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16 de julio de 1950

16 de julio de 1950
julio 16
09:30 2018

Hace días que Brasil no duerme. Hoy no ha sido la excepción. En Rio de Janeiro el sol estalla sobre la gente que apiñada trata de hacerse un lugar en un estadio especialmente construido para la ocasión. El Maracaná es un hormiguero. Casi 200 mil personas esperan con alegría el inicio de la final del Campeonato Mundial de Fútbol.

Después de 12 años se organiza un nuevo mundial, en el medio millones de muertos por la Segunda Guerra Mundial. Brasil enfrenta a Uruguay y con el empate es campeón. Las leyendas afirman que los diarios del día después ya estaban impresos, también que a los jugadores uruguayos los dirigentes les dijeron que si perdían por cuatro goles estaba bien.

Brasil viene de meter 13 goles en dos partidos: 7 a 1 a Suecia y 6 a 1 a España. Uruguay con la necesidad de vencer para ser campeón. El empate 2 a 2 con España y la victoria frente a los escandinavos por 3 a 2 lo ubicaban segundo en el cuadrangular final. El empate, por obvias razones, es insuficiente para la Celeste.

El Maracaná pierde su forma, se humaniza. Se mueve al compás de la banda de sonido. Todo es algarabía, incluso cuando han finalizado los primeros 45 minutos y el encuentro esta 0 a 0. Samba y entretiempo. Espera y mil colores.

Vuelven al terreno de juego, los uruguayos ya no lo hacen junto con los brasileros como en el primer tiempo, ya no necesitan saber que pueden soportar ser once, el banco de suplentes y 30 más que alientan en algún sector del gigante de cemento.

A los tres minutos del segundo tiempo, Friaca entra por derecha al área de Uruguay y saca un derechazo que se mete allí donde nadie llega y tampoco Roque Maspoli. El solo hecho de aventurarse a imaginar el grito de gol es ensordecedor. Un grito que parece, a esa altura de las circunstancias, imposible de ser callado.

Todo es fiesta. El carnaval ha llegado para quedarse el tiempo que la cosecha lo permita. Por ahora alcanza y sobra. La risa es un canto más. La gente se abraza, arroja hacia arriba sus gorros para agarralos en el aire con un pequeño salto. Los hinchas asumen una segunda vida. Todo está permitido.

Obdulio Varela trata de ofrecer serenidad. Quiere que el silencio actúe como aliado. Detiene el juego con un reclamo sobreactuado. Cuando el juego se reanuda y transcurren casi 20 minutos, Alcides Ghiggia encara por derecha, va hasta el fondo y saca centro un atrás que Schiaffino agarra como viene y le asesta a Barbosa la primer estocada.

Quedan 25 minutos. Las gotas en la frente son de calor y de susto. Aparecen las preguntas entre los cantantes, los bailarines. El sol ya no ilumina todo el terreno. Una parte del campo es todo sombra. Por allí Varela toca para Ghiggia que traslada y toca para Julio Pérez que juega en profundidad para la velocidad de Alcides.

Ghiggia entra al área luego de superar a Bigode. Barbosa da uno, dos, tres pasos. Ha mordido el anzuelo. El uruguayo esta vez no enviará centro. Dispara seco y rasante al palo de un arquero que, sin saber, ha comenzado a cavar su propia tumba.

Quedan 11 minutos. Ya no quedan. Uruguay es campeón del mundo como en 1930. Entre el primer gol y el segundo, Jules Rimet, presidente de FIFA entre 1921 y 1954 y creador del Campeonato Mundial de Fútbol, comenzó a bajar las escaleras desde su palco al campo de juego, su discurso también estaba escrito. Cuando llegó a destino no había palabras.

Ghiggia recordaría luego: “Cuando llegó a la cancha, le dijeron que Uruguay había ganado. No entendía nada. Aún me parece estar viendo su cara de desconcierto, con la copa en la mano, sin saber qué decir, porque para ´Uruguay campeón´ no había preparado ningún discurso”.

16 de Julio de 2015

Es Invierno en Uruguay. En una casa de Montevideo un hombre de 88 años observa la repetición de Internacional de Porto Alegre y Tigres de México por las semifinales de la Copa Libertadores de América. Está junto a uno de sus hijos. Comienza a sentirse mal y termina sufriendo un paro cardiorespiratorio. Muere.

Con ese último latido se fue el último hombre. El autor del gol de una de las victorias más importantes en la historia del deporte. Alcides Ghiggia, ese que nació y murió hincha de Peñarol donde jugó entre 1948 y 1953. Los últimos 15 meses los pasó suspendido por trompear al árbitro Juan Carlos Armental. Se fue a Italia, jugó en la Roma y en el Milán. Volvió para jugar hasta los 42 años en Danubio.

Con un dejo de orgullo y picardía sostuvo “Jugué hasta los 42 años… ¡y pensar que dicen que hacía mala vida! ¡Cómo alguien va a jugar hasta esa edad si hace mala vida! ‘Pero si le gustaban mucho las mujeres’. ¡Y a quién no le gustan las mujeres! Yo no era mujeriego, pero uno era joven, se vestía bien…”

Con Alcides Ghiggia se va parte de la historia. Cada vez que le preguntaban por el “Maracanazo” repetía “solo tres personas han silenciado el Maracaná, Frank Sinatra, el Papa y yo”, para agregar que “después del segundo gol no sentías volar una mosca”.

En 2013 lo homenajearon en el Centenario con un fragmento del documental Maracaná, la película en el que se escucha el relato del gol. Todo el estadio gritó con él su gol. Se emocionó hasta las lágrimas. De hecho no escuchaba el relato desde hacía tiempo para no dejar escapar un lagrimón.

Alcides Ghiggia escribió la primera letra y el punto final de una de las historias más lindas de la historia del fútbol. Para ello eligió la misma fecha.

Federico Coguzza – @Ellanzallama

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