Notas

Kidding: vivimos una farsa sin final

Kidding: vivimos una farsa sin final
diciembre 05
14:41 2018

Jim Carrey tiene problemas con las estructuras. Le duelen. Todo lo que sea quedarse quieto en un lugar parece joderlo a un punto insoportable. Por eso crea o participa en historias en las que sus personajes necesitan una escapatoria inminente porque todo está siempre a punto de explotarles en el cerebro y el corazón.

Ese espíritu del artista romántico que no se siente cómodo con nada de lo dado lo invade hasta noquearlo como una migraña.

Tal vez el término sea otro.

Tal vez haya que decir que sus personajes siempre están “a punto de”. Ejemplos sobran. Intentemos graficar la idea con sus dos mitos. En The Truman Show (1998) Lester Burman siente que lo dado es artificial y asfixiante; el tipo escucha ese dolor interno, esa intuición que lo hace persistir y elevarse a pesar de todo. En Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) la fuga pasa por lo vivido. La mente de Joel Barish es una cárcel de la que es imposible salir porque siempre se sale para adelante y en este caso, el recuerdo queda atrás. Ahora hablemos de Kidding (2018), otro punto de fuga.

Jeff Piccirillo es un presentador de un programa infantil. Su estructura y contexto le impiden la libertad. El movimiento siempre es el mismo. Como el trabajo de un oficinista con mente de artista que no puede dejar de ir a pegar sellos o vender seguros porque debe alimentar a su familia. El dolor pasa por la inmovilidad. Piccirillo hace el mismo programa hace mil años, con los mismos remates, la misma corbatita horrenda, el mismo corte de pelo. Su cotidianidad es no mover una sola coma de ese artefacto multimillonario que lo conforma.

Es un hombre que se ha convertido en un nombre. Una corporación con su padre Seb (Frank Langella -descollante-) como director mafioso y manipulador de una orquesta macabra.

A Piccirillo lo rodean muñecos obvios con los que interactúa en remates bobísimos y “lecciones de vida”. Él mismo se configura como un muñeco; está muerto por dentro. O peor. Es manipulado por otros. Su alma carcomida por la tragedia personal lo acorrala y le demanda escapar de ese horror. El problema es que afuera, la vida real, parece tan ausente como dentro del set de filmación.

A todo esto, Piccirillo quiere ser bueno. Hay una búsqueda ridícula y naif de la bondad en el personaje en todo lo que lo rodea; no importa si es un hijo o un condenado a muerte que le escribe desde el patíbulo para que lo vaya a visitar el día de su ejecución.

Esa olla a presión que resiste en el personaje es lo que hace avanzar toda la serie. ¿Qué va a pasar con este discípulo de Ned Flanders? ¿Por qué no escapa? ¿Qué lo hace tan sumiso frente a cualquier idea de poder?

Su entorno parece tenerle lástima: una ex conflictuada que quiere volver a empezar (Judy Geer) un hijo que se desdobla para evitar el dolor (Cole Allen) y una hermana que arma marionetas y vislumbra la comunicación a través de ellas en un morbo extraño (Catherine Keener).

El universo tragicómico de este personaje nos afecta porque queremos salvarlo. Somos espectadores rehenes. Una pegada es que los capítulos duran casi media hora cada uno y en ese tiempo se desarrolla todo un panorama de tensión que nos hace reír con esa risita nerviosa de los casamientos cuando algún novio resbala o un tío pide la palabra y brinda medio copeteado. Salud a Carrey por esta genialidad.

Mariano Cervini – @marianocervini

Notas relacionadas

0 comentarios

No hay comentarios aún

No hay comentarios por el momento, querés agregar uno?

Escribe un comentario

Escribe un comentario

Tu mail no será publicado. Los campos obligatorios están marcados *

Derechos Humanos