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A un mes del cierre de alianzas, todo circunda alrededor de Cristina

A un mes del cierre de alianzas, todo circunda alrededor de Cristina
mayo 13
11:03 2019

Cuando hace dos meses se transmitió por televisión la entrevista de Luis Majul al presidente Mauricio Macri, el rating marcó apenas los cuatro puntos, superada por dos viejas películas y un programa de entretenimientos. El desinterés por la palabra presidencial sorprendió incluso en una semana donde se había roto Cambiemos en Córdoba, el dólar volvía a presionar al alza y se conocía el aumento de la tendencia inflacionaria.

No es que no importe el discurso oficial. Pero en términos de liderazgo, su estilo sobrio y anodino se traduce indefectiblemente en apatía. “Lástima el feo día, mucha gente hubiese querido venir”. La famosa frase de Macri, pronunciada durante su primer viaje al Congreso como presidente, refleja en realidad esa limitación a la hora de inyectarle a los propios una dosis de energía política vital. Craso error.

El desdén del PRO por los actos multitudinarios es la consecuencia de una idea elitista de la política, pero también el reflejo de la incapacidad para convocar a esas multitudes. El presidente transmite poco –y no está mal: no puede decirse que ese estilo no le haya redituado en términos electorales–. Para Cambiemos, lo ilusorio en tal caso sería pretender que cada aparición fugaz de su principal dirigente movilizara similares sensaciones que la senadora Kirchner.

Antes que eso, tanto para el oficialismo como para tantos otros que la aborrecen, valdría más resignarse y aceptar el efecto centrífugo de Cristina Kirchner, el lugar preponderante que tiene hoy en la política argentina, aunque guste poco, aunque guste nada. Cuestionar su centralidad –incluso a tres años de dejar la Casa Rosada– es casi hoy como cuestionar la gravedad.

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 El pasado jueves, la presentación del libro de Cristina Kirchner llegó a los 36 puntos de rating en televisión, con coberturas en vivo de casi una decena de canales. Virtud vital para cualquier político: no ser indiferente para el resto. En definitiva, el amor y el odio movilizan por igual.

La Argentina discutirá su eventual candidatura hasta el mismísimo día de cierre de listas. Se especulará con escenarios diversos y todas las encuestas incluirán a la senadora como pregunta obligada. Ella, mientras tanto, podrá hacer lo que hizo en 2011, cuando se dudaba de su pretensión reeleccionista, y lo que sucedió en 2017, cuando se conjeturaba sobre su jubilación: anunciar su decisión en la última semana.

“Hay sólo una cosa peor en el mundo a que hablen mal de uno, y es que ni siquiera hablen”, decía Oscar Wilde. Eso también se traduce en poder. No en términos de cargos, de poder instituido, pero sí como capacidad de influir en la composición de determinados escenarios colectivos. Aunque ella no se postule para la presidencia, querrá incidir de manera decisiva en el armado político-electoral.

“Con esto solo no alcanza”, insinuó el pasado jueves. Y al día siguiente Alberto Fernández ratificó la idea: la intención es llegar al 12 de junio, día de formalización de alianzas, con un nuevo conglomerado, más grande que los viejos Frente para la Victoria y Unidad Ciudadana. Con un dato adicional y decisivo: si en lugar de expandirse, el kirchnerismo se cerrara, el eventual peso legislativo de los incondicionales sería más bien magro el primer bienio. Trazar acuerdos es una necesidad política y aritmética.

Pero para ello la senadora necesita mantener la centralidad, guardar esa bala como amenaza constante. Si ella se postula, no hay quien pueda superarla en una primaria. Y si no, su presencia debería marcar el curso de acción. Lo que no puede hacer en ningún caso es retirarse, y eso explica en parte por qué no hubo definiciones hasta ahora.

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 No es fácil volver. Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina sucumbieron a la tentación de reaparecer en una boleta después de terminar sus mandatos: todos perdieron. Los retornos son complejos y poco aconsejables, máxime en un período histórico regional en el que la abrumadora mayoría de las veces los presidentes en ejercicio logran su reelección.

Lo que sucede, se dirá, es que la historia siempre dictamina mirando hacia el pasado. Porque también es cierto que hasta 1983 nunca un radical le había ganado la presidencia a un peronista, hasta 1999 nunca un presidente lo había sido durante tanto tiempo y hasta 2007 nunca una mujer había sido elegida presidenta. Y sin embargo sucedió.

Las rachas, en política y en deporte, siempre se terminan por romper. Cristina Kirchner perdió en 2017 y ese podría ser para ella un mal augurio. Aunque también pudo haber sido el final de una racha y el comienzo de otra –o ninguna de las dos–. Lo cierto es que, hasta antes de las últimas elecciones bonaerenses, la actual senadora había triunfado en los nueve comicios en que se postuló.

Una posible conclusión, en ese escenario, es que a esa oposición que pretende un cambio de modelo económico urgente le conviene más apostar a un armado alrededor de Cristina Kirchner que a uno contra ella. Lo cual no implica ungirla necesariamente como candidata de la unidad, pero sí concederle la centralidad que parece haber conquistado en la última década. Como siempre, peor que enfrentar la realidad es negarla.

Por Federico Dalponte – @fdalponte

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