Batalla de Ideas

30 mayo, 2019

Una fórmula, una relación de fuerzas y múltiples desafíos

Por Martín Ogando. El anuncio de la fórmula Fernández – Fernández sacudió el tablero político e inflamó las expectativas de quienes desean desalojar a Cambiemos de la Casa Rosada. Tan obvio como lo anterior, y como la notable capacidad política de Cristina, es que la expresidenta aspira a volver despojada de crispaciones y gestos populistas.

“… que todos juntos, trabajadores, estudiantes, hombres de todas las ideologías, de todas las religiones, con nuestras diferencias lógicas, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su Compañero y su Hermano”.
Agustín Tosco, desde la cárcel de Rawson, junio de 1970.

“¿Qué quemaron esas llamas?
¿Qué pasó con esas cenizas?
¿Que frenó esa barricada?

¿Tus compañeros que hablaban del Hombre Nuevo hablaban también de vos, hablaban de la mujer, de la mujer nueva? ¿Eras vos?

¿Qué cosas merecen hoy tu barricada?
¿Por qué cosas habría que ponerse a correr?”
La chica del poste, Debanne, Valeriano y Gamarnik. Fragmento, 2019

Por Martín Ogando. El anuncio de la fórmula Fernández – Fernández sacudió el tablero político e inflamó las expectativas de quienes desean desalojar a Cambiemos de la Casa Rosada. Tan obvio como lo anterior, y como la notable capacidad política de Cristina, es que la expresidenta aspira a volver despojada de crispaciones y gestos populistas.

Una buena noticia

Hace tiempo que casi todas las organizaciones populares definieron que el objetivo número uno de la etapa es desalojar a Macri y el proyecto neoliberal de la Casa Rosada. Cualquier otro objetivo, por más ambicioso que sea, pierde eficacia y realidad si el primero no se concreta. En este sentido, la presentación de la fórmula Fernández – Fernández es una buena noticia. Buena porque ofrece una primera hoja de ruta y achica los márgenes de incertidumbre de la sociedad, elemento evidentemente necesario en esta coyuntura. Buena porque fortalece las posibilidades de una unidad heterogénea y contradictoria pero necesaria para construir una mayoría electoral. Buena porque, al mismo tiempo, mantiene a CFK, la figura opositora con mayor apoyo popular, en el centro de la escena política, defraudando a aquellos que promovían su jubilación.

El reciente anuncio de la fórmula Kicillof – Magario para la Provincia de Buenos Aires reafirma que la expresidenta mantiene vocación de incidir en decisiones relevantes. Muchas y muchos que no compartimos el horizonte estratégico de Cristina Fernández, y mucho menos los gestos de ampliación hacia el centro que caracterizan sus últimas decisiones, sin embargo vamos a apoyar y militar la fórmula presidencial del peronismo. Nos alertarán sobre los peligros del mal menor o del “todos contra…”, y bienvenidas sean todas las advertencias. Sin embargo, la convicción es que estamos frente a una táctica política que se enraiza como pocas veces en una certera claridad estratégica.

El macrismo no vino a implementar un ajuste más ni a saquear los recursos nacionales, aunque haya hecho ambas cosas. Su objetivo es un disciplinamiento duradero y profundo de la sociedad argentina, acorde a las demandas globales del capitalismo neoliberal. Nuestra geografía no carga con 70 años de populismo, como repiten algunos ignorantes y malintencionados, pero sí con muchas décadas de insumisión de sus clases trabajadoras y populares. Las dictaduras y la brutal paliza neoliberal de los noventa se siguen pagando hasta el día de hoy, pero no pudieron terminar con una sociedad movilizada, con altos niveles relativos de sindicalización y organización popular, con bajos umbrales de tolerancia a la desigualdad extrema y la injusticia flagrante. El apoyo monolítico del capital concentrado a Mauricio Macri en 2015 expresó la apuesta por clausurar esa dinámica y, en una temporalidad más acotada, acabar definitivamente con la oleada de relativos avances sociales y políticos que se abrió luego de la rebelión popular de 2001.

Macri encaró esta tarea con una desventaja: no contaba con una crisis económica y social previa que, como luego de 1989, legitimara la adopción de medidas dolorosamente antipopulares. Tampoco con una derrota categórica del movimiento popular organizado, que lo entregara postrado frente a una derecha en ascenso. Esa derrota debía ser construida durante estos cuatro años, y el gobierno salió con determinación a hacerlo.

Tres años y medio después ese objetivo no se cumplió y el proyecto estratégico de Cambiemos se encuentra replegado, al menos en la coyuntura. Los que venían a cambiar la Argentina y a terminar con el populismo flotan colgados del cuello del FMI, implorando oxígeno electoral. Hoy, el único proyecto de Cambiemos es llegar con chances a las elecciones generales. Después se verá. Un contexto económico internacional desfavorable y diversos errores no forzados ayudan a entender semejante deterioro, pero sin ningún lugar a dudas la resistencia popular en la calle ha sido determinante.

Bárbara Leiva
Represión a la protesta contra la reforma previsional, diciembre 2017 / Bárbara Leiva

Lucha de clases. Cientos de miles tomando semana a semana las calles de todo el país, conflictos diversos, resistencias, organizaciones y reorganizaciones del movimiento social. Sin todo eso es imposible explicar la actual situación de Macri y su incapacidad para avanzar con reformas más profundas. Pocas de esas movilizaciones terminaron con triunfos reivindicativos, algunas sólo pusieron límites a un retroceso mayor, pero todas fueron limando la legitimidad y la fuerza del proyecto neoliberal. Las chances crecientes de una derrota electoral de Cambiemos se forjaron también en esas noches de desasosiego en las que tras una marcha, una toma o corte de calle tragábamos el sabor amargo de los esfuerzos que parecían carecer de sentido. Lo tenían. Sin fuerza social y sin lucha, la genialidad de los grandes liderazgos no valen nada, giran en el vacío. La persistencia protagónica de Cristina Fernández, el giro opositor de tantos que tantas leyes oficialistas votaron y la propia fórmula de ‘Les Fernández’ fueron paridas, también, en esas calles, con sus potencialidades y también con sus límites.

Sin embargo, la experiencia reciente aconseja esquivar todo triunfalismo. La candidatura de Alberto Fernández tiene funcionalidades electorales y, más importantes aún, de gobernabilidad futura. De las segundas hablaremos más adelante. En relación al escenario estrictamente electoral la cosa dista de estar definida. La apuesta más fuerte era alinear a los gobernadores e integrar a Massa en el dispositivo FF. La primera parece una tarea encaminada, pero de ninguna manera concluída. Massa, en cambio, ha dado señales contradictorias, y terminaría de tomar posición este jueves 30 de mayo en su convención partidaria. Alternativa Federal (por ahora con Massa adentro) y Lavagna navegan en el desconcierto pero también porfían en su hostilidad privilegiada a CFK. Las primeras encuestas, como era de esperar, no muestran una variación decisiva. Finalmente, (casi) ningún personal político se suicida y Cambiemos difícilmente sea la excepción. Aunque el margen de creatividad se les viene angostando hay que esperar con seguridad una respuesta frente el movimiento de Cristina. Puede ser legal, extra legal o border.

Un triunfo electoral de Cambiemos, máxime en un contexto latinoamericano como el actual, puede reconfigurar una vez más el panorama. Un Ejecutivo relegitimado puede sacar fuerzas de donde hoy escasean y volver a la carga con determinación. Su bloque político y social seguramente se envalentone. Es por eso que el instinto de clase más elemental nos indica que hay que apoyar la fórmula Fernández-Fernández y militar por su triunfo. Por eso, por una medida elemental, defensiva, de autodefensa popular.

Una mala señal

La fórmula Fernández-Fernández fortalece el objetivo central de acotar a cuatro años la experiencia Cambiemos, al mismo tiempo que indica lo límites estrictos que tendría un futuro gobierno. Favorece una tarea defensiva impostergable, al tiempo que nos previene contra las ilusiones de una inminente ofensiva popular. En este sentido es ilustrativa de una relación de fuerzas. Si la resistencia popular ha sido robusta, lo ha sido a la defensiva, sin poder esquivar retrocesos, tanto materiales como subjetivos. También lo ha sido en un contexto regional y global regresivo, marcado por la respuesta del capitalismo neoliberal frente a la gravedad de la crisis económica. El clima cultural y las expectativas sociales han sufrido un giro hacia la moderación, al menos si se compara con el primer lustro del siglo XXI. Si el peronismo triunfa, el próximo gobierno tendrá mucho de composición y diálogo con los poderes económicos, y poco de vendaval populista. Para les que asumimos el ciclo kirchnerista como un punto de partida valioso, pero pensamos que eran necesarias más transformaciones estructurales, más ampliación democrática y movilización social, y menos compromisos con el capital, este es un dato insoslayable.

Los mismos argumentos que aprueban la fórmula Fernández – Fernández como una demostración de inteligencia, conducción y necesario pragmatismo político convalidan el retroceso cultural y refuerzan facetas conservadoras del sentido común. Afirmar esto no implica negar la importancia práctica del primer término, pero negarlo es al mismo tiempo necio y peligroso. La mujer con mayor caudal electoral de la Argentina da un paso al costado para “empoderar” a un varón sin votos propios. Cristina muestra su mayor fortaleza en el apoyo de los más pobres y de los más jóvenes, Alberto en su capacidad de enviar señales de diálogo y moderación al FMI, el “círculo rojo”, la justicia federal, el Grupo Clarín y la embajada de Estados Unidos. El mensaje es claro: la grieta será suturada por los mismos que la protagonizaron. Alberto Fernández es un símbolo que ofrece esas garantías, además de un dirigente político con indudables capacidades para operar en ese sentido. Los nudos de su pasada ruptura con Cristina no podrían ser más significativos: el conflicto con las patronales agrarias y la confrontación con Clarín. El mensaje es tan claro que no vale la pena extenderse.

El mencionado combo apunta a limar, dejar en el pasado y exorcizar los elementos más irritantes del kirchnerismo. Esos elementos, o al menos una parte significativa de ellos, son los imprescindibles para cualquier transformación decisiva en favor de los sectores populares y la soberanía nacional. Al menos eso pensamos por acá. Y el problema no es Alberto. Él es el mensaje, pero la enunciadora es indudablemente Cristina. Por eso estamos más cerca de una derrota de Cambiemos, por eso estamos más lejos de un gobierno popular.

Marcha del 1° de mayo de 2018 / Gustavo Pantano
Marcha del 1° de mayo de 2018 / Gustavo Pantano

En nuestro planteo no hay ingenuidad alguna. La decisión de Cristina transforma la realidad política, pero lo hace dentro de determinadas condiciones de posibilidad. Refuerza sentidos comunes conservadores pero no los inventa. Nos aleja de un objetivo que dado el contexto internacional sabíamos de antemano arduo de alcanzar. En ese sentido es más consecuencia que causa. Sanciona una determinada relación de fuerzas. ¿Tiene la capacidad de comenzar a cambiarla? Veremos. Lo que está claro es que a pesar de su peso determinante Cristina no es el alfa y omega de nuestro tiempo. Más allá de sus evidentes responsabilidades, una relación de fuerzas no se gesta a partir de los aciertos y errores de un liderazgo político. Juegan los otros, operan factores económicos, externos, hay conflicto con resultante abierta. Y en esa lucha, las expresiones populares organizadas, las izquierdas, no pasamos la prueba. Pudimos señalar nuestras diferencias con el horizonte de posibilidad kirchnerista, pero nunca superarlo. En consecuencia hoy nos toca arrancar de más atrás.

Un futuro a construir

El futuro inmediato aparece surcado de esperanzas, pero también de incertidumbres y contradicciones. Si la derrota de Cambiemos se concreta, la sociedad argentina habrá mostrado una vez más su capacidad de resistencia frente a las reformas que buscan perpetuar mayores niveles de desigualdad e injusticia. Un triunfo módico, defensivo, pero nada menor en las condiciones de la crisis capitalista contemporánea. Una bocanada de oxígeno en una América asfixiada por el avance de los autoritarismos y los condicionamientos imperiales.

Al mismo tiempo, el retroceso político y cultural de los últimos años no desaparecerá por arte de magia. Se expresará probablemente en un gobierno más de transición que popular, más de reconstrucción que de transformación. Las concesiones al capital local y extranjero, al poder financiero y a los organismos internacionales puede que sean múltiples. Los procesos de ampliación de derechos y redistribución del ingreso estarán fuertemente condicionados por motivos de economía y de estrategia política. Se argumentará que las transformaciones más profundas en la economía y la democracia argentina deben esperar, en función de campear el temporal y estabilizar las cosas.

Por supuestos que aquí nos adentramos en un terreno dominado por previsiones y especulaciones. Un gobierno peronista tomaría las riendas en medio de una gran crisis económica, con el FMI reinstalado en el país y con un contexto internacional desfavorable. Las comparaciones con el 2003 son engañosas. A Néstor Kirchner le tocó comandar una difícil recuperación económica y renegociar la deuda, pero la rebelión popular de 2001 y el transitorio Eduardo Duhalde habían hecho parte importante del trabajo. El estallido de la crisis fue previo y el “Argentinazo” fue la respuesta popular a la hecatombe. Con las limitaciones del caso aquellos hechos de diciembre impusieron una nueva relación de fuerzas sobre la base de la cual el kirchnerismo pudo desplegar su iniciativa política, muy importante por cierto. La crisis orgánica y la movilización popular fueron las precondiciones para el recuperado protagonismo estatal en la gestión de los conflictos y la captación y redistribución del excedente. La devaluación asimétrica y la pulverización del salario aparecieron como catástrofes provocadas por la crisis, y al mismo tiempo fueron la plataforma para el despegue productivo de los años posteriores. Duhalde, además, impuso un umbral mínimo de restablecimiento del orden que costó muertes como las de Kosteki y Santillán, llevando al acortamiento de su propio mandato. Huelga decir que el contexto internacional era otro.

Marcadas estas diferencias, conviene evitar la creencia mágica en la moderación salvadora en la que “todos unidos triunfaremos”. La repetición de nombres o la supuesta “nestorización” de un gobierno no garantizan una salida de la crisis que vaya de la mano de un mejoramiento en las condiciones de vida de las clases populares. Las condiciones para el win – win están difíciles. Los momentos en los que el kirchnerismo construyó consensos más amplios coincidieron con el periodo de mayor bonanza económica y, por el contrario, los elementos más populistas se desarrollaron cuando las bases económicas del proyecto habían comenzado a deteriorarse. Ese denominado populismo, y la criticada crispación, impidieron entre otras cosas que el costo del ajuste se descargue exclusivamente sobre los sectores más empobrecidos. Ejercer la moderación política en tiempos de crisis económica, sin que los costos de esa moderación recaigan exclusivamente en una pérdida de posiciones de los sectores populares es efectivamente un laberinto, pero no es el mismo del que Alberto asegura conocer la salida. Las condiciones serán otras.

El curso de los próximos años excede la voluntad de un gobierno o un liderazgo. Se juega también en las tendencias que se convierten en predominantes en una sociedad. ¿O acaso en gran parte de los países de América Latina no perdimos la calle y la conciencia de millones, antes de perder las elecciones? En ese sentido, un interrogante relevante es: ¿Primará en la clase trabajadora, en el movimiento social organizado y en la sociedad toda la sensación de fortaleza por un triunfo frente al neoliberalismo? ¿Un movimiento popular “envalentonado” sostendrá una dinámica de calle y reivindicación, que pondrá límites a las medidas regresivas y empujará nuevas conquistas? ¿O, por el contrario, se impondrán las tendencias a una pasivización social, producto de la triple constricción de una economía al borde del precipicio, un clima cultural que rehúye la intensidad y una conducción política moderada?

Será en la resultante de esta relación de fuerzas contradictoria que se jugará el destino de la Argentina de los próximos años. El movimientos popular en su conjunto no será espectador frente a esta dinámica. Será protagonista dentro y/o fuera del Estado.

Barbi 2

Imagino dos grandes desafíos para el campo popular. En lo inmediato la tarea es terminar con el engendro neoliberal en el gobierno. Para eso es necesario apoyar y militar la fórmula Fernández – Fernández. Siendo parte de un gran Frente Patriótico, plural, heterogéneo, seguramente contradictorio, pero necesario, se pondrán todos los esfuerzos en concretar un triunfo electoral. Esa pelea no está ganada ni mucho menos. El exitismo endogámico de los círculos militantes, sean peronistas, progresistas o de izquierda, es en este momento una trampa mortal. Más allá del innegable malestar social, ninguna encuesta marca resultados suficientemente holgados. La pelea electoral es por los no convencidos, por las decepcionadas, por los “sectores independientes”. Macri y Vidal cuentan a favor con el Estado, la pauta oficial, la obra pública, el apoyo de los grandes medios de comunicación y el persistente antikirchnerismo ideológico de una franja de la población. Las prioridades son claras: hay que ganar, para después tener la posibilidad de discutir el rumbo del próximo gobierno. En este marco también es necesario pujar por el protagonismo de los movimiento populares dentro del Frente Patriótico. De acá al 22 de junio esto se expresa de una manera muy concreta: mediante la incorporación a las listas legislativas de militantes jóvenes y de los sectores populares, emergentes de los fenómenos más dinámicos de resistencia al neoliberalismo.

Los objetivos serán otros a partir del 10 de diciembre de 2019, si efectivamente se alcanza el triunfo. La vitalidad del movimiento popular será clave en los años por venir. Hay en la organización sindical, territorial, feminista, comunitaria, estudiantil y en las estructuras políticas que de ellas se nutren un acumulado decisivo. Desde allí emergen nuevos sujetos y la potencia de un nuevo proyecto histórico, que hoy no son hegemónicos en el bloque político que puede derrotar electoralmente al neoliberalismo. Hoy “lo viejo” prima por sobre “lo nuevo”. Las formas en las que ese acumulado emancipatorio puede unificarse, fortalecerse y cuajar en un proyecto de país alternativo al del capital transnacional se irán hilvanando en la confrontación de ideas pero sobre todo en la experiencia práctica del protagonismo popular.

Será clave aprovechar el envión y la confianza de un nuevo triunfo electoral para preparar un nuevo ciclo de conquistas populares. Para eso las tendencias a la movilización social deben primar por sobre las tendencias a la pasivización y sobre los pedidos de mayores sacrificios para superar la crisis. Será importante que el gobierno cuente con apoyo, tanto frente a nuevos intentos de la derecha por retomar la iniciativa como para apuntalar todas las medidas progresivas y de reconstrucción planteadas. Pero también será importante un movimiento popular que se mantenga organizado, en la calle y alerta, sosteniendo autonomía política para evitar mayores retrocesos. Una de las conclusiones del periodo previo es que un movimientos popular que se fractura y debilita, que pierde autonomía y deposita el conjunto de la iniciativa en un liderazgo exclusivamente estatal prepara las condiciones para futuras derrotas.

Además de calle es necesario tener proyecto. Los factores de poder tendrán sus exigencias hacia el próximo gobierno. El movimiento popular debe contar con un programa de transformaciones para una Argentina más democrática, igualitaria y soberana. La semilla de ese programa existe en los centenares de reclamos, experiencias y elaboraciones de nuestro pueblo. Pienso, por ejemplo, en el programa de “Tierra, Techo y Trabajo”, que apunta a reconocer derechos elementales para los sectores más golpeados por el capitalismo; en la necesidad de recuperar resortes estratégicos para un desarrollo integral y soberano, como los hidrocarburos, la generación y distribución de energía eléctrica y otros servicios públicos esenciales; en un combate estricto a la fuga de capital y en un control sobre las divisas tan imprescindibles para el despliegue de cualquier política económica. También en la asunción de la potente agenda que viene marcando el movimientos feminista o en la necesidad de fortalecer la organización de la clase trabajadora en los lugares de trabajo.

Retomar la senda de la unidad latinoamericana en un mundo multipolar, ganando en autonomía frente a EE.UU y el FMI, es estratégico para la Argentina del siglo XXI. También encarar una profunda reforma política, que terminé con la cosa pública colonizada por profesionales, e involucre al pueblo en una democracia más plena, protagónica y participativa. La idea no es plantear un recetario, sino simplemente ejemplificar el signo de las transformaciones que juzgamos necesarias. Es obvio que un programa de estas características supone conflictos con poderes económicos y partidos sistémicos, e incluso choca con sentidos comunes de fracciones de nuestro pueblo.

Nadie dijo que sea fácil. Habrá que gestar las correlaciones de fuerza para hacerlo posible. Más imposible aún parece que un capitalismo cada vez más agresivo, que cada día degrada los umbrales de humanidad y aumenta el sometimientos de millones de seres humanos, que descuartiza día a día las reglas de su propia democracia, entregue a un país dependiente como la Argentina algunas décadas de próspero capitalismo nacional. Abracemos las utopías que sirven para caminar, no las que paralizan y conforman.

Se cumplieron cincuenta años del Cordobazo, la insurrección obrera y popular más recordada del siglo XX argentino. Vivimos en una sociedad muy distinta, pero algunos convicciones siguen siendo nuestro motor. Cincuenta años después conmemoramos el Cordobazo con un tremendo paro general que muestra la vitalidad y capacidad de lucha de la clase trabajadora, que ni dictaduras ni neoliberalismos pudieron terminar de domesticar. Cincuenta años después el sueño de un futuro mejor y de una patria más libre, más justa y más igualitaria sigue unido la imprescindible lucha por terminar, más temprano que tarde, con la explotación y la opresión capitalista y patriarcal.

@MartinOgando

Foto: Nicolás Aboaf

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