Batalla de Ideas

14 febrero, 2019

14 de febrero: amor feminista para todo el mundo

Por Diana Broggi. Los 14 de febrero suelen ser una fecha un tanto bizarra. Año a año se reeditan de forma sistemática los mensajes y la estética vinculados al amor romántico. Esto se repite a su vez en un contexto donde la sospecha sobre la forma real del amor, apuntala el debate en torno a las formas tradicionales o hegemónicas de concebirlo.

Por Diana Broggi*. Los 14 de febrero suelen ser una fecha un tanto bizarra. Estamos acostumbrados/as a que año a año se reediten de forma sistemática los mensajes y la estética vinculados al amor romántico y la escena puramente mercantilizada del día de San Valentín. Esto se repite a su vez en un contexto donde la sospecha sobre la forma real del amor, o de los vínculos amorosos en nuestra época, apuntala el debate en torno a las formas tradicionales o hegemónicas de concebirlo.

Nadie desconoce que el 14 de febrero sigue rankeando alto entre el conjunto de efemérides socio culturales, que sigue capitalizando el sentido del amor desde la idealización, las formas de belleza y el romanticismo. Se trata de una fecha en la que probablemente se regalen flores y bombones, se celebren encuentros, etc. Ya que el “amor” como emoción y como valor, es parte importante de la cultura espiritual de toda sociedad.

Como “festividad” se dice que la fecha que está asociada a la Iglesia Católica, donde un sacerdote -Valentín- se opuso a la orden del emperador Claudio II, quien prohibía la celebración de matrimonios para los jóvenes, por considerar que los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras y vínculos sentimentales. Valentín (quién fue sentenciado a muerte por este emperador un 14 de febrero) casaba en secreto a los/as enamorados/as y a partir de allí se convirtió en su patrono. Es decir que el 14 de febrero simboliza en gran parte la unión entre personas como legítima o no, instalando desde el poder clerical el sello monógamo y católico del amor.

La disputa simbólica por el sentido del amor en nuestra época es posible y evidente en el marco de la cuarta ola feminista a la que asistimos. Cada vez se cuestiona más al amor romántico como forma de establecer vínculos sexoafectivos e incluso, en el marco de los debates y desnaturalizaciones que permitió el Ni Una Menos en la Argentina, se abrió la pregunta que conecta al amor con la violencia. No es un dato menor que el mayor porcentaje de femicidios sea perpetuado por parejas o ex parejas de las víctimas.

A esta altura, está claro que ningún femicidio se comete de un día para otro, es decir que no se trata de “enfermos” que de repente decidieron matar por amor o despecho, sino que hay un andamiaje histórico entre las personas que configura las formas de vincularse a través del amor. Si bien esto se construye de maneras diversas, y “cada historia de amor es un mundo” hay una fuerte carga cultural que conforma la subjetividad amorosa a medida de distintos intereses: los católicos y los del mercado son tipos de intereses en juego.

¿Porque la disputa simbólica sobre el sentido del amor es material?

Existe un primer plano que no es del todo evidente y tiene que ver con desterrar la idea del amor y la naturaleza. Ya lo decía Alexandra Kollontai en El amor y la mujer nueva: “Es hora de confesar francamente que el amor no es únicamente un factor imperioso de la naturaleza, una fuerza biológica sino también un factor social. El amor es una emoción hondamente social en su esencia”. Asumir esta configuración y romper con las ideas ligadas a la fuerza “natural del amor”, y por ende ciego, motorizador de la pasión irrefrenable e inexplicable, por lo tanto impune, es una de las batallas culturales emergentes.

No se trata de adoptar posiciones duras, frías o enteramente racionales, sino situar a las emociones en su formato cultural aprendido y reformular lo que evidentemente esta en crisis, lo que a todas luces ya no va más. Pensar y saber que hay y hubo formas de amor y de amar diversas en todos los tiempos y todas las culturas, y dentro de una misma sociedad, promueve mayor libertad asi como la posibilidad de quiebre con las opresiones y mandatos/contramandatos en los sentimientos.

La práctica de la “posesión” entre personas, es parte de lo que no va mas. El “soy tuyo, eres mía”, “si no eres para mí, no serás para nadie”, y abundantes frases de canciones que todavía escuchamos cotidianamente.

A la hora de reformular los encuadres del amor en nuestro tiempo, es preciso establecer pactos que pongan de manifiesto las implicancias en la organización de la vida de las personas, no solo por el tiempo y espacios compartidos (sea la cantidad que sea) sino por lo clave de la dimensión afectiva, la sexualidad y los vínculos en el desarrollo humano.

En este sentido, hay planos que coinciden en el amor y se integran de una forma u otra en cada relación sexoafectiva, como lo económico, lo social, familiar, muchas veces lo legal, y lo material del cuerpo y la naturaleza humana. Sin negar la dimensión física, es bueno ver que “la química” que se genera entre personas poco tiene que ver con fenómenos naturales o neurológicos. De hecho la atracción es un fenómeno múltiple y la atracción física en particular también está mediada en gran medida por las construcciones culturales de belleza y sensualidad.

¿Felices los cuatro?

Asi como el amor romántico en el marco de la cuarta ola feminista está puesto bajo sospecha, también son más comunes formas más abiertas a la hora de encarar relaciones amorosas. Las corrientes vinculadas al poliamor o diversas maneras de construir contratos no monógamos, empiezan a ser campo de experiencias con avances, estancamientos y retrocesos.

Si hay algo que no nos vuelve máquina en nuestra época es la capacidad de experimentar y expresar sentimientos diversos hacia las cosas. En ese sentido, el amor como capacidad, como fuerza social puede cobrar distintas formas y mas allá de los contratos (más o menos abiertas las relaciones) se trata de visualizar las verdaderas brújulas/ claves amorosas que nos orienten en los encuentros con otros/as.

“Que me guste lo que me hace bien” parece básico, pero no es tan sencillo en un mundo tan pregnado por el deber-ser conservador, y en menor medida pero existe, el deber-ser transformador.

La hipótesis amorosa de nuestro tiempo implica aceptar combinaciones que vehiculizan el deseo de muchas formas. Puede ser una relación monógama y compañera, y no por eso más o menos conservadora que una abierta y/o poliamorosa. La brújula está en la libertad de expresión de los sentimientos y el saber que queremos en un marco de búsquedas y cuidados.

@DianaBroggi1

* Licenciada en Psicología

Foto: Lucía de la Torre / Archivo

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