Batalla de Ideas

19 octubre, 2018

El valor del trabajo, a merced del devaluado trabajo de Macri

Por Federico Dalponte. La frase del presidente recibió más críticas que elogios, pero ilustra a la perfección las políticas laborales de su gobierno. Caída del poder adquisitivo, menor participación del salario en el ingreso nacional y crisis de desocupación.

Por Federico Dalponte. La frase del presidente recibió más críticas que elogios, pero ilustra a la perfección las políticas laborales de su gobierno. Caída del poder adquisitivo, menor participación del salario en el ingreso nacional y crisis de desocupación.

Al presidente Mauricio Macri le angustian los ingresos: no el suyo, sino el de los trabajadores. Insiste desde hace décadas con que sólo los bajos salarios otorgan competitividad. Y construye así una hipérbole del salario: una idea absurda y exagerada sobre el valor determinante del ingreso obrero para la suerte del país.

Aquella famosa entrevista con Marcelo Longobardi fue apenas una carta de presentación. La cita ya es memorable: “Hay que bajar los costos… y los salarios son un costo más”.

Corría el año 1999, momento crítico de la convertibilidad. En aquel entonces, la participación de los salarios en el PBI era de un magro 26%, o de un 34,5% contabilizando a los cuentapropistas. Era un escenario de crisis severa, que demostraba una distribución apenas mejor que la del epílogo alfonsinista, cuando la hiperinflación consumía los ingresos de manera voraz.

En ese contexto fue que Macri pedía bajar –todavía más– los salarios. De nuevo: Macri no pedía bajar los sueldos en la década del ’40, en tiempo del “fifty-fifty”, sino en medio de la recesión más acuciante de la historia argentina.

Dos décadas después, el ahora presidente puede jactarse de estar transitando esa senda con éxito: se conoció esta semana una nueva caída de la participación de los salarios en el PBI. Todo un logro de gestión razonado y consciente.

Según los datos del INDEC, en el segundo trimestre el peso de los asalariados cayó tres puntos en apenas un año; pasó del 48,1% al 45,2%. Con un detalle todavía más preocupante: la caída se dio incluso sin retracción de la cantidad de puestos de trabajo. Esto significa que los asalariados que sostienen a la economía son casi los mismos; los que se licuaron fueron sus ingresos.

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Desde que Cambiemos llegó al gobierno, los salarios perdieron más de diez puntos de poder adquisitivo. Eso explica en buena medida por qué crece en la Argentina la tasa de actividad: cada vez más gente sale a buscar trabajo para colaborar con un ingreso familiar en baja. El sueño empresario-presidencial: muchos, muchísimos peleando por un salario que se esmerila y presionando al mismo tiempo sobre la oferta del mercado laboral.

En ese marco aflora la ortodoxia macrista, contrariando a los agoreros del discurso anti-ideológico. “Nadie puede pretender cobrar más de lo que vale su trabajo porque deja a cientos de miles de argentinos sin trabajo”.

La frase ya no refleja el postulado iniciático de un candidato de derecha cualquiera. Es la ratificación de una estrategia de desarrollo basado en un mercado de trabajo desregulado. Lo cual no implica sólo poner techo a las discusiones paritarias, sino desarticular las agencias oficiales de empleo, desmontar el programa de reconversión productiva, relajar las inspecciones, alentar el cuentapropismo de subsistencia.

Así, la determinación del «valor» del trabajo, equivalente al «precio» para los mercados de bienes, queda atada al libre juego de la oferta y la demanda. La economía clásica dirá, en ese sentido, que los problemas de desocupación bien podrían corregirse si se confiara al mercado el hallazgo de un punto de equilibrio en los salarios.

De esta forma, por ejemplo, el trabajo de un peón tendrá el valor que le asigne el mercado, sin parámetros mínimos. Y en efecto, lo que para los sectores obreros significaron conquistas históricas –salario mínimo, negociación colectiva–, para la ortodoxia económica no son más que elementos distorsivos. Con esa lógica, ya sea por aplicación de la ley o de un convenio colectivo, cuando un trabajador cobra más de lo que indica el mercado “deja a cientos de miles de argentinos sin trabajo”.

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Aunque, claro, a diferencia de lo que cree el presidente, aquella no es la única forma de analizar el «valor» del trabajo. Desde la consideración del impacto social de ciertas ocupaciones mal remuneradas hasta la ponderación de la plusvalía, las discusiones sobre este punto son constantes y resonantes desde hace siglos.

Así, la novedad no es sólo que el presidente haya desnudado un pensamiento de liberalismo a ultranza, sino que fue vociferado como una propuesta de la modernidad en un mundo que ya abandonó esos extremos.

Henry Ford apostó al aumento superlativo de los salarios como estrategia productiva en 1914. En los años treinta, la Organización Internacional del Trabajo estableció pautas pioneras para la fijación de salarios mínimos. Australia, Francia, Noruega y Reino Unido, todos del universo industrial, capitalista, desarrollado, fueron los primeros en regular el ingreso obrero.

Hace cien años que nadie discute que los aumentos salariales son la forma más eficaz de satisfacer las necesidades básicas y disminuir la desigualdad. Pero en la Argentina, a contramano de la historia, el discurso presidencial continúa asociando a la desocupación con la pretensión de mayores sueldos. Los empresarios son, mientras tanto, las pobres víctimas de ese sindicalismo malo, malísimo, que muestran en la televisión.

@fdalponte

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