Nacionales

13 agosto, 2019

El perfume del 11 de agosto y una esperanza que renace

Crónica de una jornada donde el optimismo, por una vez en la vida, se quedó corto.

Fernando Toyos

@fertoyos

COMPARTIR AHORA

Los aplausos de las seis de la tarde dejan paso a la ansiedad. Cerramos la mesa y abrimos los sobres. Estamos en una escuela de San Andrés, un barrio de sectores medios en San Martín, distrito que Cambiemos ganó en 2017. Se empiezan a apilar las boletas celestes y amarillas. Se ve que las celestes son más, pero está parejo. Seguimos contando: vino a votar casi el 80% de la mesa. Números más parecidos a una primera vuelta que a una primaria.

Los sobres se van acabando y hacemos las cuentas. Diferencia de siete puntos para el Frente de Todes, mucho corte de boleta a favor de la fórmula presidencial. Mucho corte de boleta para Vidal, del otro lado. La categoría gobernador fue extremadamente pareja: ganó Kicillof por un voto. En el barniz de neutralidad, obligatorio para presidentes de mesa, se me escapó en un festejo de gol. La fiscal del macrismo se quejó pero no hizo nada. Ya estaba derrotada.

Devuelvo la urna, aunque me dijeran que no hacía falta, reclamé un recibo. El celular, que hibernó en mi bolsillo gracias al aluvión de votantes, empezó a arrojar cifras desde las 14 horas. Eran buenas, demasiado buenas para ser verdad. En las conversaciones con amigues y compañeres, mis pronósticos eran de los más optimistas. El optimismo, por una vez en la vida, se quedaría muy corto.

Vuelvo de San Martín para mi casa. Pedaleando desde Colegiales, me cruzo con el búnker de Todes, en el que unos pocos cientos de personas se amontonaban frente a un escenario. Me bajé de la bicicleta, pasando con simpatía por el convite, pero pasando solamente. Mis mejores augurios rondaban los siete puntos porcentuales de ventaja, guarismos acordes para mirarlos por internet con empanadas y vino, que el lunes se labura.

Hasta que vi los números.

Shock. Imposible. El pantallazo que medía en 15 puntos la profundidad de la derrota de Cambiemos parecía -sigue pareciendo- demasiado bueno para ser verdad. Los tres años y medio del primer gobierno del partido orgánico de las clases dominantes -después de las FF.AA.- pueden parecer un mal sueño del que despertamos ayer. No lo fueron, y la paliza cambiaria menos de 12 horas después de la paliza electoral nos advierte que el enemigo está vivo y pelea. Pero aquella noche, aquella noticia, impactaron como un rayo que alumbra la certeza de estar viviendo un momento histórico que, como tantos otros, nadie -o casi nadie- vio venir. Había que festejar. Mientras pedaleaba de vuelta al búnker por el que había pasado, la ansiedad se me deshacía en preguntas. ¿Qué pasará? ¿Cómo llegaremos a octubre? ¿Cómo llegarán ellos? Imposible saberlo, pero flotaba en el aire el perfume de algo que despertó.

La esquina de Corrientes y Dorrego ya no era la misma. La concentración de militantes se había transformado en algo más parecido a una fiesta popular. Mucha más gente, más organizaciones de un espectro más amplio. Caras conocidas por doquier. La efervescencia asemeja un carnaval. A unas cuadras, cruza Corrientes un pibe frenando los autos con la mano. “Vos vas a frenar porque yo estoy celebrando”. Ya en Dorrego, los cuerpos de goma espuma de Zamba y San Martín proponían otro espejismo: volvimos a 2011, a la reelección con el 54% de los votos, la concreción material del “vamos a volver”. Tampoco. No solo porque los dos meses que nos separan de las generales serán muy largos. Tampoco porque el capital trasnacional intentará ganar en las pizarras de cambio lo que no ganaron en las urnas. Al margen de lo anterior, el hecho de que los próximos años van a ser difíciles es una realidad que trasciende la grieta. 

Me encuentro con mis compañeres cerca del escenario. Todos los abrazos parecen uno solo. Mientras tanto, en el escenario pasan los oradores. Kicillof ovacionado y Massa aceptado con recelos y puteadas. Alberto Fernández sale a hablarnos a la plebe de la calle en un gesto populista inesperado. El acto cierra con su discurso y la gente se comienza a disgregar, pero las 12.30 son demasiado temprano para retirarse de una noche semejante. La compañerada seguirá festejando un buen rato más, entre fotos y canciones. 

Finalmente, a las dos de la mañana, el clima de fiesta le cede su lugar a la constatación de que es domingo y, ahora sí, mañana se labura. Recorro nuevamente el trayecto del búnker a mi casa, el escenario está siendo desmontado pero en la esquina varios grupos resisten el sueño. 

Pedaleo de vuelta, tratando de sacar conclusiones de la jornada y poner, aunque sea, uno de los pies en la tierra. Todavía estoy tratando. De fondo escucho los tambores de un pueblo que, redimido de la culpa de haber elegido a sus verdugos, se redescubre en sus fuerzas y renace en su alegría. Alegría que será puesta a prueba en los tiempos por venir. ¿Tiene la avalancha electoral del 11 de agosto una traducción posible a la política, o se desvanecerá su fuerza cuando baje la espuma? Tenemos que estar alertas, que el triunfalismo no nos haga bajar la guardia. De todos modos, ¿quién sabe? La alegría puede ser un sedante que refuerce la ilusión del voto como toda solución.

Pero, ¿y si no es así?

¿Y si esa alegría se resiste a ser, nuevamente, confiscada?

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarlo cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Notas

¿Querés uno de nuestros libros?

Podés conseguirlo a precio promocional haciendo click en la imagen. ¡Escribinos y te contactamos para hacértelo llegar!

Conseguilos