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Mandy: la venganza del enamorado lisérgico

Mandy: la venganza del enamorado lisérgico
marzo 06
16:24 2019

La película de 2018 es una apuesta fuerte del director greco-canadiense Panos Cosmatos (Beyond the black rainbow, 2010) que en su segundo filme se alínea en un viaje experimental del terror clase B guiado por ácido, delirio y venganza.

Como decía la canción, no hay nada que de mayor felicidad que estar enamorado. Esa cuestión tan naif de mirar a un ser y quererlo y llegar hasta las últimas consecuencias por aquel sentimiento. Mandy es una postal de aquel amor convertido en venganza, pasado por sangre, motosierras y LSD.

En este caso el protagonista es Nicolas Cage (Red Miller) que parece nunca haber estado así enamorado de la inglesa Andrea Riseborough (Mandy Bloom). Ambos conviven en su nidito de amor hipster en una cabaña de un bosque, vendiendo artesanías y mirando programas de concursos por la tele abrazados a un bol de papas fritas, hasta que caen unos dementes y desatan la locura.

El horror del cine B con los condimentos clásicos del género se hace presente. Mandy es una relectura y un homenaje de aquellas películas que surgieron en los años ’30, luego del crack económico norteamericano y que se fueron resignificando con altibajos a lo largo de las décadas.

La sangre como elemento fundador baña la pantalla. En ese lugar necesario y común, lo grotesco sobrevuela cada escena; los detalles implican peleas con sierras eléctricas enormes, motoqueros sadomaso, descuartizamientos y explosiones de cerebros con sesos calientes derretidos como spaghettis de domingo.

Mandy tiene todo esto pero agrega elementos particulares. El uso de una paleta de colores profundos, provoca la sensación de un viaje oscuro, que juega con la psiquis del protagonista. Allen Ginsberg estaría fascinado con esta dimensión poética del paisaje. Una naturaleza resplandeciente que integra y expulsa a la vez. Cage sufre una transformación paulatina en ese trip que encara y tiene de acompañante a las alucinaciones, los sueños y el dolor.

Un viaje de ácido fuerte.

Hay que redimir, hay que limpiar. El interior ya no será el mismo. Es un salto a la yugular de los que incendiaron el corazón de Mandy. Un Super Mario que clavó todos los hongos que pudo en el camino pero ya no hay princesa que rescatar. Ese Koopa interpretado por Linus Roache (Batman Begins, 2005) distribuido en una santísima trinidad escupidora de espiritismo, fuego y delirio.

Mandy revela un nombre a vengar, un amor destruido por el enemigo, un dolor sin justicia. También es el camino que lleva a restituir la memoria del otro, del vulnerado: la víctima. Esa mujer que late en la sangre misma del protagonista y por la que no tendrá miedo a cambiar, a explotar lo máximo y convertirse en otra cosa.

Podemos asimilar dos temas entrelazados: el intento desesperado por vengar y la transformación de un Cage que recuerda al de Pánico y locura en Las Vegas (1998) por ese contexto alucinado. Divertida, ágil, concreta. Los amantes del género sabrán aplaudir a Mandy por eso y porque, a pesar de estar construida entre lugares comunes, los utiliza para burlarse de ellos y llevarlos a otro nivel.

Mariano Cervini – @marianocervini

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