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Una vuelta a la política exterior de pro-intervención

Una vuelta a la política exterior de pro-intervención
enero 28
09:55 2019

Por Federico Dalponte. Quince países avalaron en la OEA la propuesta intervencionista de Estados Unidos en Venezuela. Entre ellos, el gobierno argentino, que exhibió como logros su política de alineamiento automático y la injerencia norteamericana en la región.

El mundo que parió la hegemonía estadounidense cuenta con 1.400 millones de personas pobres, incrementó la desigualdad durante las últimas tres décadas y concentró la mitad de la riqueza global en el 1% de la población.

Por cantidad de dinero y de armas, Estados Unidos es el estanciero malo del barrio pobre. La potencia norteamericana todavía concentra el 35% del gasto militar mundial y supera a la suma de sus siete seguidores más cercanos.

Ese universo que diseñó el capitalismo norteamericano necesitaría que todos los embajadores se retiren de Washington y se le impongan sanciones financieras.

Pero no. La prioridad occidental es Venezuela. Estados Unidos reconoció a un presidente no validado por las urnas, mientras que la Unión Europea reclamó elecciones inmediatas. Y allí se sumaron la mayoría de los países de Sudamérica, en un error que probablemente hará historia: lejos de defender la soberanía de la región, se entregó su tutela a un juez parcial y despiadado.

Lecciones de la historia: aunque la enfermedad sea de gravedad extrema, nunca hay que dejar que la cirugía la practique el carnicero. América Latina conoce de injerencias; Libia, Siria, Irak pueden decir lo mismo ahora.

La ola de emigrantes venezolanos “tiene mucho que ver con las sanciones económicas impuestas por EE.UU.”, declaró en septiembre pasado José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente español y responsable de la mesa de diálogo que abandonó la oposición en 2018. “Como siempre ocurre, el bloqueo financiero en última instancia lo paga, no un gobierno, sino los ciudadanos”.

Aquel fue el último intento serio de garantizar que la crisis venezolana la resuelvan los venezolanos. Hoy predomina en cambio la injerencia extranjera abierta, esa que suele empobrecer y reproducir la violencia social hasta forzar la caída de un gobierno.

La receta estadounidense es, por lejos, la más peligrosa de todas. No sólo por los estragos que causa a un país cada vez que pretende elegirle el presidente, sino por los que ya le causa al mundo con su hegemonía.

La región cometió así el peor de los pecados: dejar en manos de Washington la solución de un problema que atañe a un vecino. Ni siquiera la OEA avaló lo que Argentina, Chile, Colombia y otros sí.

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Simulan que no, pero existe una relación estrecha entre el alineamiento sudamericano con Estados Unidos y la especulación local a corto plazo. En la Argentina, por caso, cada declaración sobre el país caribeño es usada para cuestionar a los adversarios internos. Nada más vil.

Las motivaciones norteamericanas, en cambio, son siempre menos santas pero forman parte de su tradicional agenda exterior. A Washington le convendría un gobierno venezolano con afinidad política, cercanía de negocios y ajeno al eje Rusia-China. Caracas sigue siendo parte del tironeo geopolítico, la posibilidad de demostrar quién manda en la región.

Pero para los vecinos de Sudamérica es distinto. Para ellos Venezuela es la excusa perfecta para reafirmar su política doméstica, donde el epíteto “chavista” divide aguas pero todos lo comprenden. La geopolítica, el crudo y el desabastecimiento no entran en la ecuación.

Se trata en definitiva de tomar partido, desde Buenos Aires, Bogotá o Quito, por uno de los bandos de un conflicto ajeno. Sin la convicción de estar aportando una solución real, sino apenas con la certeza de estar alineados a la estrategia hegemónica. De un lado el capitalismo serio, desarrollado, democrático; del otro, el “chavismo”, el “populismo”.

Por más que se busque, esa ambición de erigirse como árbitros internacionales de conflictos internos no halla explicación en una voluntad de paz duradera. Si así fuese, con esa pretensión de liderazgo moral, la agenda exterior de muchos países de la región debería haber incorporado en estos años a los homicidios o crisis humanitarias en México, Honduras, Haití, Colombia, El Salvador.

Pero eso no sirve, no es redituable. Venezuela, en cambio, permite un alineamiento directo con las potencias del mundo, una reivindicación del statu quo global y una crítica subrepticia a todo intento por formular esquemas alternativos -y una certificación de que además tales opciones fallan-.

Valdría decir: a ninguno de los presidentes que alientan a Juan Gaidó les importan los muertos que la crisis exponencial pueda generar.

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“El kirchnerismo sigue proponiendo el modelo de Venezuela”, declaró hace dos semanas María Eugenia Vidal sin inmutarse. “Lamentamos el pronunciamiento del kirchnerismo (…). Me entristece esa mirada sesgada”, sumó el pasado jueves el ministro Germán Garavano.

Venezuela es la puerta de entrada a la caracterización total. No hubo en estos años una «venezualización» de los países del subcontinente, sino más bien una «venezualización» del discurso político de los sectores de la centroderecha y derecha nacionales.

El uso que esos sectores le dieron al proceso político inaugurado por Hugo Chávez encuentra hoy su punto más álgido en la utilización que hacen de la crisis con el afán de resolver cuitas internas.

En la Argentina, el apoyo explícito a una sucesión presidencial no democrática pretende incomodar a sus adversarios políticos y capitalizar apoyos de cara a las elecciones de octubre. En el mejor de los casos, podría pensarse que Macri no vislumbra que la injerencia internacional que comanda Estados Unidos puede terminar en guerra civil. En el peor, se trata de un acto temerario e irresponsable.

Sudamérica vuelve así al tutelaje norteamericano; el peor camino para resolver la crisis venezolana, el más sanguinario y violento. Un peligroso tránsito hacia el pasado.

@fdalponte

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