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Los polos se refuerzan y el centro se diluye

Los polos se refuerzan y el centro se diluye
junio 13
10:10 2019

Por Federico Dalponte. El cierre de alianzas dejó sorpresas, pero ninguna como el pase de Miguel Ángel Pichetto al oficialismo. El sueño macrista es que la vía rionegrina al peronismo decante en mayores votos, pero los que dudan son muchos. O quizás Todos.

De momento, la nueva alianza oficialista es la misma de siempre pero con nueva cara: Juntos por el Cambio dirá ser en campaña una versión más amplia del viejo Cambiemos, tan purista y antiperonista. El primer efecto recayó sobre esa entelequia que llaman «mercados». Esa amplitud, creen los dedicados a la timba, denota madurez política y previsibilidad futura.

Por su parte, desde que las desinteligencias en Alternativa Federal mostraron sus buenas chances de quedar terceros, los dos grandes polos políticos buscaron seducir a los electores huérfanos. La moderación fue la carta jugada por Cristina Kirchner, y ese fue el primer sacudón de estos meses. Este martes llegó el segundo: después de intentar cooptar sin éxito a Juan Manuel Urtubey, en Casa Rosada lograron comprar la segunda marca.

Es curioso el recorrido del senador Pichetto: no puede jactarse de tener votos propios y su capacidad de articulación legislativa no garantiza liderazgo sobre los gobernadores. Pero allí está, y los funcionarios y demás voceros afines celebran el éxito de su incorporación. Los más optimistas creen que hirieron de muerte al peronismo; los cautos dicen que al menos demostraron iniciativa política.

Los caciques provinciales, mientras tanto, tendrán varias opciones hasta el cierre de listas del próximo 22. La primera es ratificar el rumbo trazado por esa decena de gobernadores que saludó con beneplácito la consagración de Alberto Fernández como candidato. La segunda es seguirle los pasos a ese dúo de colegas compuesto por los Juanes Urtubey y Schiaretti.

Pero en cualquier caso, la mayor rareza sería que atiendan el llamado de Pichetto para sumarse al armado del nuevo Cambiemos. Teniendo dos opciones de peronismo de pura cepa, la opción rionegrina ofrece un problema de forma y otro de fondo.

El de forma está vinculado con las listas de diputados nacionales. Los gobernadores saben que cuentan con plena libertad para armar las nominaciones a su antojo y después colgar sus boletas de Alberto Fernández o de Roberto Lavagna. Da igual; en ambos casos será sin condicionamientos, justo lo que no puede ofrecer el presidente Macri.

Si el oficialismo quisiera el apoyo de los gobernadores, debería ceder sus pretensiones legislativas en favor de los peronismos provinciales, algo que no sólo implicaría una pérdida sensible de espacio en el Congreso, sino que además significaría una afrenta final a sus socios radicales.

En ese sentido, si la senadora Cristina Fernández puede jactarse de algo, es precisamente de haber apostado a reconstruir un espacio político respetuoso de los poderes locales. Aquellos diez gobernadores que aplaudieron la candidatura de Alberto Fernández saben bien que este proceso se parece más al de 2003 que al de 2011.

Al mismo tiempo, el problema de fondo para sumarse a la tentación oficialista es que la imagen de Mauricio Macri sigue teniendo altos niveles de rechazo. Aunque no se ponga en juego una gobernación, nada suma abrazarse a un candidato nacional del que escaparon hasta sus propios socios locales. Pichetto puede tender puentes a futuro, pero hoy no hace milagros.

***

El senador rionegrino encabezaba hasta esta semana un bloque de legisladores de trece provincias distintas. De esas trece, diez están gobernadas por el peronismo. Y de ellas, siete gobernadores ya se habían pronunciado a favor del armado articulado en torno al PJ nacional. Los otros tres, naturalmente, pertenecen a los otros actores en pugna: Salta (Urtubey), Córdoba (Schiaretti) y Río Negro (Pichetto). Conclusión: no hay mucho indeciso para repartirse.

En ese sentido, el otro movimiento que influyó decididamente en el tironeo peronista fue la incorporación del Frente Renovador al nuevo polo opositor. Y aunque desde el gobierno se pretenda presentarlo con desdén, las acciones no pueden ser siquiera comparables.

Sergio Massa fue arrastrado por sus segundas y terceras líneas a riesgo de convertirse en un dirigente sin dirigidos: el Frente Renovador le aporta al Frente de Todos diputados, legisladores provinciales, intendentes y concejales. El aporte de Pichetto, en cambio, se traduce sólo en caída del riesgo país y cierto tono de amplitud.

En ese marco, y en principio por dos razones, el gran beneficiado es el sistema político argentino. Por primera vez desde las elecciones de 2003, las dos principales fórmulas presidenciales estarán integradas por al menos un afiliado al PJ. Eso oxigena el debate electoral e impide la apelación al discurso antiperonista como comodín para explicar procesos complejos. Si eso sirve para elevar el nivel de la discusión pública, bienvenida sea la novedad.

Pero además, el refuerzo estratégico de los dos polos licuó de peso específico a las opciones centristas. La alianza electoral inscripta por Lavagna y Urtubey está regida por la urgencia y la conveniencia, nunca por el amor.

En las últimas elecciones, esas terceras opciones siempre lograron superar el umbral del 10%. Pero el incremento de la polarización podría derrumbar ese piso; hipótesis nada descabellada si se tiene en cuenta que Mauricio Macri y Alberto Fernández ya rondan guarismos cercanos al 40% de intención de voto.

Si ese escenario se confirma, la Argentina podría avanzar así al sueño de muchos politólogos: un escenario político-electoral con dos grandes coaliciones hegemónicas, una ordenada del centro hacia la derecha del espectro, y otro hacia la izquierda.

@fdalponte

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