

Lo innegable es que Cambiemos ingresa en un escenario por demás indeseado. Se estrechan sus opciones y se le presentan nuevos frentes. En primer lugar, con su más abierto adversario: la movilización popular amenaza con extenderse, mientras en la Patagonia resuena la memoria de los estallidos provinciales. En segundo lugar, con sus interlocutores circunstanciales: cada vez más inflexible, la oposición deja atrás sus posturas conciliadoras y se hace de una renovada esperanza de victoria. En tercer lugar, en la opinión pública: el malestar social se profundiza, las expectativas se deterioran y las frustraciones se amplían.

A su vez, el macrismo cuenta con un cuarto frente entre sus aliados económicos y políticos. Los mercados lo desafían, marcando el ritmo de su agenda política y definiendo el rumbo de su política fiscal, monetaria y hasta internacional. Mientras tanto, Carrió y la UCR ponen a prueba sus respectivos límites, tanto entre sí como con el PRO. Aunque por ahora meramente folklóricas, sus tensiones podrían agudizarse conforme empeore la situación social.

El gobierno afirma que apenas se trata de capear la tormenta, pero elude referirse al riesgo de perder el timón. Debe navegar el próximo año y medio entre la necesidad de la reelección y una política de shock que ya marcha a todo vapor. ¿Sacrificarán los mercados a su gobierno de CEOs?

Esto implica un riesgo mayúsculo para el macrismo, pero resta ver si también lo será para el gran capital, que trasladará a las urnas la lógica de los mercados: como en la economía, la mejor estrategia es diversificar.

@AndresScharager

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