Batalla de Ideas

27 mayo, 2019

Alberto Fernández, entre la campaña y la precisión de un plan de gobierno

por Federico Dalponte. El principal candidato opositor salió a la cancha sin precalentar. Desde aquel cambio de estrategia, el ex jefe de gabinete fue proclamado en apenas unos días: un viernes era uno más del pelotón y el sábado, el hombre más nombrado del país.

El principal candidato opositor salió a la cancha sin precalentar. Desde aquel cambio de estrategia, el ex jefe de gabinete fue proclamado en apenas unos días: un viernes era uno más del pelotón y el sábado, el hombre más nombrado del país. En el medio, improvisación.

Los entusiasmos son materia subjetiva, pero es evidente que la precandidatura del profesor Fernández redobló la esperanza de buena parte del antimacrismo. Durante la semana pasada se sucedieron actos, entrevistas y reuniones de todo tipo para echar a andar al nuevo postulante, no exento de zonas grises.

No hay en el nuevo candidato un solo esbozo de nuevo futuro, sino más bien una promesa de cirujano experimentado: Fernández repitió este sábado en ambas ocasiones, en Ferro y en Merlo, que él sabe cómo salir del laberinto, y nada más. Pero vaya uno a saber si le alcanza. Lo cierto es que la historia le hace justicia a la estrategia.

Los cambios de signo político se dieron siempre como reacción antagónica a la característica predominante del gobierno saliente: por caso, Carlos Menem como estabilidad económica ante el descalabro del epílogo alfonsinista, y Fernando De la Rúa como honestidad ante la corrupción menemista.

Mauricio Macri prometió honestidad –lo que en su manual denomina «república»- y sustentabilidad económica -como receta contraria al supuesto cortoplacismo «populista»–. Pero los resultados son magros y hoy apenas uno de cada cuatro argentinos cree que otro mandato de Cambiemos podría ser mejor.

La receta de los Fernández, por tanto, es apelar a la estabilidad económica que el primer kirchnerismo supo conseguir entre 2003 y 2007. Alberto encarna esa épica de la recuperación, y eso tal vez sea suficiente para salir primero en octubre y llegar con buenas chances al ballotage.

Haber aprendido de Néstor Kirchner, saber cómo negociar con el FMI, conocer la salida del laberinto. Las apelaciones a la memoria histórica se acumulan en una sola dirección, el «know-how» para maniobrar un país en llamas.

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Si Alberto es la épica de la recuperación, Cristina es la épica de la expansión. La ex presidenta le dio a sus dos mandatos un perfil mucho más transformador que el de Néstor Kirchner, y en parte por eso su figura genera más amores y odios. La estatización de la AFJP, la asignación universal por hijo, la recuperación de YPF, el matrimonio igualitario son algunos de los logros que la postulante a la vicepresidencia tiene en su haber.

 Y no es casualidad, la estabilidad económica y la legitimidad de origen de sus dos mandatos permitían pensar en una mayor capacidad política: en 2007 Cristina Kirchner duplicó la cantidad de votos de su principal contendiente y en 2011 la más que triplicó.

En parte por eso hoy Alberto Fernández sueña y promete poco en caso de ganar la presidencia, apenas una refinanciación de la deuda pública y una recuperación de la actividad económica. Se dirá con resignación que no alcanza para mucho más. El peronismo deberá rehacerse en el Congreso junto con sus aliados y reconstruir un poder político que se vio atomizado por cuatro años carentes de conducción nacional.

El gran interrogante entonces es si efectivamente le alcanza al binomio Fernández con prometer una épica de la recuperación con dejos de nostalgia o si en algún momento, empezada formalmente la campaña, propondrá un nuevo futuro, distinto del 2007 y del 2015.

El ejemplo más palpable tal vez esté relacionado con las insistentes preguntas sobre el derecho al aborto. Las respuestas ensayadas por el principal candidato opositor, que marcha primero en las encuestas, son sensatas en términos de posibilidad política, pero escasean en esperanza. Nada entusiasma menos que afirmar que un derecho será conquistado en cuotas.

Suena a poco decir que uno está a favor de la legalización, como garantía de acceso gratuito a la práctica, pero que el contexto político sólo alcanza para despenalizarla. Y no porque no sea cierto; ni siquiera porque se hagan cálculos para no perder votantes. Suena a poco porque un presidente siempre debe marcar un norte, aunque ello admita luego estaciones intermedias y hasta intentos fallidos. La mera gestión de lo posible es coherente con el rol de jefe de gabinete, pero no de un presidente.

Alberto Fernández se convirtió en la gran esperanza de ese sector de la oposición que tiene como principal objetivo derrotar al macrismo y sustituir el modelo económico imperante. Aunque todo indica que más temprano que tarde sus propias bases le reclamarán algo más y se reclamarán a sí mismos algo más.

Salir del laberinto es una buena síntesis para graficar los desafíos de la primera hora. Pero una vez afuera, todo candidato opositor necesita proponer alternativas a realidades que exceden las variables macroeconómicas: acceso a la vivienda, seguridad social, derecho a la información, puja distributiva, régimen tributario, salud sexual y reproductiva, integración regional, etcétera.

A su favor y en contra están los mismos elementos: la rápida definición de su candidatura impidió bosquejar siquiera una hoja de ruta, un mínimo anhelo de cómo sería su eventual gobierno. Esta semana Alberto Fernández dio declaraciones desprovisto de toda solidez y tropezando acaso con temáticas que no maneja del todo.

Claro que, para sus seguidores, una visión optimista sería confiar en que el mayor rodaje le permitirá al candidato, y al heterogéneo espacio político que lo promueve, estructurar un discurso más amplio, más robusto y más sugerente. Si hay que está claro, es que las propuestas colectivas son siempre mejores que las concebidas por una sola persona, aunque sea uno el que dirige el ritmo.

Por Federico Dalponte @fdalponte

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