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Lo lindo de dar buenas noticias

Lo lindo de dar buenas noticias
octubre 12
12:22 2018

Por Federico Dalponte. Cada tanto un gobierno descubre que conviene dar buenas noticias. No la cura del cáncer, pero algo, alguito. Alcanza a veces con una extensión de derechos, con un programa novedoso, con un hecho revulsivo. Algo que construya sentido histórico.

Domingo Sarmiento como sinónimo de escuelas, Hipólito Yrigoyen como sufragio universal, Juan Perón como derechos sociales, Raúl Alfonsín como juicio a las juntas. Algo que estructure a un gobierno más allá de la coyuntura.

Por ley, esta semana se creó un fondo que garantiza el pago de indemnizaciones a los trabajadores de empresas en quiebra. Por decreto, además, se aprobó el doble aguinaldo para diciembre.

No acá, sino en Uruguay y en Bolivia, países que parecen distantes. Cada uno con sus cuitas, es cierto, pero con debates que sobrepasan lo mundano. En la Argentina, mientras tanto, hace una semana que una diputada oficialista pretende cargarse a un ministro –y ni siquiera lo logra–.

De fondo, el presupuesto que discute el Congreso reduce las partidas en términos reales para todos los ministerios. Es el ajuste que exigió el FMI para equilibrar las cuentas públicas y financiar el epílogo macrista. El Banco Central, por su parte, compra el aire que pagará mañana a una tasa de usura.

Hoy no alcanza con inaugurar un Metrobús en zona oeste, con incautar unos kilos de cocaína. Todo lo que el gobierno pueda anunciar con esa tónica tiene sabor a poco.

Entre tanto, dos leyes fueron aprobadas esta semana sin que al Ejecutivo se le moviera un pelo: la Ley de Barrios Populares y la Ley Donal. Ni por lo socialmente justo de la primera, ni por lo asistencialista de la segunda. En ningún caso el gobierno sentó postura pública como declaración de principios.

Esas formas de ejercicio de la política le son ajenas a Cambiemos. Las deja pasar, pero no las incorpora a su discurso. La alianza de gobierno pretende en cambio modelar un régimen económico que decante en crecimiento y movilidad social ascendente. No computadoras para el piberío, sino déficit cero e inversión en Vaca Muerta.

En ese marco, la apuesta de Mauricio Macri por el sentido histórico de su gobierno fue acercarse desde un principio a la quimérica «pobreza cero». El silogismo era básico: una concatenación de políticas oficiales haría reverdecer a la Argentina y de allí a la pobreza cero sólo bastaba esperar.

Cuando el presidente insistió con que aquella sería la vara de su gestión, sucumbió a la tentación más absurda del liberalismo moderno: no ofrecer más que las condiciones mínimas para que el efecto pretendido se produzca. Léase: hacer lobby en el foro de Davos, eliminar las restricciones cambiarias, favorecer nuevas formas societarias, hasta el flamante estímulo a las exportaciones.

Entre tanto, de las torpezas mayúsculas, seguramente la peor fue aquel múltiple anuncio del acuerdo con el Fondo. Suponer que la toma de un crédito externo ante el prestamista de última instancia podía ser vendida como un logro de gestión fue –como poco– insensato.

En diciembre del 2000, el entonces presidente Fernando De la Rúa anunció el célebre «blindaje» disfrazado de buena noticia. Pero no siempre funciona. En los contextos recesivos, el público se vuelve más demandante.

En el seno del gobierno creen que el contexto es pasajero; que la crisis no demuestra la debilidad del modelo económico, sino apenas los desacoples por décadas de mala gestión. Pero lo cierto es que no hay épica, no hay proezas. Cambiemos pretendió sembrar y levantar cosecha en tiempo récord.

El famoso «segundo semestre» resumía la esperanza macrista de ver resultados a corto plazo. Eran apenas los primeros meses de 2016. Hoy la esperanza oficial es que haya algún brote verde para mostrar en sociedad antes de que termine su mandato.

@fdalponte

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