El Mundo

14 agosto, 2019

Los narcotraficantes evangélicos en Brasil

Se trata de un vínculo que es mucho más habitual de lo que se conoce. Iglesias pentecostales y grupos criminales, unidos para atacar y barrer de las barriadas a quienes practican culturas y religiones afro brasileñas.

Nicolás Castelli

@NicoCastelli3

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En los últimos años viene siendo cada vez más habitual un fenómeno particular en barriadas de grandes urbes como Río de Janeiro. Una especie de alianza inquisitorial entre narcos y pentecostales que cometen  ataques y persecuciones contra religiones de origen africano -como la Candomblé (peyorativamente llamada en portugués Macumba) y la Umbanda- con el objetivo de disciplinar a los más pobres. 

Según las estadísticas de la Secretaría de Derechos Humanos de la República, desde el 2011 al 2016 las denuncias de discriminación por motivos religiosos crecieron un 4960%.

El Estado de Río de Janeiro es el segundo menos religioso del país, pero a la vez el que posee la mayor proporción de practicantes de religiones afro brasileñas: un 1,61% de fieles del 0,35% que se declara como tal en todo el territorio, de acuerdo a un censo de la Fundación Getulio Vargas.

La persecución a las religiones africanas, una de las caras del racismo en Brasil

Las ofrendas a la diosa del mar Iemanjá así como las fiestas de fin de año en las playas de Copacabana para saludar a los dioses Orixá, son rituales festivos que se volvieron tradicionales entre los cariocas y que atraen a miles de personas. Costumbres muy propias de la ciudad que tienen su origen en el umbanda y el candomblé.

En 2016, el culto umbanda fue declarado patrimonio cultural inmaterial de la cidade maravilhosa, estatus que también ocupa la bossa nova y las escolas de samba.

Sin embargo, la persecución e intolerancia a las religiones afro brasileñas tiene su historia. Consideradas prácticas de fe subalternas, sus adeptos son por lo general pobres y de raza negra. Como el vudú haitiano, fueron traídas por los esclavos africanos a las colonias americanas y jugaron un papel importante en la conformación de la identidad de esos sectores.

En la actual “guerra santa” que libran los evangélicos con la ayuda del narcotráfico y el paramilitarismo de derecha, la umbanda y candomblé son vistas como religiones “demoníacas” que buscan alejar a las personas de Dios y “son enemigas de Él y de la raza humana”

Los cultos africanos suelen ser una forma que encuentran los más pobres para relacionarse sin mediaciones, de manera horizontal y con cierta autonomía en espacios propios, como los terreiros. Estos son los espacios sagrados donde se desarrollan las ceremonias y blanco de incendios y ataques de esta nueva ola de violencia que padecen.

Luego de la independencia del Brasil, la Iglesia Católica las caracterizó como una evidencia del “atraso” de la cultura africana como así también a sus fieles por no convertirse en “verdaderos católicos”.

En la actual “guerra santa” que libran los evangélicos con la ayuda del narcotráfico y el paramilitarismo de derecha, la umbanda y candomblé son vistas como religiones “demoníacas” que buscan alejar a las personas de Dios y “son enemigas de Él y de la raza humana”, como afirma Edir Macedo, el multimillonario obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios en su libro de 1997 Orixás, caboclos y falsos dioses o demonio.

El poder evangélico

Como señala el investigador y especialista Robert Muggah, esta nueva ola de odio parece coincidir con el incremento del protestantismo evangélico particularmente de las Iglesias Pentecostales y Neopentecostales, como la Asamblea de Dios y la Iglesia Universal del Reino de Dios.

Sus fieles han aumentado un 61% en los últimos 10 años. Cuentan con 600 emisoras de radio, 23 televisiones, 150 editoriales y cientos de discográficas que venden música góspel. Pero no solo son una potencia económica sino también política.

Poseen en la Cámara de Representantes del Congreso 71 diputados (de un total de 513) y media docena de senadores, que son capaces de influir en los demás grupos. Están presentes en 16 de los 25 partidos políticos y poseen tres propios. Se oponen al aborto, a la enseñanza sexual en las escuelas, a los derechos para la colectividad LGTBI y a todo avance en materia de derechos.

Jair Bolsonaro, católico, se hizo evangélico e incluso se rebautizó en las aguas del rio Jordán con la promesa de “teocratizar” el país de la mano de los pastores

El poder de influencia que tienen los lleva a direccionar el voto de sus adeptos por el político que ellos eligen. Por eso muchos candidatos en campaña visitan templos para rendir pleitesía y ganar su favoritismo. Jair Bolsonaro, católico, se hizo evangélico e incluso se rebautizó en las aguas del rio Jordán con la promesa de “teocratizar” el país de la mano de los pastores.

La relación con el narcotráfico

Pero, como marca Muggah, existe una conexión entre favelas, prisiones e Iglesias evangélicas que también explica este fenómeno del narcotráfico evangélico y la limpieza religiosa que llevan adelante.

“La Iglesia Universal y la Iglesia adventista del Séptimo Día, entre otras, promueven programas en las prisiones que abarcan desde tratamientos farmacológicos hasta justicia restaurativa”, relata el investigador. 

Y añade: “Antes estos cultos eran predominantemente católicos. Hoy en día, de las 100 organizaciones de tipo religioso subcontratadas para llevar a cabo programas sociales en las prisiones, 81 son evangélicas”.

Uno de los epicentros donde se ejerce la mayor violencia y persecución a los umbanda y candomblé es Baixada Fluminense, un conjunto de municipios en los suburbios pobres del norte de Río de Janeiro donde existen 253 terreiros.

Este suburbio, administrado por funcionarios corruptos, suele ser una zona liberada para el narcotráfico lo que facilita la persecución religiosa. Por esto mismo, Baixada Fluminense es el lugar donde se registra la mayor tasa de homicidios en la ciudad.

Desde el Estado de Río, frente a esta violencia, crearon la Comisión conjunta de Apoyo a las víctimas de ataques contra las instituciones religiosas. En 2017, la décima marcha anual de Río por la libertad religiosa tuvo una participación récord de 50 mil personas como consecuencia de los ataques a las religiones afro brasileñas. Miles de evangelistas, budistas, judíos, católicos y hare krishnas coparon las playas de Copacabana vestidos de blanco en solidaridad con los umbanda y candomblés.

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