Batalla de Ideas

29 abril, 2019

El miedo de los mercados a un país sin miedo

Por Federico Dalponte. “Hay miedo de que los argentinos quieran volver atrás”, justificó Mauricio Macri. Y así azuza la posibilidad de otro default. Aunque ese «pasado» que se condena fue en realidad un riguroso pagador de deudas y hasta un garante de la rentabilidad empresarial.

Por Federico Dalponte. “Hay miedo de que los argentinos quieran volver atrás”, justificó Mauricio Macri. Y así azuza la posibilidad de otro default. Aunque ese «pasado» que se condena fue en realidad un riguroso pagador de deudas y hasta un garante de la rentabilidad empresarial.

“Bancos y empresas nunca ganaron tanta plata como con este gobierno”, dijo Cristina Kirchner durante un acto en la Bolsa de Comercio en 2012. Y no se equivocaba. La rentabilidad del sector bancario le sacaba por entonces varios cuerpos de distancia al resto, alcanzando en 2014 y 2015 las cifras más altas de la década, según datos del Banco Central.

Esa pelea por la renta atravesó a todo el período kirchnerista, con sus batallas cruentas y sus negociaciones solapadas. La puja sojera de 2008, por caso, es un ejemplo claro de esa disputa por los resultados de un negocio que no paraba de crecer.

En 2010 llegó su equivalente industrial. El proyecto de participación obrera en las ganancias impulsado por la CGT también se instalaba en tiempos de alta rentabilidad. “Nunca en los últimos años las empresas han ganado más dinero que en este gobierno”, argumentaba Hugo Moyano. “Queremos simplemente que participen con un pedacito del mucho dinero que ellos ganan.”

Hoy las vacas flacas hacen inimaginable una disputa de ese tenor. Con una desocupación al borde de los dos dígitos y una caída del salario real sólo comparable con la registrada en 2002, a los sindicatos les queda apenas la opción defensiva.

Pero el mundo supo ser distinto. Hasta 2015, ser trabajador en la Argentina implicaba volverse acreedor de los salarios en dólares más altos de América Latina.

Lo paradójico es que aquel programa de fuerte apuesta al crecimiento de los salarios no atentaba, como se pretende instalar hoy, contra la lógica de acumulación capitalista: ser empresario en la Argentina de los Kirchner también era un negocio inigualable.

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En ese esquema, el supuesto miedo que se atribuye a esa entelequia denominada “mercados” no es sino un cristalino temor al final de la timba como modelo económico. La especulación, la fuga de divisas, el riesgo-país son las respuestas del capital concentrado cuando asume que no puede sacar tajada del circuito financiero.

La opción de Cristina Kirchner como contendiente electoral es, en ese sentido, la síntesis de otro tipo de capitalismo; un “capitalismo en serio”, como ella misma postuló en 2011 durante la cumbre del G-20. Está claro que la senadora no es afín al capitalismo financiero, pero tampoco gusta de opciones radicales -en todo sentido-.

En la Argentina, el entronizado capitalismo en serio significó hasta 2015 alta rentabilidad empresaria y sostenimiento del consumo vía salarios. El modelo tenía sus déficits: restricción externa e inflación, para empezar la lista. Y a ello podría agregarse el cuestionamiento básico con acento de izquierda: la incapacidad de ofrecer cambios estructurales por fuera de los bordes impuestos por el sistema.

Pero en ningún caso, en ninguno de los tres gobiernos que se sucedieron desde 2003, las empresas vieron en riesgo su negocio. Ni por su rentabilidad, ni por restricciones de competencia, ni por injerencia estatal, aunque fuera admisible en más de un caso.

Los distintos gobiernos del Frente para la Victoria tuvieron pecados que conforman su lastre, y allí el rechazo de ciertos electores parece más sensato. Pero suena inverosímil instalar la idea de que Cristina Kirchner equivale a entrar en default después de doce años donde se canceló la deuda con el FMI, se asumieron los reveses en el CIADI, se negoció con el Club de París y hasta se aceptó la competencia del juez foráneo Thomas Griesa.

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El kirchnerismo es, a los ojos de sus adversarios, una máquina devoradora del capital privado con pretensiones comunistas y aspiraciones de eternidad. Cuando en realidad se trata de un espacio político de carácter progresista en muchos sentidos, pero absolutamente adaptado a los límites de su tiempo.

Se puede caracterizar a ese espacio por su perfil crítico a la financiarización de la economía -política que iniciaran Néstor Kichner y Roberto Lavagna en 2003-, pero jamás por una supuesta pretensión de limitar la iniciativa privada en la economía.

En la Argentina de los Kirchner no hubo, por ejemplo, intenciones de cambiar la institucionalidad económica vía reforma constitucional. No hubo ni siquiera un proyecto, un borrador, un punteo de votos. No hubo anhelos serios de reforma ni siquiera entre 2011 y 2013, cuando el oficialismo controlaba ambas Cámaras con sobrada comodidad.

Pero en la Argentina de los Kirchner sí hubo, por ejemplo, un religioso pago de las deudas contraídas con acreedores externos. No hubo denuncia de ilegitimidad de la deuda, no hubo mora en los pagos. Incluso la restricción cambiaria y la liquidación de reservas del Banco Central hacia el final del segundo mandato de Cristina tuvieron como principal objetivo no caer en default.

Difícil hallar, en ese sentido, un rasgo menos amigable con el sistema. La estrategia utilizada por Cambiemos es temeraria en más de un sentido. Pero ya no por la denodada polarización con el kirchnerismo, sino por la construcción ficticia de una supuesta candidata anti-sistema.

Lo cual, en definitiva, no es preocupante por la eventual postulación de Cristina Kirchner en sí misma, sino por la forzada construcción de un consenso alrededor del actual régimen económico. El mensaje del gobierno parece ser que, para no asustar a los «mercados», no deben proponerse alternativas políticas que incluyan confrontar con el sistema financiero y sus reglas de juego.

Puestos a discutir los perjuicios de la financiarización como contracara del modelo productivo-industrial, cualquier crítica es usada por el gobierno de Macri para sembrar el pánico generalizado. El problema, al final de cuentas, no parecen ser sólo los «mercados», siempre tan temerosos, sino el poder que les concedió Cambiemos sobre la economía nacional.

@fdalponte

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