Batalla de Ideas

12 julio, 2019

El té de Ceylán es cosa seria

Apuntes sobre la “clase media” y su relación amor-odio con la izquierda y los movimientos populares.

La clase media cuando está bien vota mal, y cuando está mal, vota bien.
Arturo Jauretche

Al contrario que la clase obrera industrial, el compuesto heteróclito conocido como «clase media» no conlleva relaciones de producción específicas, ni posee tendencias de desarrollo particulares, aparte del consumo a discreción. Pero se defina como se defina, la clase media, o partes sustanciales de la misma, ha demostrado ya su capacidad para convertirse en un actor político significativo, aumentando su prominencia con el declive o desorganización del proletariado industrial. Las clases medias en ascenso del Sur global se merecen una atención especialmente atenta, ya que pueden ser cruciales en la determinación de las opciones políticas.
Goran Therborn, ¿Nuevas masas críticas?

Por Fernando Toyos. En la serie de dislates que uno puede atribuirle a nuestro ilustre presidente, se encuentra uno que, hay que decirlo, no es tan disparatado como parece. Me refiero a aquella referencia, hace un año y medio, a un presunto origen europeo que compartiríamos todes les sudamericanes. Quizás extrapolarlo a Sudamérica sea mucho, pero es necesario señalar que esta frase, para el caso argentino, entronca con un imaginario largamente instalado, según el cual una buena parte de la población se autoidentifica con un presunto origen europeo.

“Los argentinos descendemos de los barcos”, es una frase popular que refleja eso, que el historiador Enrique Garguin eligió para titular un trabajo en el que plantea que, a principios de siglo XX, la población del Litoral argentino -donde se concentró la migración europea- se proyectó como imagen de la sociedad en su conjunto. La Argentina se veía a sí misma como un país blanco-europeo.

Este imaginario, construido sobre la invisibilización de los pueblos originarios, voló por los aires con la irrupción de aquella clase trabajadora que se levantó en las periferias urbanas y marchó hacia Buenos Aires un 17 de octubre, mostrándole al país que ellos -los cabecitas negras- existían, eran parte de la nación y, desde aquel momento en adelante, no seguirían siendo ignorados.

Ezequiel Adamovsky, en su Historia de la clase media argentina, plantea que este fenómeno hace emerger un sector de la sociedad que se identifica con la clase media. Más específicamente, aquellos sectores que ya no podían imaginarse a sí mismos como “la nación toda”, asumieron una identidad que -expresada en términos de clase- los delimitaba tanto de las clases dominantes como de la “chusma peronista”. Nacía así la clase media argentina, fuente sistemática de quebraderos de cabeza para la izquierda y los movimientos populares en general. ¿Qué hacer con la clase media? ¿Qué quiere la clase media? ¿Se trata de un sector determinado a aliarse a la clase dominante o puede establecerse algún tipo de alianza?

Más cerca de nuestros tiempos, hemos visto cómo el ciclo de gobiernos kirchneristas rompió lanzas con la “clase media” en sucesivas ocasiones. Quisiéramos evocar una que consideramos especialmente elocuente: cuando se instaló el control cambiario (mal llamado “cepo”), allá por 2009, las protestas de una “clase media” ya irritada con el gobierno no se hicieron esperar.  Como símbolo de ellas, el archivo televisivo inmortalizó a un joven indignado porque no iba a poder ir a Punta, como todos los años. Subrayemos: como todos los años.

Las formas de ser son formas de hacer consolidadas, dijo Émile Durkheim, uno de los autores clásicos de la sociología. Demos vuelta la fórmula: consolidar exitosamente un hábito de consumo equivale a asegurarse nada menos que una forma de ser, una identidad. Es necesario reflexionar sobre esto, si no queremos contribuir al círculo que describió Jauretche, sancionándolo: en la capacidad de consumo de estos sectores se pone en juego su identidad. Considerando que los sectores medios son, básicamente, fracciones privilegiadas de la clase trabajadora que, no por privilegiadas, dejan de compartir unos intereses y enemigos comunes, planteamos este debate: la capacidad de consumo de estas “clases medias” no es -como dice el comediante Un Rubio Peronista- hacer pucherito por no tener té de Ceylán.

La pregunta de siempre es qué se hace con esto. Reconocer como válido el sufrimiento social de las capas medias, cuando ven bloqueadas sus posibilidades de performarse puede ser un primer paso. Enumerar las infinitas injusticias de nuestra sociedad que son (mucho) más graves que no poder cambiar el auto no hará mucho más que reafirmar la posición de cada quien. Si “la política” se les presenta como la causa del obstáculo -y no, por el contrario, aquello que los habilita-, asumir una posición (mal llamada) “antipolítica” aparece como un corolario lógico.

Ojo que esto no implica tener a los sectores medios entre algodones todo el tiempo. En primer lugar, porque no se puede. Haciendo abstracción de nuestra inserción capitalista dependiente, satisfacer una demanda permanentemente ampliada de consumo tiene límites muy concretos en la (in)sustentabilidad ecológica. Pero, además, porque nuestro horizonte estratégico hacia la clase media como identidad tiene que ser el de -con el permiso del movimiento feminista- deconstruirla. Hacer, como decía Atilio Borón, el trabajo político y pedagógico de mostrarle a esta, cualitativa y cuantitativamente importante, parte de la sociedad que sus intereses coinciden con los de les laburantes.

Pero esto es un trabajo de décadas. Implica, como dijo David Viñas, que la “clase media” se de vuelta como un guante, y eso requiere de un acompañamiento pedagógico, político y afectivo que empieza por darle entidad al sufrimiento del otro. Cuando rompamos el círculo vicioso de contestar las pretensiones de superioridad moral con la misma moneda (eso sí, con colores izquierdistas y/o nacional-populares) podremos efectivamente empezar a tejer esta alianza, absolutamente estratégica para reconstruir a un sujeto político que viene estando ausente hace rato. En estas capacidades afectivas, de escucha, de contención y solidaridad, podemos aprender mucho del feminismo.

@fertoyos

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