Cultura

30 julio, 2019

El sindicalismo según Pol-Ka

La productora de Adrián Suar rodó “El tigre Verón”, una miniserie de doce capítulos de una hora aproximadamente (disponibles en Canal 13, TNT y Cablevisión Flow) en la que se relatan distintas disputas que rodean la figura del secretario general del sindicato de la carne. Un mundo sin grises, donde todo lo relacionado a la organización gremial es malo, corrupto y oscuro.

La productora de Adrián Suar rodó “El tigre Verón”, una miniserie de doce capítulos de una hora aproximadamente (disponibles en Canal 13, TNT y Cablevisión Flow) en la que se relatan distintas disputas que rodean la figura del secretario general del sindicato de la carne.

Después de muchos años al frente del gremio Miguel “el tigre” Verón enfrenta un conflicto de muy alta escala con “El chaqueño” Morán, dueño de uno de los principales frigoríficos del país y vocero de la cámara empresarial del sector.

El chaqueño tiene la intención de desarrollar un nuevo producto con el aporte de capital de empresarios chinos y para eso necesita reducir drásticamente la planta. A raíz de esta crecida de la disputa económica se empiezan a catalizar todo un conjunto de tensiones preexistentes (familiares, laborales, románticas, aspiracionistas) empujadas a una resolución.

En el devenir de la trama se desarrolla un repertorio amplio de personajes. Destacan entre estos los hijos e hijas del Tigre que exponen muy bien los dilemas y las consecuencias sobre continuar (o no) los pasos del padre.

Otro tándem que funciona bien es el de Andrea Pietra (esposa actual) y Alejandra Fletchner (ex esposa). Esta última da una clase magistral de actuación con su borrachera del primer capítulo.

Lo absoluto, lo malo, lo poco creíble

Pero el problema de la ficción no está en los personajes, ni siquiera en la historia que en todo caso es una más de tantas donde hay lealtades, traiciones y engaños alrededor de espacios de poder. Lo que realmente lastima los ojos es la construcción del telón de fondo.

El mundo en el que sucede esta miniserie no tiene grises, todo es absoluto y eso lo hace poco creíble. Los sindicalistas son malos. Todo lo que sucede alrededor del mundo sindical es denostado. Todo. No hay nada más que lo malo. Al inicio de la trama la elección del sindicato parece mostrar un trasfondo de debate, pero se lo engulle el prejuicio: aún los que parecen no ser malos, en el fondo lo son.

Sin pretender una mirada romántica o ingenua de los sindicatos argentinos cabe esperar sí, un poco más de recursos narrativos. El repertorio para demonizar las organizaciones de trabajadores y trabajadoras es completo: cuentas off shore, talleres clandestinos, violencia, asesinatos, negociados. El Tigre tiene un auto super lujoso, pero unas cuadras antes de aparecer ante la prensa se baja y se sube a uno viejito para actuar humildemente. Quienes trabajan en la industria de la carne son invisibles. No están. Ocasionalmente aparecen bajo una irónica rememoración a “los compañeros”, pero no más que eso.

Esta saturación de lugares comunes y prejuicios lleva a que todo el tiempo se haga presente la lectura política y eso -en la ficción- muestra los hilos del titiritero. Se dificulta adentrarse, creerla. Aunque sean cosas tan distintas, en este aspecto remite a The handmaid’s tale (El cuento de la criada). Todo es tan absoluto, que finalmente no puede ser cierto. Una cosa es la ficción y otra lo falso.

“El tigre Verón” materializa una decepción que ya venía asomando. Durante años sostuve -y aún hoy tengo mis dudas- que Julio Chávez es el mejor actor argentino. Lo idolatré sin miramientos en Un oso rojo y a pesar de que la película es un embole lento e interminable admiré sus capacidades en El custodio. Lo sigo: si hace algo, lo miro. Pero me parece que acá erra el criterio.

Más allá de la posición política de la ficción (que él puede compartir o no, no lo sé) se mete en un proyecto apurado, orientado por los tiempos electorales. Y hay un problema más que se hará evidente para cualquiera. La ficción es demasiado parecida a El puntero: los conflictos son esencialmente los mismos y las respuestas de su personaje y las suyas como actor se repiten.

Hay buenas actuaciones, pero se destaca la de Manuel Callau personificando al chaqueño Morán. Hace todo bien: el acento, la forma en la que da órdenes, el desapego por la vida, el machismo. En síntesis, la impostada identidad rural y tradicionalista de un empresario millonario. Callau sí logra la ilusión, a pesar de que su nombre aparece en los títulos hay que buscarlo en la miniserie, está oculto bajo capas y capas de actuación.

Olvidable pero mirable

El resultado no trae ninguna sorpresa. El recurso a la ficción para participar de la disputa política cultural no es nuevo y en todo caso habrá mejores exponentes que este. A la historia que se pretende contar se la come la utilización política y -lamentablemente- otra obra local pasará al olvido muy rápidamente. Pareciera faltar el giro de la trama. No hay suceso disruptivo alguno, sino que se ve el desarrollo de lo preexistente y así se hace inocua. Hasta para ser mala es aburrida.

Sin embargo creo que hay dos posibles espectadores y espectadoras que pueden interesarse y encontrarla atractiva. Por un lado, quien crea que el mundo sindical es lo que la miniserie le propone logrará adentrarse en la trama. Le resultará creíble la ilusión. Podrá olvidar lo artificial del mundo que se pretende construir y avanzar a los personajes que el telón contiene.

Por otro lado, no es de descartar para un fin de semana de gritarle a la tele. No está de más ver algo malo para enojarse y descargarse. Ayuda.

Ramiro Acevedo – @raminaturalista

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