Cultura

21 agosto, 2018

El Ángel: la mística del mal

La película de Luis Ortega hace un recorte libre sobre los años juveniles de Robledo Puch, el asesino serial con mayor tiempo en prisión del país. Con más de 670.000 espectadores, el éxito se basa en actuaciones destacadas, un guión bien adaptado y lo mejor: gran calidad visual acompañada de una banda sonora impecable.

La película de Luis Ortega hace un recorte libre sobre los años juveniles de Robledo Puch, el asesino serial con mayor tiempo en prisión del país. Con más de 670.000 espectadores, el éxito se basa en actuaciones destacadas, un guión bien adaptado y lo mejor: gran calidad visual acompañada de una banda sonora impecable.

La palabra “mística” del griego myein (cerrar los ojos, los labios) refiere a una experiencia muy difícil de alcanzar durante la existencia terrenal. Según el filósofo neoplatónico Plotino, la mística refiere a cerrar los sentidos y deseos del hombre para llegar a una fusión momentánea con Lo Sagrado. Una práctica espiritual de unidad; un estado de iluminación propio de la ligazón con la divinidad irracional.

El Ángel funda esa relación de atracción con el público: por un lado, la mística de un personaje que parece unido a una experiencia espiritual de unidad con El Mal y por otro, el morbo entendido como un atractivo inevitable hacia la crueldad y lo prohibido.

El espectador queda hipnotizado con la cobra que se eleva ante sus ojos: el baile de un Adonis dentro de unos pantalones oxford. La sensualidad en ese contoneo imprime un punto de recorte y un punto de partida: Lorenzo “Toto” Ferro contagia el trance de ser un Robledo Puch veinteañero, vagando por las calles, mirando la gente pasar. El fuego en su mirada remite a ese primer hipnotismo de lo prohibido: la escena de un baile en la soledad de una casa que no le pertenece y se apropia por un rato.

¿Un romántico? Tal vez en lo que refiere a ir en contra de las reglas establecidas. No hay motivaciones idealistas en Robledo, mostrado como un sociópata. Se cansa de las cosas que roba, las termina regalando o tirando.

La empatía con el personaje es automática porque a todos nos gustan los personajes malvados. Sus características de independencia e incorrección frente a todo hacen que los juegos como el GTA sean de los más exitosos.

La ficción operando como una purga de nuestros propios supuestos; lo que podríamos hacer pero no hacemos. Esas especulaciones nos llevan a interesarnos por el Robledo de Ortega o el Pablo Escobar del colombiano Andrés Parra. Esta Mística del Mal consiste en cerrar los labios y abrir los ojos frente a una experiencia ajena: la del personaje cruel. Lo que nos salva de ser como Robledo o Darth Vader es la empatía. Uno y otro son personajes de ficción. Cuando la realidad atraviesa la pantalla, en el caso de Robledo, entendemos que lo visto no es real pero se le parece bastante; ahí entra el morbo a cautivarnos.

Hipnotismo que también es sensualidad homoerótica. Las figuras en el espejo del Chino Darín y “Toto” Ferro plantean con alevosía el juego del intercambio de roles: de Fidel y El Che a Perón y Evita. Ferro con unos aros de brillantes; Darín con la pistola en la mano. En ese histeriqueo similar al de unos Batman y Robin sin destino, fumadores sin descanso, rifando la vida porque saben que no hay otra.

La estética de las imágenes recuerda a las películas de Almodóvar. Esos planos resaltados por colores fuertes con filtros oscuros denotan un trabajo estético obsesivo que tiene su complemento ideal en la música: clásicos del rock and pop argento de la época que aparecen en el momento justo. La palabra precisa, la sonrisa perfecta.

Tanta parafernalia estética, tanto cuidado por la imagen ayudan a olvidar que El Ángel cuenta la historia de un asesino serial. Esto es porque el acento no está puesto en la sangre. El despilfarro morboso no pasa por ahí. Los muertos casi no se notan. La imagen de un chico rubio de rasgos perfectos para el occidente nos mantiene hipnotizados.

El efecto dura hasta el final. La reflexión podría ser que El Ángel es una película superficial que mantiene un nivel estético alto para distraernos de lo terrible. Esa consideración se diluye con la certeza de que si bien existe una humanización del monstruo, la narración termina por ubicarnos en lo que realmente es: una historia bien contada que nos hace reflexionar sobre esa inevitable atracción al horror.

Mariano Cervini – @marianocervini

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