Cultura

17 abril, 2019

Resucitar o no resucitar, he aquí la cuestión

La Pascua es una fiesta religiosa clave en la que se conmemora la resurrección de Jesús. Según los evangelios en el año 33, en algún momento entre fines de marzo y mediados de abril habría tenido lugar la crucifixión y posterior resurrección de Jesucristo. ¿Cómo se construyó el relato bíblico? ¿Qué evangelios quedaron afuera de la selección oficial y qué decían?

La Pascua es una fiesta religiosa clave en la que se conmemora la resurrección de Jesús. Según los evangelios en el año 33, en algún momento entre fines de marzo y mediados de abril habría tenido lugar la crucifixión y posterior resurrección de Jesucristo. Pero esto no siempre fue así, y para llegar a imponerse como el relato de lo que había ocurrido tuvieron que sucederse numerosos debates y batallas entre las distintas versiones que circulaban entre los principales teóricos de los momentos fundantes del cristianismo.

Es que el relato famoso de la crucifixión, los tres días y la resurrección, lejos de representar un discurso unívoco de la temprana Iglesia Católica, fue sólo una versión de las muchas circulantes, que a fuerza de exclusiones terminó por convertirse en la versión por excelencia, esa que se impondría en el Nuevo Testamento y perduraría por los siglos hasta nuestros días.

Esas versiones triunfantes de los hechos constituyeron lo que se conoce como “evangelios canónicos”, es decir, aquellos escritos neotestamentarios redactados en el siglo I que son aceptados por la Iglesia. En total son cuatro: los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y el Evangelio de Juan, también conocido como “el cuarto evangelio”. Lo interesante del caso es que estos cuatro evangelios que se convirtieron en la historia oficial que la Iglesia construyó sobre su propio líder son sólo una versión, que se impuso por medio de disputas políticas y de poder en el seno de un cristianismo en expansión, y que acabó relegando otros 70 escritos del mismo carácter, a los que se denominó “evangelios apócrifos”.

Es decir que la división entre canónicos y apócrifos no sigue un criterio de “verdad” sino que es reflejo de disputas político-religiosas que muestran, en un caso conocido por todos, las formas en que se construye La Historia, esa con mayúscula que se erige y predomina por sobre las otras historias.

En nuestros días hay consenso entre los historiadores sobre el hecho de que el evangelio de Marcos es el más antiguo, redactado probablemente entre los años 60 y 70 de nuestra era. El texto original va desde los inicios de Jesús como predicador y su bautismo hasta su crucifixión, sin abarcar el momento de la resurrección, versículos que fueron agregados con posteridad. Los otros dos evangelios sinópticos, de Mateo y Lucas, comparten mucho con el de Marcos; tanto, que se piensa que tomaron a este último como fuente para ser redactados. La principal diferencia es que éstos narran la vida de Jesús desde su nacimiento e incluyen el relato sobre su resurrección.

El Evangelio de Juan es clave para el Nuevo Testamento. No sólo se diferencia de los tres anteriores por el momento de su redacción (bastante más tardío, en los albores del siglo II) sino también por sus características estilísticas y temáticas, y por las divergencias en su esquema cronológico con los llamados sinópticos. El Evangelio de Juan no solo contiene muchos pasajes sin equivalente en los otros evangelios canónicos, sino que aun los pasajes con cierta similitud son presentados de forma totalmente diversa en cuanto al contenido, al lenguaje, a las expresiones y giros con que predica Jesús de Nazaret. Es un evangelio sumamente simbólico y litúrgico, con un carácter marcadamente místico. De lo que es muestra este “cuarto evangelio” es de la consolidación de un proceso de espiritualización de la figura de Cristo, dejando cada vez más de lado sus aspectos mundanos para adoptar progresivamente la unidad de esencia con Dios.

En la foto, el evangelio de Tomás, descubierto en el año 1945 en Egipto, en el pueblo de Nag Hammadi. Junto con otros 13 códices de papiro forrados en cuero y enterrados en vasijas selladas, fue encontrado accidentalmente por campesinos locales.
En la foto, el evangelio de Tomás, descubierto en el año 1945 en Egipto, en el pueblo de Nag Hammadi. Junto con otros 13 códices de papiro forrados en cuero y enterrados en vasijas selladas, fue encontrado accidentalmente por campesinos locales.

Los evangelios apócrifos guardan contradicciones con el relato oficial, algunas intrascendentes y otras más significativas. Un ejemplo de este segundo grupo lo constituye el Evangelio de Felipe, en el que se afirma que María Magdalena era “compañera” de Jesús, sugiriendo que era su pareja. Además, este texto también asevera que no hubo tal cosa como una resurrección: “Los que dicen que el Señor primero murió y resucitó, se engañan; pues primero resucitó y luego murió. Si uno no consigue primero la resurrección, no morirá; tan verdad como que Dios vive, éste morirá”.

También echa por tierra otra idea fuerte de los evangelios canónicos, la idea de la concepción inmaculada, al señalar: “Algunos dicen que María ha concebido por obra del Espíritu Santo: éstos se equivocan, no saben lo que dicen. ¿Cuándo jamás ha concebido de mujer una mujer? María es la virgen a quien ninguna Potencia ha manchado. El Señor no hubiera dicho: «Padre mío que estás en los cielos», de no haber tenido otro padre; sino que habría dicho simplemente: «Padre mío»”.

Las razones para la supresión del evangelio de Felipe de la oficialidad católica son evidentes. Lo mismo pasó con otros textos, como el evangelio de Tomás, condenado a la heterodoxia por hacer de la postura mendicante la principal atribución de Jesús, o con el evangelio que se atribuye a María Magdalena, suprimido por la ortodoxia por haber sido redactado por una mujer y, por añadidura, por esa mujer, sobre la que había fuertes testimonios que la señalaban como pareja de Jesús.

Más allá de los debates en torno a la autenticidad, la datación y la autoría de la gran mayoría de los evangelios, lo importante a tener en cuenta es que la historia de la vida y resurrección de Jesús, al igual que todos los grandes relatos, es producto de tensiones, disputas y posteriores imposiciones.

De la historia de un hombre extraordinario, que resaltó en su época por algunos gestos fuera de lo común, pero que fue, al fin, sólo un hombre entre tantos, a la historia de un sujeto que hace milagros y que es uno con Dios y el Espíritu Santo hay una brecha grande. Y es esa brecha la que refleja el proceso en el que el Cristianismo se erige como religión.

Florencia Oroz – @Flor_Oroz

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