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Lo osadía de la unidad contra el macrismo

Lo osadía de la unidad contra el macrismo
noviembre 02
15:41 2018

Por Federico Dalponte. El clima preelectoral dinamita la gran mayoría de las discusiones de largo plazo. Hoy todo se limita a la justificación del marco de alianzas y a la conveniencia de la estrategia elegida. Pero errar allí significaría perder la elección.

Con diversas formas, esos son los dos debates que concentran la principal atención de los espacios opositores. Por fuera, los nombres abundan, pero con peso real y autónomo sólo quedan dos, los mismos de 2013: Cristina Kirchner y Sergio Massa –o a quien bendigan en su nombre–.

En ese contexto, lo que se observa hoy en escena es apenas un cambio de roles. Un mandatario que pretende la conservación del poder conseguido, frente a dos adversarios de peso que rivalizan entre sí. Antes Cristina, ahora Mauricio Macri.

En ambos casos, uno de los argumentos recurrentes que pretendían –y aún pretenden– justificar la amplitud del marco de alianzas es el rechazo a la calamidad histórica. Una suerte de convocatoria a la unidad nacional frente al advenimiento de una catástrofe irreparable: juntarse con quien sea para evitar lo peor.

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La lectura del momento histórico se vuelve así una consejera confusa. Por caso, el radicalismo rifó su estructura y traspasó sus últimos límites en 2015 frente a la sombra acechante de un nuevo gobierno kirchnerista.

El argumento es poderoso, pero requiere precisión quirúrgica para no forzar un error de proporciones. El que vea un potencial daño insalvable en la hipótesis de continuidad del oficialismo estará más propenso a ampliar sin miramientos su marco de alianzas. Pero el que crea que es importante ganar la elección, aunque no a cualquier precio, circunscribirá su armado electoral sólo a los afines y apenas más allá.

Por caso, el acto de Luján en el que confluyeron sindicatos, movimientos sociales y parte de la institucionalidad católica sólo puede entenderse en ese contexto. Lo mismo vale para las sociedades que giran en torno a Felipe Solá, o para el reencuentro de Alberto Fernández con la ex presidenta.

Desde allí, por cierto, los riesgos siempre son obvios. Aunque hasta ahora los límites no se corrieron demasiado. Acuerdos del tipo Rossi-Urtubey todavía son parte del terreno inexplorado.

Está claro que ciertas alianzas desdibujan el discurso propio, quedando uno a tiro de la crítica fácil. Si se afrontan con hidalguía esos avatares, los candidatos harán de tripa corazón y seguirán adelante; citarán a Weber, hablarán de la ética de la responsabilidad, dirán que estamos ante una bisagra de la historia.

El único desatino sería no percatarse de que ese aliado ocasional es un refuerzo estratégico pero un problema en términos discursivos. La ponderación de lo uno en desmedro de lo otro es una decisión de naturaleza política. En situaciones ideales, se dirá entonces, uno no haría ciertos acuerdos, pero esto es lo que demandan los tiempos. Algo similar al silogismo que llevó a Carlos “Chacho” Álvarez a aceptar la vicepresidencia en 1999.

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Y allí, claro, emerge esa segunda dimensión en ciernes: la conveniencia de la estrategia elegida. Porque incluso suponiendo que uno estuviese dispuesto a ensanchar el armado electoral, vale pensar si ello es útil para ganar.

En la Argentina, desde el quiebre del bipartidismo en 1995 y con la única excepción de 2003, las elecciones presidenciales siempre tuvieron a tres postulantes por encima del 10%. Fueron cinco contiendas que demostraron que la polarización extrema es un fenómeno ya extraño en nuestro país.

Existe, en cambio, cierta tendencia a la división por tercios. No todos iguales, va de suyo, pero sí lo suficientemente arraigados como para capturar entre ellos alrededor de nueve de cada diez votos.

Ello no significa que la tendencia no pueda quebrarse en 2019. Pero a partir de los movimientos del peronismo no kirchnerista, todo indicaría que de nuevo serán tres los candidatos o candidatas que lleguen a los dos dígitos.

Hasta allí, lo anecdótico. Las alianzas anchas y heterogéneas, como las que se perfilan para el año próximo, persiguen básicamente dos objetivos: ampliar el caudal de votos y anular posibles rivales. Pero el límite entre acierto y error es siempre fino.

En ese sentido, no sólo debe evaluarse si todas las sumas efectivamente suman, sino también cuál es el efecto que las estrategias propias y ajenas tienen sobre el mapa electoral.

Por caso, un eventual retorno a la polarización extrema conllevaría el riesgo de que el adversario alcance el 45% de los votos y gane en primera vuelta, incluso con más de la mitad del electorado en contra. Ejemplos de triunfos con ese guarismo no son extraños y se dieron en 1995, 1999 y 2007.

Ello supondría el desafío de marginar a las terceras opciones para licuar su base electoral, con el consecuente riesgo de dejar sin representación a parte de la sociedad y librar su suerte al azar. Algo similar al eventual riesgo opuesto: facilitar el crecimiento de terceras opciones, que ello esmerile la base electoral propia y que el postulante más votado gane con el 40% de los votos y con diez de diferencia sobre el resto.

En cualquier caso, es cierto que las convocatorias de unidad nacional son la tentación más genuina: sumar mucho, sumar a todos, para vencer al postulante que más se aborrece. Pero la elaboración de un discurso coherente y la conveniencia estratégica también hacen su parte. La historia siempre recuerda que en 1946 la alianza electoral más plural y numerosa perdió en las urnas por diez puntos.

@fdalponte

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