Batalla de Ideas

19 junio, 2019

Macri-Pichetto o la salida del clóset del peronismo antipopulista

Por Javier Slucki. Si la jugada de incluir a Miguel Pichetto en la fórmula resulta en lo inmediato inentendible desde lo electoral, es porque lo es. Lo cual no quiere decir que sea inexplicable desde todo punto de vista.

Por Javier Slucki. Si la jugada de incluir a Miguel Pichetto en la fórmula resulta en lo inmediato inentendible desde lo electoral, es porque lo es. Lo cual no quiere decir que sea inexplicable desde todo punto de vista. Los candidatos a vicepresidente suelen ser elegidos en función de enviar un mensaje, que puede tener dos destinatarios por lo general excluyentes: el electorado y el establishment. Todo indica que en este caso el receptor buscado por el Gobierno fue el segundo.

Como muchos afirmaron, Mauricio Macri decidió esta vez sacrificar competitividad electoral en función de obtener gobernabilidad. Muy tardíamente se dio cuenta de que no puede seguir gobernando como hasta ahora: en minoría, despreciando la rosca política, gestionando al Estado como si fuera una empresa, mirando solo a los focus group y a una imagen del mandatario cada vez más desgastada en las redes sociales.

Una decisión histórica para el presidente, que, como contadas veces, optó por relegar al tándem Peña-Durán Barba, en lo que podría significar un cambio sin marcha atrás en su modo de gestionar el poder. Lo que no hizo en el que fue probablemente el peor momento de su gobierno, septiembre de 2018, lo hizo ahora, en un período de pax cambiaria, con la que intenta disimular que el giro pichettista es en verdad una muestra de debilidad y una reacción defensiva al anuncio de Fernández-Fernández. Finalmente, Macri pareció admitir que el duranbarbismo es muy bueno para ganar elecciones, pero no para gestionar en épocas de crisis.

Por supuesto que la jugada también plantea efectos en el plano electoral propiamente dicho, aunque de forma indirecta. Uno es negativo para el flamante frente oficialista: la posibilidad de que votantes acérrimamente antiperonistas y antikirchneristas se espanten ante la inclusión del senador y migren su voto a otros candidatos menos contaminados de populismo como Lavagna o Espert.

Pero la apuesta del Gobierno es otra: generar clima electoral favorable, que a su vez haga crecer el techo de Macri en las encuestas. Apostar a los votos que vengan a partir de la calma económica, la sensación de gobernabilidad y las boletas cortas de algunos gobernadores peronistas o peronoides que de otra manera habrían estado más cerca de pegarse al kirchnerismo moderado de Alberto Fernández.

Ahora el equipo del jefe de Gabinete tendrá la no sencilla tarea de preservar la marca de su espacio político. O, mejor dicho, de explicar al electorado cómo el partido que venía a superar 70 años de peronismo lleva de vicepresidente a quien fuera el jefe de la bancada peronista en el Congreso durante 12 años.

Muchos de aquellos antiperonistas fervientes verán que la crisis le hizo perder a Macri esta oportunidad histórica (tan importante para él como la de relegar al radicalismo al siglo XX). Sin embargo, aunque tal vez fortuitamente, porque el primer candidato era Ernesto Sanz, el presidente acaba de modificar la historia abriendo las puertas del clóset al peronismo antipopulista (como evidencia la no del todo dimensionada foto de los pro-peronistas en Los Platitos). El peronismo anti K, o al menos parte de él, comenzó a mostrar su verdadera cara.

Y esto porque, como sabemos, si hay algo que el macrismo busca representar con su discurso es el fin de la “fiesta populista”: gestión ordenada y transparencia. Y a eso debe adaptarse todo lo demás.

Muchos vislumbraron este último mes la marcha hacia un aparente “fin de la grieta”, idea que sin embargo otros se encargaron de rechazar. Buena parte de esta discusión partió de la confusión de dos conceptos diferentes, que no necesariamente deben ir juntos: polarización del sistema de partidos y grieta discursiva.

La cuestión es que en este caso no parece haberse atenuado ninguno de los dos. Primero porque ambos extremos se encargaron de centrifugar exitosamente el centro político, que quedó francamente debilitado. Segundo porque, a pesar de su moderación la idea de frente popular antimacrista sigue siendo el elemento clave del discurso del espacio kirchnerista. Y porque del otro lado, como remarca Pagni, Pichetto representa a un Macri políticamente incorrecto, capaz de exhibir posturas más radicalizadas que el jefe de Estado en temas claves para la campaña como la migración y la inseguridad.

Más bien estemos tal vez en el origen de un hecho inédito para la historia argentina: la presencia del peronismo en ambos lados de la grieta. Y con ello, la transformación de esta grieta en lo que, en el fondo, siempre fue: la representación no del peronismo versus el antiperonismo sino del populismo versus el antipopulismo. Por esto, precisamente, Lavagna y Urtubey le sacan votos a Macri y no a Fernández-Fernández.

¿Qué pasará entonces con la identidad peronista? ¿Se diluirá al estar omnipresente? ¿O terminará por revelarse, como dice Rosendo Fraga, como una cultura política más que como una ideología? Aun con la crisis, o más bien gracias a ella, la política argentina se ha puesto más interesante que nunca.

@javslucki

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