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Hablame simplemente de aquel amor ausente

Hablame simplemente de aquel amor ausente
agosto 27
10:31 2018

El 27 de agosto de 1994 algunos rincones de los barrios porteños se sintieron tocados, como si una ráfaga del sur de Buenos Aires avisara al pasar, que Roberto “el Polaco” Goyeneche ya no estaba físicamente.

La primavera es nuestra vida

Una vida llena de elogios y lucha. Desde aquella primera noche frente a un micrófono hasta los últimos versos, la voz del Polaco se escurre por todas las ranuras de la historia porteña y por ende, de un país.

En una de esas frases que la historia siempre recuerda, Antonio Carrizo, periodista histórico de la materia tango, señalaba que conocer a Goyeneche es dar cuenta de una de las formas de la noche: “La noche puede tener muchas formas, con estrellas, con lluvia, con luna, pero hay una forma Goyeneche”. Desde aquí partimos.

Sus primeras actuaciones tienen que ver con un concurso de tango realizado por el violinista Raúl Kaplún que luego contaría que “se estremeció” al escuchar al joven que soñaba con ser como sus ídolos porteños. El Polaco ganó el concurso y el premio fue cantar un mes con una orquesta. Así su vida comenzaba a teñirse de trajes, trasnoches y un sin fin de frases tangueras que ya no tenían vuelta atrás, se asomaba un nuevo baluarte, un nuevo símbolo de la porteñidad, que ya tenía a Carlos Gardel como ídolo indiscutible.

Recordaría el Polaco con el tiempo: “Convencí a mi vieja para que me autorizara. Al cabaret los menores no podían entrar pero, como sostén de mi familia, me lo permitieron. Eso sí: yo cantaba, pero apenas terminaba me encerraban en una salita con un sandwich y una gaseosa. Cuando la orquesta terminaba, Kaplún me acompañaba hasta la parada del tranvía 35 que iba del Correo Central hasta Villa Urquiza. Mi viejo me esperaba en una parada: nunca olvidaré la mirada de alivio que tenían sus ojos cuando me veía llegar”.

Por los disgustos que le producía a su madre andar por las noches de bar en bar y tras la muerte de la misma, había prometido que no cantaría más. En una madrugada cuando recorría Buenos Aires con su colectivo, lo escuchó Juan José Otero, representante de Horacio Salgán, y le ofreció hacer una prueba.

El tango ya era parte de su propia historia, de sus venas y es por eso que aceptó la oferta y volvió a los escenarios. Pese a formar parte de una de las orquestas más prestigiosas de Buenos Aires, Goyeneche no abandonó el colectivo.

Lastima Bandoneón, mi corazón

Una de las historias más emotivas del Polaco tiene se dio con el bandoneonista Aníbal Troilo, conocido en el círculo de tangueros como “Pichuco”. Goyeneche ya era un cantor que venía de participar en la Orquesta de Salgán y Troilo contaba con su propia Orquesta. Se establecería, entre ambos, una relación entrañable desde el día que se conocieron.

“Fue en el café Nacional –cuenta Goyeneche en el libro La vida de Roberto Goyeneche, de Matías Longoni y Daniel Vecchiarelli–, durante un homenaje a Osmar Maderna. Yo cantaba con la orquesta de Salgán y entró él. Su presencia levantó murmullos entre la gente y yo, enojado, pedí silencio. Cuando terminé con mi actuación, Troilo me llamó: quería hablar conmigo. Yo creí que quería disculparse por el bochinche, pero me equivoqué: quería probarme y me dijo que nunca había visto un cantor de tangos que fuera rubio y, menos aún, que lo hiciera bien”. Por eso Troilo lo bautizó El Polaco.

“El Gordo me decía: ‘Hay que contarle al público; no cantarle. De cantar se encarga la orquesta.’ Pichuco me enseñó a cantar las comas, los puntos; a no acentuar equivocado… Cosas que uno aprende escuchando hablar a Aníbal que, además, canta muy bien. Él te dice: pibe, escuche esto. Y vos aprendés”, contaba Goyeneche en el testimonio a Longoni y Vecchiarelli.

El cantor de buenos aires

En junio de 1960, y con el consentimiento de Troilo, El Polaco grabó como solista su primer simple. Fue en los estudios uruguayos Sondor, acompañado por el pianista Osvaldo Berlinghieri y el bandoneonista Alberto García, también integrantes de la orquesta de Pichuco. Tres años después de grabar su primer disco, y en forma imprevista, se separó de Troilo.

El Polaco en un reportaje junto a Carrizo señalaba que: “Un día vino El Gordo y me dijo: ‘Bueno, pibe: llegó la hora de que deje la orquesta’. Yo no entendía nada: ‘¿Qué pasa, gordo, andan mal las cosas?’, le pregunté. ‘No, lo que pasa es que usted está llamado a ganar mucha plata y yo no se la puedo pagar’. Nos despedimos y lloramos como locos: ‘No se preocupe –me susurró–, va a llegar el día en que nos volvamos a cruzar y ya no va a ser Goyeneche con la orquesta de Troilo, sino Troilo acompañando a Goyeneche”.

Así comenzaba la carrera solista del Polaco, los trabajos paralelos ya quedarían atrás y se encontraba en plena vigencia apadrinado por personajes como Kaplún, Salgán y, en última instancia, Troilo. Llegaba la hora de Goyeneche como solista.

La separación con Troilo lo tuvo mal un tiempo. En 1968, se incorporó al elenco estable del boliche Caño 14 que iba a ser fundamental para su proyección como figura. Entre sus colegas se destacó por no haber sido conservador, por estar abierto a nuevas tendencias. Desoyendo la opinión de muchos críticos, se quiso sacar el gusto e interpretar “Balada para un loco”, de Piazzolla y Ferrer. La grabó en un disco simple y fue un éxito que vendió 75 mil placas.

Con el tiempo llegó el reconocimiento internacional. La presentación del espectáculo Tango Argentino llamó la atención en Europa de manera inmediata. Se presentó en 1985 en el teatro Châtelet de París. La aceptación fue tan importante que pronto debieron emprender una gira por otras ciudades de Francia e Italia.

Vos que todo lo sabes, ¿Mañana cuándo venís?

El 27 de agosto de 1994, murió a los 68 años a causa de una neumonía grave. Poco antes de su hospitalización se informó que proyectaba grabar un disco con el pianista y compositor Mariano Mores, autor de legendarios temas como “Cuartito azul” y “Uno”.

Le sobreviven más de cien discos que grabó a lo largo de su nutrida carrera. Le corresponden centenares de tangos que en su voz encontraron el refugio que cada composición necesita. Le pertenece una historia de Buenos Aires, las callecitas porteñas y la manía de encontrarle la vuelta a la vida.

Germán Hernández

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