Batalla de Ideas

26 agosto, 2019

Más al centro que nunca

Alberto Fernández se muestra como garante del diálogo social y ya habla con todo el arco empresarial. De la unidad para ganar a la unidad para gobernar.

Federido Dalponte

@fdalponte

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El armado del poskirchnerismo se erigió sobre el corrimiento de Cristina Fernández y en la consecuente recomposición de viejas alianzas; un proceso que incluyó además el emplazamiento de puentes con actores no del todo santos. La proclamada «unidad hasta que duela» no es sólo la suma de voluntades políticas, sino también la alianza con sectores empresariales.

Así, hacia el interior del Frente de Todos conviven corrientes contrapuestas. Por un lado, los sectores más dinámicos, las bases, cuyo paladar detecta lo agrio al instante; y por el otro, cierta conducción política más avezada, que demarca un camino más centrista, menos revulsivo.

Entre tanto, es indudable la pretensión reformista de Alberto Fernández y su diametral oposición al modelo impuesto por Cambiemos. Frente al crecimiento basado en las utilidades empresarias, la propuesta opositora se centra en cambio en una búsqueda del crecimiento traccionado por salarios. Y eso ya es bastante.

Pero esa transición también incluye condimentos refractarios, como el apoyo incisivo de la Unión Industrial Argentina (UIA), diálogo con grupos económicos concentrados y hasta especulaciones del sector financiero.

En ese marco, desde el triunfo de Alberto Fernández en las primarias, varios empresarios poderosos pidieron cita, como Martín Cabrales, Marcos Galperin y Marcelo Mindlin. Otros tantos recordaron viejas amistades, como Roberto Urquía y Hugo Sigman. Y hasta algunos bancos lo invitaron a conferenciar en Nueva York, como el CitiBank de Manhattan. Se terminaron los días tranquilos para el candidato opositor.

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La política argentina tiene un centro conservador y centrífugo que se exhibe en cada campaña, y correrse de esos límites tiene su costo. Proponer una quita de la deuda, el impulso de medidas antimonopólicas o la regulación del precio de la nuez moscada genera zozobra en sectores capaces de arruinar las chances de cualquier político  –o eso parece–.

En cualquier caso, la elección de Alberto Fernández como candidato de la unidad se basaba también en esa capacidad estratégica de dialogar con todos, algo infrecuente en la política, y bastante más para el variopinto universo de las izquierdas. Desdolarizar las tarifas es una decisión que un presidente podría tomar sin conversar antes con el dueño de Pampa Energía. Pero ese no es el estilo de Fernández. No lo fue antes ni lo será ahora.

Obviamente, la semana pasada el evento más sugestivo se dio en el escenario del Grupo Clarín. La relación del ex jefe de Gabinete con su director de relaciones institucionales, Jorge Rendo, data de los primeros años del kirchnerismo, y no se interrumpió ni siquiera después de su salida del gobierno. Lo cual no anticipa concesiones como la fusión de Cablevisión y Multicanal en diciembre de 2007, pero tampoco el estilo combativo que caracterizó al período 2008-2015.

En todo caso, el contexto de reinstauración del «nestorismo» parece venir con muchos de sus repuestos originales: alto endeudamiento, brusca devaluación, desocupación de dos dígitos y buenas migas con el Grupo Clarín. Y el andamiaje, por tanto, es también hoy idéntico al de entonces: más Estado, mayores salarios, pero dentro de los límites del sistema.

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En abril de 2007 el gobierno de Néstor Kirchner habilitó el traspaso de aportes previsionales desde las AFJP hacia el sistema de reparto. Era un camino abierto a largo plazo para vaciar a las entidades privadas, pero basado siempre en la libre opción de los aportantes, en una suerte de guiño al mercado. Un año más tarde, sin embargo, Cristina Kirchner impulsaba la estatización total del sistema.

Se podrá decir que en los dos casos la finalidad era la misma. Pero ambos estilos grafican períodos distintos del proceso político. El respaldo electoral obtenido en octubre de 2007 –45%, a más de 20 puntos del segundo– y en 2011 –54%, a casi 40 del segundo– solidificó la posición del kirchnerismo de cara a cualquier conflicto. Enfrentarse a Hugo Moyano o al Grupo Clarín era impensable en 2003, pero perfectamente posible cinco o diez años después.

Esa lectura, en parte, es la que moldea el discurso de Alberto Fernández. Los frentes externos abiertos son tantos, y tan parecidos al 2003, que las prioridades son las que definen los límites de la política: recuperación salarial, reactivación industrial, renegociación de la deuda y estabilidad cambiaria. Todo charlado, todo negociado, todo con consenso; al menos hasta pasar la crisis.

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