Batalla de Ideas

9 mayo, 2019

¿Quien quiere ser científico?: La producción de conocimiento en la era del voluntarismo digital

Por Nicolás Trivi. Esta semana fuimos testigos de una escena que tal vez quede en el inconsciente colectivo como uno de los símbolos de este momento de la historia argentina, de esos que resumen el espíritu de una época: una científica contó que estaba participando del programa “¿Quién quiere ser millonario?” para poder continuar con un proyecto de investigación.

Por Nicolás Trivi*. Esta semana fuimos testigos de una escena que tal vez quede en el inconsciente colectivo como uno de los símbolos de este momento de la historia argentina, de esos que resumen el espíritu de una época. En la emisión del 7 de mayo de ¿Quién quiere ser millonario?, el programa de preguntas y respuestas que Danny Boyle y su Slumdog Millionaire convirtieron en la antítesis de la meritocracia, una investigadora de la UNSAM contó que estaba participando para conseguir el dinero necesario para continuar con el proyecto de investigación que dirige.

Se trata de Marina Simian, doctora en Ciencias Biológicas e investigadora independiente del CONICET, especialista en el tratamiento del cáncer de mama. Más allá de las especulaciones alrededor de su relación matrimonial con un funcionario del gobierno porteño, lo que es innegable es que su intervención generó un gran revuelo. Obligó al Ministro del Interior Rogelio Frigerio a hacerse el sota, y se convirtió en una verdadera postal de la crisis que sufre la ciencia argentina, con líneas de investigación completas que corren serios riesgos de continuar por la imposibilidad de contar con los fondos mínimos para desarrollar sus actividades.

¿Cómo se llegó a esto?

¿Se acuerdan de la campaña del medio, allá por el año 2015? Qué lejos nos quedó, ¿no cierto? Entre las cosas que sosteníamos quienes (unidos por el amor y por el espanto) apoyábamos la candidatura de Daniel Scioli, era que un eventual gobierno de Mauricio Macri iba a acabar con el incipiente desarrollo científico-tecnológico que se había impulsado en esos años. Sectores de la comunidad científica afines al kirchnerismo organizaron en su momento una lavada de platos para posicionarse de cara al ballotage defendiendo esta política pública, en alusión al célebre cruce mediático entre la socióloga Susana Torrado y Domingo Cavallo, y contando con la presencia del ministro Lino Barañao.

Finalmente ganó Macri, y Barañao fue el único sobreviviente del gabinete de Cristina en ser parte de la nueva gestión. ¿Cómo interpretar esa situación? Hay (por lo menos) dos explicaciones posibles: la política científica del kirchnerismo y la figura de Lino tenían prestigio social y generaban consenso al interior del mundo científico; y sus principales lineamientos no eran tan disruptivos para con los intereses del capital concentrado nacional y transnacional. Macri prometió llevar el presupuesto en ciencia y tecnología a un 1,5% del PBI… y no cumplió: el sistema científico-tecnológico público fue sometido a un ataque constante, en función de la falacia de la escasez.

Buena parte de la comunidad científica se ha movilizado para combatir esta política, a través de sus organizaciones gremiales, y de declaraciones de las autoridades de numerosos institutos, pero evidentemente no ha sido suficiente para frenar el desguace. La última noticia que llega es la renuncia al directorio del CONICET de Dora Barrancos, señal indudable de una crisis de envergadura en el organismo científico más conocido del país. No obstante, puede decirse que el de la ciencia es uno de los conflictos de largo alcance que ha minado lentamente, con la fuerza de la gota sobre la piedra, la imagen modernizadora del gobierno. Así llegamos al espectáculo del martes pasado.

La era del voluntarismo digital

Hagámonos una pregunta incómoda: ¿Qué hubiera pasado si, en lugar de investigar ese santo grial de la medicina que es la cura del cáncer, Simian estudiara algo menos “importante”? No digo los clásicos de Disney, que ya la haría merecedora de los peores insultos, sino algo menos entendible como las tecnologías necesarias para procesar el litio de la Puna jujeña. O, más complicado aún, un estudio sobre los impactos sociales y ambientales de esa misma explotación en esa provincia. ¿El escándalo hubiera sido el mismo? No lo sabemos, pero el episodio es tan sintomático de la crisis de la ciencia argentina, rozando con el absurdo, que no da pie a segundas interpretaciones.

Entre los que salieron a celebrar que Simian hubiera ganado 500 mil pesos para seguir investigando junto a su equipo, está el diputado nacional por Tucumán del bloque Cambiemos, Facundo Garretón, conocido por abrir una encuesta pública para definir su voto sobre la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, y luego votar en contra.

Menos sabido es que como parte de la comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara baja del Congreso, haya votado a favor de reducir el presupuesto para el sector. Este empresario, que se autodefine como “emprendedor”, “innovador” y “joven líder global”, es exponente de los sectores que buscaban capitalizar lo ocurrido en el programa televisivo.

Para el imaginario meritócrata que encarna el gobierno, la producción de conocimiento es una mercancía más a ser transada en el mercado. Por consiguiente, el Estado debe deslindarse todo lo posible de garantizar su concreción, reservándose para algunas áreas “que realmente importan”, y liberando el resto para las leyes de la oferta y la demanda. El modelo a seguir es el de las incubadoras de empresas del Sillicon Valley californiano, donde los cuadros científicos de las universidades privadas generan sus propias empresas tecnológicas.

La traducción vernácula es la idea del emprendedor, que debe generar un producto atractivo para inversores a partir de su capacidad de innovación. Su expresión televisada es la de reality shows donde los participantes compiten exponiendo sus ideas y prototipos ante un jurado de potenciales financistas. En esta línea se inserta el programa Eureka. Desafío de ideas, que transmite Canal Encuentro desde 2016.

Con la misma lógica que tienen las iniciativas de financiamiento participativo conocidas como crowfunding, en 2017 el gobierno nacional lanzó la plataforma MIA (Mercado de Innovación Argentina). En la página oficial de la plataforma, se plantean interrogantes que demuestran a dónde apunta la mirada del gobierno respecto a la producción científico-tecnológica: “¿Cómo lograr que la cultura de la Innovación Argentina sea rentable y sustentable? ¿Cómo hacer que los logros del Sistema Científico Tecnológico Argentino lleguen a la sociedad? ¿Cómo ayudar a que las iniciativas de los emprendedores se conviertan en productos y servicios? ¿Cómo se gestiona la innovación en esta era digital?”.

Además, en el sitio podemos encontrar iniciativas como la de la desarrollar levaduras autóctonas para la producción de cerveza artesanal, aquella industria milagrosa que Esteban Bullrich propuso como salida a la crisis del empleo que azota al principal cordón industrial del país.

En un momento en que la promesa colaborativa de la economía de plataformas da pie a la competencia más salvaje, el trabajo científico es desplazado del lugar de objeto de política pública para ser sometido a los crueles vaivenes del voluntarismo digital, ese que intenta disfrazar la precariedad de heroísmo.

*Doctor en geografía. Docente, miembro de la de la Cátedra Libre “Ciencia, Política y Sociedad” de la UNLP, y becario posdoctoral del Conicet. Miembro de la Junta interna de ATE Conicet La Plata.

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