América Latina

22 julio, 2019

El intelectual de Nuestra América mestiza

El pasado 20 de julio falleció el filósofo, escritor y revolucionario cubano Roberto Fernández Retamar a los 89 años. Un hombre que pensó donde sus pies pisaban, desde y para América Latina.

El pasado 20 de julio falleció el filósofo, escritor y revolucionario cubano Roberto Fernández Retamar a los 89 años. Un hombre que pensó donde sus pies pisaban, desde y para América Latina.

“Se equivocó más de una vez, y quiso sinceramente hacerlo mejor.
Acertó, y vio que acertar tampoco era gran cosa.
De todas maneras, llegado al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran.
De él en vida se dijo bien y mal, y con los años, ésos en los que
Todo se va borrando y confundiendo,
No faltará quien lo mencione de modo que lo hubiera complacido,
Mezclando su nombre con otros nombres, bajo el epígrafe revolución”
Sería bueno merecer este epitafio, Roberto Fernández Retamar

Fernández Retamar era el presidente de la prestigiosa Casa de las Américas desde 1986 e integraba la Academia de la Lengua de Cuba. Además había ganado el Premio Nacional de Literatura de su país en 1989 y fue diputado nacional.

Toda su vida la dedicó a la formación y el debate intelectual, así como también a la defensa de la Revolución Cubana, desde una perspectiva siempre crítica.

Nació el 9 de junio de 1930 en La Habana donde estudió y se graduó de bachiller en Ciencias y Letras en 1947. Para 1954 se había doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de la capital cubana y en 1955 viajó a Francia donde realizó un curso de lingüística en La Sorbona. Entre 1957 y 1958 dictó clases en la universidad estadounidense de Yale.

Volvió a Cuba en 1958 y se integró al Movimiento de Resistencia Cívica opositor a la dictadura de Fulgencio Batista. Denunció las atrocidades del régimen en la prensa clandestina y desde allí apoyó a los guerrilleros y guerrilleras bajo el mando Fidel Castro que combatían en la Sierra Maestra.

En su poema “Sería bueno merecer este epitafio” escribió que “deploro de veras no haber estado la madrugada de aquel 26 entre los atacantes al cuartel // No haber venido en aquel yate // No haberse alzado en la montaña // No haber sido, en fin, de los elegidos”.

Con el triunfo revolucionario pasó a dar clases en la Universidad y durante 1960 fue consejero cultural en la embajada en París.

Durante la década del ‘60 comenzó una prolífica producción intelectual que fue acompañada de la creación de distintas publicaciones como la revista Unión, en la cual participaban también Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, entre otros, y el órgano de difusión de Casa de las Américas.

Fue desde esta institución que, en una carta de despedida a Fernández Retamar, señalaron que se trata de “una pérdida irreparable para la cultura cubana”. “Desde que se dio a conocer en 1950 con el poemario Elegía como un himno, su obra fue abriendo cauces y marcando hitos en la poesía de lengua española”, añadieron.

“No menos relevantes son sus penetrantes y esclarecidos ensayos, que ponen en evidencia la vastedad de su pensamiento y la magnitud de su labor intelectual, tanto si recordamos ese clásico de la reflexión latinoamericana y caribeña, Caliban, como si pensamos en Para una teoría de la literatura hispanoamericana, en su fervorosa pasión por la obra martiana, o en sus lúcidos ensayos sobre el papel del intelectual y los procesos de descolonización cultural en nuestra América”, completaron.

Además entre 1998 y 2013 fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba y miembro del Consejo de Estado del país.

Un pensamiento que fue creación heroica

Roberto Fernández Retamar se inscribe en la línea de pensadores y pensadoras de América Latina que apuntaron a construir una teoría crítica desde la región. Sin exaltar una supuesta excepcionalidad localista ni renegar de los aportes de otras latitudes.

En su famoso ensayo Calibán (1971) señalaba que “existe en el mundo colonial, en el planeta, un caso especial: una vasta zona para la cual el mestizaje no es el accidente, sino la esencia, la línea central: nosotros, «nuestra América mestiza». Martí, que tan admirablemente conocía el idioma, empleó este adjetivo preciso como una señal distintiva de nuestra cultura, una cultura de descendientes de aborígenes, de europeos, de africanos”.

Asimismo, en un artículo publicado en la revista uruguaya Marcha, en 1962, se refería al proceso liderado por Fidel Castro en su país y aseguraba que “la condición americana de esta Revolución está lejos de ser negada por su adhesión al marxismo-leninismo, del mismo modo que no es menos americano Bolívar porque sepamos que la Independencia de nuestras patrias se realizara a la luz del pensamiento de los enciclopedistas”.

Con simpleza y contundencia afirmaba: “No ha nacido en América el marxismo, es cierto, pero tampoco el cristianismo, el aristotelismo, el freudismo o la teoría de la relatividad, lo que no nos ha arredrado en el caso de apropiarnos tales ideas ‘extracontinentales’”.

“Nuestra es la problemática (aunque no necesariamente los instrumentos intelectuales para entenderla), y nuestras las maneras concretas y el estilo de abordarla y resolverla”, concluía.

Es que la impronta y la fuerza revolucionaria cubana transformaron las formas de entender el mundo hasta entonces. La línea de pensamiento del peruano José Carlos Mariátegui, que llamaba a construir un socialismo indoamericano, que no sea “ni calco, ni copia” de los modelos europeos, se hizo carne en un pueblo irredento del caribe.

Fernández Retamar fue uno de sus hijos pródigos, un intelectual que comprendió su historia y su tiempo, que tan cubano y tan latinoamericano como José Martí, dejó una huella imborrable y una proclama contundente: “Nosotros podemos y debemos contribuir a colocar en su verdadero sitio la historia del opresor y la del oprimido. Pero, por supuesto, el triunfo de esta última será sobre todo obra de aquellos para quienes la historia, antes que obra de letras, es obra de hechos. Ellos lograrán el triunfo definitivo de la América verdadera”.

Santiago Mayor – @SantiMayor

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