Batalla de Ideas

7 mayo, 2019

La historia de los acuerdos políticos que nunca funcionan

Por Federico Dalponte. La tradición democrática argentina indica que pocas cosas dan mayores muestras de debilidad que pedirle alquilado a la oposición el capital político del que se carece.

Por Federico Dalponte. La tradición democrática argentina indica que pocas cosas dan mayores muestras de debilidad que pedirle alquilado a la oposición el capital político del que se carece.

Hubo algunos eventos justificados, y esos pasaron a la historia. Pero en su mayoría, como ahora, fueron el síntoma de negociaciones en situación apremiante: Mauricio Macri plantea su decálogo de políticas para sostener su propia estabilidad.

El análisis pormenorizado de los puntos propuestos no merece mayor detenimiento, sobre todo cuando es la economía la que debería marcar el pulso del debate y no los acuerdos de salvación. Nadie compra status quo como solución a una crisis de esta envergadura.

Y allí el primer punto a considerar. Las supuestas negociaciones con la oposición, que no incluyen a los tres precandidatos con mayor intención de voto, son presentadas como las garantías de la estabilidad económica. Un clamor político a favor de sacralizar la deuda externa, sostienen en Casa Rosada, calmaría a los acreedores y con ello las especulaciones en torno a una espiralización de la crisis.

El último antecedente de este tipo que recuerda la Argentina data de 2001. La situación era mucho más compleja porque el presidente Fernando De la Rúa había perdido también los apoyos internos. “He ofrecido al Justicialismo, que triunfó en las elecciones (legislativas) del 14 de octubre, que participe en un gobierno de unidad nacional”, dijo el entonces mandatario un día antes de renunciar.

Era tarde para esa maniobra. El ofrecimiento era generoso, pero ni aun así logró respuesta favorable. En comparación, el acuerdo que esta semana planteó el gobierno es bastante más mezquino y no termina de entenderse por qué un candidato con chances de vencer en octubre se prestaría a esa foto; no hay rédito político a cambio ni consecuencias prácticas positivas por esa adhesión.

En aquel 2001, la oposición prefirió dejar que caiga el gobierno antes que abrazarse a una bomba. Dos décadas más tarde, y en pleno año electoral, el silogismo es comparable: más vale esperar a octubre y definir la suerte nacional en las urnas, antes que firmar un compromiso de buena voluntad con un gobierno casi saliente. La ventaja de esta hora, en tal caso, es que no parece haber riesgos de renuncia anticipada.

Distinto fue el escenario en 2009. El kirchnerismo acababa de perder las elecciones de medio término y decidió convocar “al más amplio diálogo a todos los sectores”, según declaró la presidenta Cristina Kirchner una semana después de los comicios. “Es necesario tener la amplitud de convocar y escuchar a todos y ver la viabilidad de las propuestas que los distintos sectores acompañen al Gobierno”, dijo.

La maniobra demostraba astucia. No había un final próximo de mandato, pero la oposición se había fortalecido bajo el discurso de la falta de diálogo, y ahora el gobierno tendía la mano para recomponer parte de su imagen. Nada resultó demasiado fructífero de aquellos encuentros, pero sirvió para poner a prueba a los actores políticos.

Si la oposición reclama diálogo, mal puede negarse al convite cuando éste finalmente se produce. La única excepción fue Elisa Carrió, que había salido tercera en la elección porteña y que no detuvo su caída hasta aquel 2% de las presidenciales de 2011.

La experiencia sirve por comparación. Parte del supuesto misterio periodístico para desentrañar quién inició esta vez la propuesta de diálogo remite a aquella situación. Si realmente la hubiera iniciado la oposición, mal podría ahora negarse a negociar. Pero lo cierto es que nada hace suponer que hayan sido Massa, Lavagna o incluso Cristina Kirchner quienes pretenden este acercamiento con el gobierno, sino todo lo contrario.

De hecho, los únicos que sí reclaman diálogo en público y en privado son los radicales, integrantes del propio frente oficialista, pero que tuvieron que enterarse por los medios de la existencia de este decálogo acuerdista.

La UCR, a su turno, también tuvo su experiencia de convocatoria al diálogo en los años ochenta. Se trataba de un momento histórico único que demandaba cohesión interpartidaria. La respuesta del peronismo renovado con Antonio Cafiero a la cabeza solidificó la instalación de pactos básicos para sostener la estabilidad democrática.

Pero por importancia y densidad lo cierto es que la proliferación de pactos políticos de este estilo se dan siempre en momentos de crisis, nunca en vísperas de una elección nacional. Pretender un pacto de estabilidad en este momento es como negociar con el Carlos Menem de 1988, no con el Cafiero de 1985.

En ese sentido, la lectura del macrismo no puede soslayar la historia reciente. Es ingenuo suponer que realmente el gobierno espera un resultado positivo de este entuerto. Cabría pensar más bien todo lo contrario: que el gobierno da por descontado el fracaso de este montaje de propaganda para argüir luego, en plena campaña, que los eventuales desórdenes económicos son responsabilidad de una oposición obstruccionista.

@fdalponte

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