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Cierre de alianzas y algo más

Cierre de alianzas y algo más
junio 14
10:39 2019

Por Juan Manuel Erazo. Si la fórmula Fernández-Fernández implica la búsqueda de un gobierno moderado o de transición, la fórmula Macri-Pichetto manifiesta lo contrario. Ambas distan de ser meros movimientos electorales o simples búsquedas de votos. Son por el contrario manifestaciones de gestos, sondeos de alianzas que manejen ciertos niveles de gobernabilidad, cristalizaciones de correlaciones de fuerzas, y ante todo, una muestra clara de un escenario que se corre hacia la derecha.

La crisis internacional del 2008 cambió las reglas del juego a escala global. En América Latina acabó con la bonanza y esa loca idea de que hay ganancias para tirar arriba y abajo. A partir de ahora quien tire (aunque sea algo) para abajo, estará derrochando de más, y eso no se puede permitir.

En Argentina, esta decisión asumida por parte del establishment implicó a partir del 2013 la búsqueda de unidad entre el capital tecnológico – financiero digitado desde EE.UU., las cámaras empresariales, parte de la patria contratista, la oligarquía parasitaria que vive de la renta, los grupos agroexportadores y el monopolio mediático. Todos ellos reunidos con un mismo fin: poner coto al despilfarro populista.

Hoy, en 2019, esta alianza se rompió. En primer lugar por sus propias tensiones y disputas. Evidentemente Cambiemos (centralmente el PRO, manifestación política del tecnofinacierismo cipayo y la fiesta contratista) no logró contentar a todos estos sectores, equilibrar sus fuerzas, disciplinar de manera efectiva. Siguió el manual de instrucción (escrito en inglés) demasiado a la perfección, sin desobedecer en lo más mínimo, sin correrse de más.

En segundo lugar, podemos arrogarle algo de crédito a la organización popular, que ha resistido y desgastado el master plan tecnócrata neoliberal, evitando la aplicación de reformas capitales para transformar a la Argentina en el supermercado del mundo.

Aquí se da el fenómeno que marca el ritmo del escenario electoral y político en general: el bloque dominante se resquebrajó, pero esto no implica que los sectores que lo integran hayan perdido poder. A esto se suma que desde el campo popular no ha emergido una fuerza masiva y unificada que plantee y haga tangible la posibilidad de profundas transformaciones. Más aún, se evidencia todo lo contrario: desgaste, fragmentación, desorientación y posibilismos. Esta correlación de fuerzas compleja se materializa en un escenario tendiente hacia lo gris.

Si bien Cristina puede contener un gran piso de votos nacientes de los núcleos de buen sentido progresistas y la esperanza de cambio que anida en los sectores populares, ella sabe bien que hoy por hoy con eso no alcanza. El resquebrajamiento del bloque dominante abre canales de diálogo, y para esa tarea bien sirve un Alberto. Para ganar y gobernar, se tornan necesarios los gesto a ese espectro llamado “los mercados”, a ciertos sectores empresariales, y más aún, la garantía de no meterse en negocios que impliquen un buen billete, centralmente el vinculado a la rama energética (se viene el tiempo del litio). Pataleando un poco más o un poco menos, sobre esta idea se ordena el resto: los gobernadores, Sergio Massa, estructuras sindicales, organizaciones sociales, etc. Derrotar a Macri y poder gobernar después aunque sea unos meses.

Así como la fórmula de “les Fernández” implica la amplitud del kirchnerismo hacia sectores de poder descontentos con las torpezas y aventuras de los niños del Newman, la fórmula Macri – Pichetto es básicamente lo contrario. Esta alianza plantea la fuerte decisión del sector financiero especulador, de la filosofía de Mercado Libre y el experimento neoliberal más peligroso del continente, de plantarse, radicalizar su línea y cosechar lo que sembró hasta ahora. Está pensada en función de dos posibles escenarios.

Si pierden, a pesar de no cumplir el objetivo de sostener al PRO en el gobierno, tendrán mejores condiciones de sobrevivir a la marginación y no ser la UCEDE del siglo XXI. Podrán arrogarse tener una parte del peronismo y el radicalismo, a sabiendas que el PRO (el núcleo concentrado, la experiencia nueva) ya no será quien conduzca ese proceso en su totalidad. Además podrá consolidar un espacio desde el cual ser oposición desde el 11 de diciembre, condicionando desde el principio al gobierno que surja.

Si ganan, reúnen las condiciones para cumplir su objetivo con cierta legitimidad: transformar a la Argentina en Colombia a costa de una derrota del campo popular a como dé lugar. Ajuste, represión, reforma laboral, exclusión. Sienten y se convencen más que esa es la única manera. La derecha continental cada día asume con más fuerza esta idea. El PRO, débil pero pragmático, recoge el guante de Bolsonaro en el continente, se lanza a consolidar un núcleo duro de oposición o un futuro gobierno que cumpla con la tarea disciplinadora sin titubear.

En este escenario la fórmula Lavagna – Urtubey también tiene alguna razón de ser. En primer lugar porque el sistema político argentino muchas veces necesita de un tercer espacio, y en esta necesidad suelen caer sujetos que creen en la necesidad de ir haciendo carrera, de posicionarse, de ir midiéndose. Por otro lado es un ensayo de algunos sectores de poder que prueban nuevas y posibles formas de gobernabilidad, o de oposición. Puede ser un nuevo laboratorio o morir en el intento.

El cierre de listas deja algo más que meros movimientos en busca de votos. Es la condensación de las correlaciones de fuerza hasta ahora, de las idas, vueltas, aspiraciones e intereses de diversos sectores. Porque aunque se trate de ocultar, de esconder o disimular, siempre son los intereses de clases los que ordenan. Todos, todas, al fin, nos vemos forzados a considerar nuestras condiciones de existencia y nuestras relaciones recíprocas ¿Podrá el sistema político, una vez más, contener tantas tensiones?

@JuanchiVasco

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