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Soylent Green: el futuro llego hace rato

Soylent Green: el futuro llego hace rato
julio 10
19:45 2019

Con el estreno de Soylent Green en 1973, se cierra una serie de películas que desde fines de los años sesenta y principios de los setenta tenían dos cosas en común: futuros post apocalípticos o post nucleares y a Charlton Heston como protagonista.

El Planeta de los simios (1968), Omega Man (1971) y Soylent Green -traducida inexplicablemente a nuestro idioma como Cuando el destino nos alcance- conforman una suerte de trilogía distópica, un black mirror setentoso apto para el viejo ciclo de Sábados de Super Acción emitido por el viejo Canal 11 (actual Telefé) desde 1961 a 1993.

En esta producción dirigida por Richard Fleischer, el ya consagrado Heston -por sus papeles de Moisés y Ben Hur- se pone en la piel de un detective neoyorquino en el año 2022. Muchas de las grandes películas del género de ciencia ficción suelen tener detrás una obra literaria, en este caso se trata de la adaptación de la novela Make a room! Make a room! (1966) del escritor Harry Harrison.

Somos lo que comemos

El futuro que describe la novela de Harrison y que Fleischer termina de adaptar al celuloide es un mundo que ha colapsado. El cambio climático es una realidad planetaria y el efecto invernadero, con temperaturas que durante todo el año no bajan de los 30 grados, provocó un apocalipsis ecológico. La tierra se volvió un horno superpoblado donde el consumo de agua se racionaliza y los alimentos frescos, como la carne y las verduras, son un bien escaso al que solo los ricos tienen acceso.

Las pocas tierras fértiles y granjas que existen están militarizadas por el Estado y la corporación Soylent, que posee el monopolio alimenticio de la mitad de la humanidad que todavía sobrevive.

Esta multinacional produce la única comida a la que tiene acceso la mayoría: unas tabletas que varían de color de acuerdo al ingrediente de base. La soylent amarilla, por ejemplo, es soja procesada, pero la novedad, que la corporación acaba de producir, es la soylent verde que se supone fue creada a base de plancton marino pero que esconde un secreto que se develará en el desenlace de la trama.

La contraparte de este desastre ambiental es una sociedad militarizada, darwinista y con desigualdades llevadas al extremo. Los ricos, que pagan fortunas por los pocos alimentos frescos que todavía se producen, viven en edificios custodiados bajo una extrema vigilancia en barrios cerrados y apartados del resto. En sus hogares tienen aire acondicionado, hielo (ambos bienes suntuarios) y acceso irrestricto al agua. Los departamentos, además de poseer estos lujos, tienen como parte de su mobiliario a jóvenes mujeres llamadas “furniture” (mueble) cuyo rol es satisfacer a los propietarios varones en sus deseos y encargarse de las tareas del hogar. Algo similar a Gilead del Cuento de la criada, con la diferencia que en este caso el problema no es una epidemia de infertilidad, sino por el contrario una superpoblación mundial donde solo en la ciudad de Nueva York viven 40 millones de personas.

Así como las mujeres jóvenes son muebles, los viejos -que vivieron parte del siglo 20 anterior a la catástrofe climática y que conocieron el invierno, la primavera, la vida silvestre y los alimentos frescos- son llamados “books” (libros), fuentes de sabiduría que conocieron un mundo que ya no existe.

En la trama del film, el veterano actor Edward G. Robinson encarna a un “book” que ayuda a Heston a resolver el asesinato de un miembro del directorio de la corporación Soylent, cuyo caso develará el terrible secreto de las nuevas tabletas verdes.

Y para hacer todavía más distópico este futuro, las iglesias se volvieron refugios abiertos donde duermen familias enteras y enfermos, y ya no existen funerales ni cementerios sino centros estatales de eutanasia donde quienes deciden morir lo hacen “plácidamente” mientras son proyectadas imágenes del mundo cuando había árboles, flores, animales y las cuatro estaciones.

Realismo imposible

Hace más de un siglo, Karl Marx, en el Manifiesto Comunista (1848), decía que el mundo poseía demasiada civilización, industria, comercio y que el régimen de la propiedad privada de los medios de producción ya no favorecía el desarrollo de las fuerzas productivas. Por el contrario, obstaculizaba este desarrollo, y la forma en que el capital sorteaba este impedimento era generando crisis cada vez más violentas y duraderas, donde los medios para prevenirlas disminuían progresivamente en pos de obtener mayores márgenes de rentabilidad.

Si la burguesía ha sido la primera en demostrar el potencial de las fuerzas productivas desarrolladas por la humanidad, tal como Marx elogia en el comienzo del Manifiesto, en Soylent Green esta clase devino en algo más que ese mago incapaz de dominar las potencias infernales que ha desatado con su conjuro al inventar el ferrocarril en vez de construir pirámides. Es el extremo exacerbado, llevado a una ficción distópica, del problema que Marx describe en su obra y que el autor estadounidense Marshall Berman desarrolla en uno de los capítulos de su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire: el capitalismo destruye las mismas posibilidades humanas que crea. No se trata meramente de la sobreproducción como la epidemia que el filósofo alemán denunciaba, sino de la propia reproducción y sostenibilidad de la vida humana.

Recientemente, el joven escritor inglés Mark Fisher a partir de una frase -atribuida a los autores Frederic Jameson y Slavoj Zisek- que sostiene que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, acuñó el término “realismo capitalista”. Este concepto refiere no solo a la idea difundida sobre el capitalismo como el único sistema viable, sino que busca mostrar que además parecería “imposible” pensar una alternativa para nuestro presente.

Sin apelar a la imaginación, lo que la realidad nos muestra día a día es que resulta cada vez más difícil y casi imposible para muchos vivir en un mundo que pretende autorregularse por los mercados. En definitiva, la imposibilidad de vivir este realismo capitalista que lejos está de poner la reproducción y la vida en el centro.

Nicolás Castelli – @NicoCastelli3

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