Batalla de Ideas

3 junio, 2019

Cambiemos estrena discurso de campaña: una apelación al sentimiento

Por Federico Dalponte. Todo presidente que aspira a la reelección busca instalar una idea básica: hicimos mucho, falta más, pero vamos en buena dirección. Un repaso por el discurso del macrismo da pautas de una campaña que ya empezó.

Por Federico Dalponte. Todo presidente que aspira a la reelección busca instalar una idea básica: hicimos mucho, falta más, pero vamos en buena dirección. Un repaso por el discurso del macrismo da pautas de una campaña que ya empezó.

Mauricio Macri habla del pasado y del futuro, pero nunca del presente. Porque el presente es él y no hay mucho con qué lucirse: caída del salario real, crecimiento de la desocupación y la precariedad, aumento de la pobreza, etc.

El atajo es entonces hacia lo intangible. La única apelación al presente aparece de manera solapada, cuando lo ilustra como “el principio de un viaje extraordinario”. La clave siempre es ese futuro que no se divisa pero basta con creer.

“Estamos sentando las bases reales, cimientos sobre los cuales este país va a crecer, y va a crecer durante muchos años”, sintetizó el presidente hace diez días en Bragado.

Lo intangible es caprichoso, porque no se ve ni se toca, aunque el presidente le ponga empeño. Y entonces se agacha para palpar una capa de asfalto recién colocado y clamar que “este pavimento no es relato, es real”.

Pero lo que toca no es lo que quiere mostrar. A excepción de quienes se vean directamente beneficiados por esa obra, nadie votaría a Cambiemos por un tramo más o menos largo de pavimento. El mensaje no es ese, tan asfáltico y palpable, sino la apelación a un futuro que nadie vislumbra: las penurias de hoy se convertirán en crecimiento gracias a las obras que estamos haciendo -créannos-.

“Estoy convencido de que lo que estamos haciendo es lo correcto, que va a traer un mejor futuro para todos”, le dijo el presidente a un grupo de vecinas salteñas esta semana. Y todo se resume a un acto de fe.

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Esa fe tiene un componente de antikirchnerismo explícito, pero se sabe que con eso no alcanza. Marcos Peña suele apelar entonces a un dato contundente para infundir tranquilidad entre los propios: en 1995, Carlos Menem fue a la reelección con un 17% de desocupación, diez puntos más de lo que había recibido al asumir, y aun así ganó.

La conclusión podría ser que la sociedad argentina no sólo vota mirando a las estadísticas. Y en rigor es cierto. En ese contexto podría decirse que el porcentaje de capacidad ociosa en la industria o la proporción deuda/PBI serán decisivos sólo para un pequeño círculo informado. Para el resto alcanza con el discurso de las obras y las bases del futuro.

El desafío para el gobierno, por tanto, no es sólo captar entusiastas de ese futuro venturoso que prometen, sino mantener alto el nivel de rechazo a ese pasado que demonizan.

“No puedo creer que todavía sigas dudando: la hiper, las remarcaciones, ¿ya te olvidaste?”. Así comenzaba la charla entre un indeciso y un grupo de votantes convencidos, en uno de los spots más recordados de la campaña de Menem para su reelección. E insistían: “Ahora hay crédito, hay estabilidad”, “imaginate esta crisis (del efecto tequila) sin Menem”.

A mediados de la década del noventa, el contraste con el pasado era el descalabro del epílogo alfonsinista. Incluso con 17% de desocupación, el PJ podía entonces vanagloriarse de haber estabilizado la economía y haber reducido la pobreza. Hoy, en cambio, todo suena a poco.

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María Eugenia Vidal dice que “hicimos posible lo imposible”, y hace su campaña sobre algunos datos duros: el derribo de “120 búnkers” para combatir el narcotráfico y la realización de “1.800 obras”. De nuevo suena a poco: el oficialismo pondera las ventajas de un Estado tan mínimo como en los años noventa, pero sin siquiera estabilidad macroeconómica.

El pasado, por tanto, se vuelve un significante ambiguo. “Estamos determinados a hacer lo que haga falta y dejar los fantasmas definitivamente en el pasado”, dijo Macri hace diez días. “Volviendo al pasado nos vamos a autodestruir”, repitió la última semana.

El pasado es usado como la síntesis del fantasma destructor de la Argentina. Aunque ya no tiene el impacto de la campaña menemista, con miedo a la hiperinflación, saqueos y corridas.

El pasado no es para todos los argentinos aquello que el núcleo duro de votantes macrista cree. Si más de dos tercios de la sociedad quieren un cambio de gobierno, es posible que algunos elementos de ese pasado sean objeto de reivindicación: cuanto menos, la estabilidad monetaria, el sostenimiento del poder adquisitivo y la protección del empleo.

En ese marco, el contraste con un gobierno anterior que puede exhibir mejores índices sólo le será redituable a Cambiemos en la medida en que sesgue esa apelación a la memoria. Que logre construir, en definitiva, un discurso basado en la descripción de un pasado responsable de este presente y en la esperanza de un futuro intangible pero cercano.

@fdalponte

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