Batalla de Ideas

5 agosto, 2019

A una semana de las sorpresas

Hay dos pecados capitales que se repiten en toda víspera electoral: publicar datos sin análisis y hacer análisis sin datos. El centralismo porteño, encuestas inconsistentes y la invisibilización de las realidades locales, principales factores de distorsión.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Hace una semana el banco de inversión brasileño BTG Pactual publicó una encuesta que se convirtió en excepción: por primera vez un sondeo dio como ganador a Mauricio Macri por un par de puntos, 37,5% a 35,6%.

El dato despertó el rápido interés del micromundo financiero, en una reacción que se tradujo en calma cambiaria. Sin embargo, ese mismo informe mostraba al candidato de Juntos por el Cambio casi diez puntos por debajo de Alberto Fernández en provincia de Buenos Aires, revelando inconsistencias.

El dato parece menor, pero una lectura rápida indica que si un candidato marcha una decena de puntos por debajo de su adversario en el principal distrito del país, tiene pocas chances de ganar en el recuento nacional.

En octubre de 2015, Macri perdió por 5 puntos en provincia de Buenos Aires y apenas por 3 a nivel nacional; es improbable entonces que, perdiendo por el doble en territorio bonaerense, remonte lo suficiente en el resto de las provincias para ganar por 2 puntos la elección nacional.

Para ello necesitaría llegar al menos a 55 puntos en Capital Federal, a 40 en Santa Fe, a 60 en Córdoba, a 50 en Mendoza… y rezar. Sería una elección casi sin precedentes, mejor incluso que algunos de los guarismos obtenidos por Carlos Menem y Cristina Kirchner al momento de su reelección. Pero ya no importa. El dato estaba lanzado y la noticia publicada.

En octubre de 2015, Macri perdió por 5 puntos en provincia de Buenos Aires y apenas por 3 a nivel nacional; es improbable entonces que, perdiendo por el doble en territorio bonaerense, remonte lo suficiente en el resto de las provincias para ganar por 2 puntos la elección nacional.

Algo similar sucede cuando hablan los propios voceros del oficialismo. Miguel Ángel Pichetto, por ejemplo, asegura que estarán cerca del 39% en las primarias. El número así presentado, frío y apático, es tan probable como cualquier otro. Lo que no se entiende es cómo llegan a esa conclusión, cuál es el silogismo que siguen, las premisas que los alientan.

En Córdoba, por ejemplo, el gobierno difunde números propios y se entusiasma: asegura que ganarán allí por una veintena de puntos, 46 a 26. Pero ello en realidad son 7 puntos menos para Macri –con respecto a octubre de 2015– y 7 puntos más para la principal oposición. Algo parecido a lo que sucede en Capital Federal, donde el macrismo dice que cosechará entre el 41 y el 46% de los votos, media decena de puntos por debajo de lo obtenido en la primera vuelta de hace cuatro años.

Algo no está bien allí. Si los números provinciales son ciertos, el pronóstico nacional es improbable. Lo cual no significa que el oficialismo pierda finalmente la elección presidencial, pero sí refuerza una premisa básica en estos casos: los datos solos, desprovistos de un análisis que los explique, son mera especulación.

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Hay otros números que tampoco cierran. La encuesta de BTG Pactual, por ejemplo, registra 13 puntos que no van a ninguna de las cinco principales fuerzas y que tampoco se consignan como indecisos. Algo similar se ve en el último trabajo de Elypsis, otra encuestadora que causó revuelo la semana pasada por la virtual paridad mostrada entre los postulantes. Ideia Big Data, por su parte, también asegura que ganará Macri, pero superando el 40% de los votos, un hito que ninguna encuesta había reflejado hasta ahora.

La pereza no puede ser tanta. Alcanzar o no determinado umbral de votos es –debe ser– la consecuencia de una distribución más o menos armoniosa. En la provincia de Buenos Aires, por caso, un candidato puede perder en toda la tercera sección electoral, pero tendrá que compensar ganando en el conurbano norte, en Mar del Plata y en los municipios rurales del interior. A nivel nacional sucede lo mismo: el peronismo se hace fuerte en el norte y en el sur del país, pero el antiperonismo equilibra en varios grandes centros urbanos de la franja media: Capital Federal, Córdoba, Mendoza, Santa Fe.

Desconocer cómo se dirimen allí las elecciones imposibilita cualquier análisis serio. Por caso, antes que la forma en que se reparte la boleta de Macri y Vidal en la localidad de San Martín, resulta más determinante la divisoria de aguas trazada por los hermanos Rodríguez Saá en San Luis o los movimientos de los intendentes cordobeses del PJ. Lo primero es anecdótico, lo segundo es cardinal.

El microclima de los principales medios de comunicación atenta contra la agenda nacional. En la cancha no solo están los presidenciables y los intendentes del conurbano. La recesión no termina en el microcentro porteño ni en un estudio de televisión del barrio de Constitución.

El microclima de los principales medios de comunicación atenta contra la agenda nacional. En la cancha no solo están los presidenciables y los intendentes del conurbano. La recesión no termina en el microcentro porteño ni en un estudio de televisión del barrio de Constitución.

En Mendoza, por ejemplo, la semana pasada hubo una larguísima fila para conseguir trabajo como guardiacárcel. La cantidad de aspirantes no fue la del penal bonaerense de Olmos, pero reflejó también la severa crisis de empleo en la zona metropolitana mendocina, con una desocupación que viene en ascenso desde 2016.

En Tucumán, Salta, Catamarca y Santiago del Estero, por su parte, tampoco están de parabienes. El inminente cierre de la cadena de supermercados Luque pone en juego cientos de puestos de trabajo. Mientras que en Córdoba los clubes de barrio también amenazan con cerrar –aunque no por la caída de las ventas, sino por el incremento feroz de la factura de luz–.

Y todo eso, que parece tanto, sucedió apenas durante la semana pasada, y sin mencionar el largo conflicto con el transporte público, donde el aumento de tarifas parece ser la única salida para pagarle los sueldos adeudados a los choferes. En Entre Ríos, sin ir más lejos, el boleto aumentó 100% en apenas cuatro meses.

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Hay mucho país fuera de la Capital Federal y pocas precisiones sobre el origen de los votos de cada postulante. Parece obvio que los esfuerzos están puestos en provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, pero finalmente las boletas pesan lo mismo en todos lados.

En ese sentido, resulta inverosímil el salto cuantitativo que anuncia el gobierno nacional respecto a 2015 después de dos años de recesión y un derrumbe significativo de todos los indicadores sociales. Las elucubraciones merecen alguna explicación, alguna base empírica.

Es probable que el oficialismo aspire a lograr una histórica participación de ese segmento movilizado entre agosto y octubre de 2015, de perfil antiperonista. Y también de los mayores de 60 años. Y de los de 70. Y asegurarse el voto jujeño, salteño y correntino, y equilibrar en Santa Cruz y Neuquén. Y así.

En el caso de Alberto Fernández, en cambio, se podrá decir que el crecimiento a priori es más modesto. Si el 37% de Daniel Scioli en la primera vuelta de 2015 es el piso del Frente de Todos, cosechar dos o tres puntos más parece algo lógico, sobre todo luego de la confluencia entre Unidad Ciudadana, el Frente Renovador y diversos partidos de izquierda, y dilución de las terceras fuerzas.

En cualquier caso, la elección del próximo domingo anticipa que habrá sorpresas. Ya sea porque los pronósticos no se cumplen, o bien todo lo contrario: sí se cumplen y el oficialismo logra crecer en varias provincias respecto a 2015, rompiendo así su propio techo.

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