Batalla de Ideas

19 julio, 2019

A propósito de FaceApp, mini-estudio sobre redes sociales en 6000 caracteres

Por Fernando Toyos. Durante esta semana se hizo furor una aplicación llamada FaceApp, entre cuyas prestaciones destaca la posibilidad de proyectar el envejecimiento del rostro humano. Esta función llenó las redes sociales de fotos digitalmente envejecidas de usuarios y famosos y recopilando las caras de unas 150 millones de personas.

Por Fernando Toyos. Durante esta semana se hizo furor una aplicación llamada FaceApp, entre cuyas prestaciones destaca la posibilidad de proyectar el envejecimiento del rostro humano, con un realismo tan asombroso como aterrador. Esta función llenó las redes sociales de fotos digitalmente envejecidas de usuarios y famosos y recopilando las caras de unas 150 millones de personas.

Muchos y muchas de mis contactos entraron en el baile. Cuando pregunté qué onda con los datos que recopila la aplicación, me dijeron que me deje de joder, lo cual me generó una pregunta: ¿por qué lo que hacemos en las redes sociales parece incuestionable? Como soy sociólogo, no pude menos que intentar una mini encuesta, obviamente, a través de Instagram. Pero antes, un poco de contexto.

¿Quién está del otro lado? Cambridge Analytica, 10 year challenge y FaceApp

Para la gran mayoría de nosotres, Internet es un misterio. Une no entiende demasiado cómo funciona esta cosa que, sin embargo, es cada vez más esencial para nuestras vidas. Eso aumenta las posibilidades de que nos mandemos todo tipo de cagadas como, por ejemplo, ceder los derechos al uso de nuestros datos sin darnos cuenta.

Cambridge Analytica es una empresa, con sede en Inglaterra, que se hizo conocida mundialmente por haber tenido una influencia, supuestamente decisiva, en el triunfo electoral de Donald Trump. Luego, se descubrió que, para trabajar en esa campaña, habían accedido ilegalmente a los datos personales de más de 50 millones de personas.

Esta empresa realizó más de 120 perfiles psicológico-políticos a partir de encuestas online –del tipo “¿Qué tipo de personalidad tenés?”- y luego cruzó estos perfiles con los datos de millones de personas. El resultado: una segmentación muy precisa de más de 40.000 votantes en Estados clave, a los que les enviaron campañas publicitarias personalizadas, lo que se denomina “microtargeting”.

En enero de este año, se viralizó una tendencia llamada 10 year challenge, que consistía en postear una foto actual seguida de una foto de hace diez años. Muchísima gente, entre la que me cuento, se sumó al llamado. Días después, el portal especializado en tecnología Wired, publicó una columna de opinión, firmada por Kate O’Neill, en la cual llamaba la atención acerca de la posibilidad de que este “meme inocuo”, en realidad, fuese un producto de ingeniería social. ¿El objetivo? Recopilar millones de fotos de antes-y-ahora, para entrenar a un algoritmo que sea capaz de estimar la edad de una persona a partir de su foto y/o de proyectar la transformación de un rostro a través de los años.

¿Te suena lo último? Esto es, exactamente, lo que hace el último grito de la moda web, FaceApp. No parece descabellado suponer una relación ahí: el desarrollo de la inteligencia artificial (AI) y el “aprendizaje de las máquinas” (machine learning) precisa analizar toneladas de información para entrenar algoritmos. Esto no es necesariamente malo, ni necesariamente bueno. El punto es que nosotros y nosotras, como usuarios, sepamos a quién y para qué le estamos dando acceso a nuestra información. ¿Qué sabemos acerca de “lo que hay del otro lado” de la pantalla?

Sí, llegó el momento de las encuestas.

1. ¿Por qué usás redes sociales?

Entre las respuestas a esta pregunta aparecen dos perfiles: quienes, haciendo un uso pasivo, utiliza(mos) redes sociales porque, estando “aburridos”, buscamos “entretenimiento y comunicación”. Del otro lado, quienes hacen un uso instrumental: “promocionar proyectos personales”, “talleres”, o empaparse de lo que consideran la “plaza pública contemporánea”. Claramente no son perfiles separados, sino que cada quien tiene un poco de cada uno.

2. Riesgos

Una amplia mayoría dijo estar al tanto de los riesgos de compartir información personal y, también, declaró estar enterada del escándalo de Cambridge Analyitica. Una mayoría menos contundente dijo, además, estar al tanto de los posibles “propósitos ocultos” del 10 year challenge. Sin embargo, cuando preguntamos si, sabiendo todo esto, volverían a compartir información, más de la mitad contestó que sí.

3. ¿Por qué?

El argumento, casi unánime, es que la pérdida de nuestra privacidad es un hecho consumado: “el sistema nos tiene”, “ya saben todo” y “no podemos hacer nada para evitarlo”. Es una imagen pesimista que va de la mano con el poco conocimiento que se tiene sobre el funcionamiento de Internet.

El hecho es que, como los ejemplos lo demuestran, las tecnologías de la información están en permanente desarrollo, es un campo que nunca está “completo”, y crece produciendo y recopilando información. Ok, nuestros datos personales (nombre, DNI, CUIT, alguna dirección, etc.) seguramente saltan en un googleo rápido; pero hasta Cambridge Analytica, el cruce entre nuestro “tipo de personalidad” y nuestras preferencias políticas no era un dato relevante, y comenzó a serlo.

Del mismo modo, el 10 year challenge inventó el dato de una foto actual junto a otra de hace diez años. La información, dice O’Neill, es el nuevo petróleo, y las grandes empresas de internet (Google, Apple, Facebook, Amazon, etc.) son las petroleras. Nosotres vendríamos a ser Vaca Muerta.

Lo bueno es que, así las cosas, no está todo dicho ni da todo lo mismo: las empresas no saben todo de nosotres, por ende tiene sentido establecer una relación más consciente con el mundo virtual. No se trata de volver a los teléfonos analógicos y la videocasetera, pero no perdemos nada con ajustar la configuración de privacidad de Facebook, hacer privada nuestra cuenta de Instagram y pensarlo dos veces antes de entrar en la próxima tendencia viral que aparecerá mañana o pasado.

Las redes sociales son una forma más de consumo y, en esta etapa de capitalismo neoliberal, consumir es un dogma incuestionable. La cosa es peor: creemos que consumir redes sociales es gratis, pero no lo es. Si somos capaces de convertirnos en consumidores conscientes, podremos negociar con qué datos pagamos por nuestro consumo. No es tan fácil como saber cuánto gastamos en comida, pues macrisis, pero se puede. Y hacerlo garpa.

@fertoyos

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