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¿Quién es Lucas Cabello?

¿Quién es Lucas Cabello?
febrero 11
11:52 2019

La historia de vida del joven que en 2015 fue baleado por un oficial de la Policía Metropolitana en La Boca y sobrevivió al gatillo fácil. Lucas Cabello le cuenta a Notas la agresión, el proceso de rehabilitación y cómo se prepara para el juicio oral.

Este milico de la Comisaría 24 -Ricardo Ayala, oficial de la Policía Metropolitana- no nos conocía. Hacía dos días que trabajaba ahí. Lo había visto la noche anterior a que me dispare; volvíamos del campito con mi pareja. Cuando llegamos me miró re mal y dijo “dale, metete para adentro”. Al día siguiente salí a comprar para comer y seguía parado en la puerta de mi casa -en el barrio de La Boca-. No llegué a entrar de vuelta porque me mira mal de nuevo y dice “cuidado con lo que vas a hacer”. Yo tenía 20 años, él también. Nos pusimos a discutir como dos pibes que pueden terminar a las manos, la diferencia es que él tenía un arma porque hizo un curso de seis meses en la Policía. Entonces mi palabra no valía nada. Se creyó que me iba a quedar callado. Yo pensaba cómo esta basura me va a decir así y la seguí hasta que me empezó a insultar feo. Entre al pasillo de mi casa re caliente porque la última palabra se la tuve que dejar a él. Me doy vuelta a ver qué hacía y me dispara en la pera a un metro de distancia. Cuando me caí salieron mi nena que tenía dos años y mi pareja. No le bastó con eso. Re mala leche, con ellas dos al lado mio y yo ensangrentado, me dio otro en la pierna; se acercó y me tiró uno más en el testículo, como diciendo te mato o te mato. Pero no pudo. Estoy vivo, con mis complejidades, pero estoy.

Ayala dijo en la indagatoria que yo le seguía apuntando; después se desdijo y declaró que pensó que yo tenía un arma. Mentira. Yo tenía en la mano un sanguche de milanesa. El primer disparo me deja inválido. Cualquier médico que esté en el juicio va a entender que me toca la médula y quedo petrificado, no podía moverme. Me sangraba la boca, la nariz. No sentía nada. Solo el impacto, que me zumbaban los oídos y que me subieron a un auto como pudieron. Yo estaba consciente, sabía que íbamos por Brown al Argerich, escuchaba que gritaban “se muere”. Ví la luz blanca, es verdad lo que aparece en las películas. Yo estaba en el auto perdiendo sangre a chorros. No podía hablar pero le pedía a mi pareja que cuide a mi hija, que le diga a Milena que la amaba, que siempre hice lo que pude para que esté bien. Me estaba despidiendo. En el hospital me sedaron, pararon la hemorragia y zafé. Después me internaron. Pensé que salía de la operación y me iba a mi casa. Pero empecé a entender que la médula es re jodida. Cuando pasó le dijeron a mi mamá que yo iba a quedar ciego, sordo, mudo, con daño cerebral. Pero puedo hablar, estoy bien del cerebro, disfruto de mi hija y de mi familia. Sino estarían yendo a un cementerio a llorarme.

Lucas Cabello, el fusilado que vive, y Carolina Vila, su mamá, dicen que él nació dos veces en el Hospital Argerich: el 12 de mayo de 1995, el día de su cumpleaños, y el 9 de noviembre de 2015, cuando le salvaron la vida. Esperan el juicio oral y público contra el oficial Ricardo Ayala por intento de homicidio agravado por ser miembro de una fuerza pública.

A lo largo de estos años Lucas escuchó historias de jóvenes asesinados por la policía y la de sus familias, que lograron procesos de juicio oral.“Esto que me pasó no es a mi solo, hay muchos casos y los pibes están muertos. ¿Por qué un policía tiene que decidir si vos vivís o te morís? Si no tiene la potestad. Acá no hay pena de muerte”.

La rehabilitación

Un día o dos estuvo en el Hospital Argerich de La Boca pero no tenían insumos para internarlo. Le hicieron la traqueotomía para que pudiera respirar. A pesar de lo riesgoso del traslado lo llevaron de urgencia a la Clínica Arcos, por su obra social, donde le practicaron las operaciones más complejas por los tres tiros que recibió. Uno casi letal en la cara que le afectó la médula ósea; otro en la pierna derecha y el último en el testículo izquierdo. En menos de un mes ingresó al centro de rehabilitación CIAREC en Villa Urquiza. Solo podía mover la cara. Ahí realizó ejercicios para recuperar el tono muscular, la movilidad de los brazos, del tronco y el poder estar sentado. No podía comer ni tomar agua y estaba muy flaquito. Hasta el día de hoy le cuesta comer arroz porque se le atoran los granos en la garganta. Su voz era como una flauta rota, le salía un chiflido incomprensible.

Las ganas de vivir, de expresarse, de salir adelante hicieron que en 10 sesiones de fonoaudiología recupere el habla. Y que en un año y medio le dieran el alta. Está paralítico de piernas y manos pero nunca perdió la consciencia ni las capacidades del cerebro. Nadie le asegura que volverá a caminar.

Lucas pone mucha fuerza de voluntad para levantarse. A las siete lo cambian, le arreglan el pelo, desayuna y lo pasa a buscar una ambulancia -que lo lleva y regresa a la casa- para ir a un gimnasio. Hace dos horas de aparatos y una hora de terapia ocupacional para la motricidad fina de las manos. Ahora está de reposo porque se le abrió una escara en la pierna derecha que le llegó casi al hueso. Por dos meses no puede moverse y un aparato le chupa el tejido muerto. Tiene 23 años y sobrevivió al gatillo fácil.

Lucas

A los 17 años trabajaba todo el día. Era albañil en los edificios mal numerados de Py y Margall y Almirante Brown, en La Boca; hizo el cemento, levantó paredes. Cuenta que ganaba su propio dinero, vivía con su pareja y su beba. “A los 18 años ya tenía una vida adulta. Me apresure, quizás, pero era lo que yo quería y era feliz”. Abandonó la técnica en tercer año. La escuela le quedaba lejos y cursaba muchas horas muy temprano. Prefería trabajar. “Ahora estoy enquilombado con el juicio pero quiero terminar la secundaria. Es mi deuda”. Era su proyecto antes de que el oficial Ayala intente asesinarlo. Quiere ser un ejemplo para su hija, que la silla de ruedas no sea un impedimento.

Es fanático del deporte y de River. En su cuarto tiene colgada una colección de camisetas del Millonario y una bandera en la cabecera de su cama ortopédica. Es socio del club y va a la cancha. Le gustaría estudiar periodismo deportivo o ser relator de fútbol. Pero lo que más disfrutaba era jugar al fútbol en cancha de once como defensa. Atajar, poner el cuerpo y la pierna fuerte para bloquear al oponente, estar en posición de seis -porque es zurdo- como segundo marcador central.

Soñar corriendo

En la cara externa del gemelo izquierdo se tatuó el escudo de River a los 14 años. Ese tiene la tinta gastada; es el primero de más de treinta tatuajes. Perdió la cuenta de cuántos. La mayoría se los hizo después de quedar paralítico -dice que le agarró el vicio- y solo sintió un poco de dolor con los que tiene del pecho para arriba. En las piernas y la panza, ni cosquillas. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús está sobre la rodilla derecha, en el muslo. Le prometió fidelidad. Juró que si lo sacaba de lo mal que estaba lo iba a tener siempre en su piel para que lo ayudara.

A veces es duro. Me despierto y digo “uh, otra día así”. Me peleo con mi familia que no tiene nada que ver, o con mi mamá, que es con la que más tiempo paso. Cuando estoy mal me la agarro con ella pero al rato me quiero matar, le pido disculpas y terminamos abrazados llorando. Me entiende más que nadie.

Lucas tuvo un momento en que no le encontraba sentido a la vida. Quiso suicidarse varias veces pero no sabía cómo porque no puede mover las manos. Entró en un bajón, “una rampa para abajo” de frustración. Se encerraba a llorar en su cuarto pensando para qué estaba vivo si no podía hacer nada tan simple como valerse por sí mismo. Rechazaba a su familia. No encontraba respuestas en ningún lado.

Y se aferró al Sagrado Corazón. Y a su hija.

Me pone triste que extraño abrazarla y llevarla al jardín. Por lo menos la acompaño en la silla de ruedas con ayuda de mi mamá. Peor sería que ella vaya solita y no me tenga más. Hay veces que Milena se me acerca y me dice ¿papi estás bien, necesitas algo? Le contesto que no. Me da un beso, un abrazo. Y se me pasan las ganas de llorar. Ella es una inyección anímica.

Lo que más quiere Lucas es caminar y correr. Extraña jugar al fútbol. “Me imagino que corro hasta Mar del Plata como Forrest Gump”. Nunca se soñó en silla de ruedas. Siempre parado en una secuencia familiar comiendo o a punto de salir de paseo que agarra a Milena en brazos. Internado, tenía pesadillas con los disparos pero no con Ayala: “No me acuerdo de su cara. Si paso por al lado no lo reconozco”.

Juicio oral y público

El día del juicio no le voy a decir nada pero lo voy a mirar a la cara y va a sentir que no me pudo matar, que yo estoy vivo todavía y voy a pelear por lo que me merezco. No voy a juicio por plata; por más que me den 20 millones de dólares, yo no vuelvo a caminar. Quiero lo que me corresponde, que le den los años que le tengan que dar para estar preso. Yo y mi familia queremos que se haga justicia.

Lucas no sabe cómo será el juicio, se lo imagina de muchas formas. Expresa que aún con las dificultades que tiene para moverse asistirá a todas las audiencias. Se siente con fuerza y acompañado, por los vecinos de La Boca y su familia, para afrontar lo que viene. Esperan hace tres años y tres meses una fecha para el juicio oral y público. Incertidumbre, ansiedad y nervios. La primera audiencia era este 12 de febrero pero el Poder Judicial la suspendió sin nueva fecha de inicio.

Lucrecia Raimondi – @LucreRaimondi

Foto: Lucía Barrera Oro

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