América Latina

30 agosto, 2019

El ocaso de Sergio Moro: de la fama de juez al fracaso como ministro

Desde que asumió al frente del Ministerio de Justicia, su popularidad comenzó a caer a la par que la aceptación del gobierno. A la sombra la condena contra Lula Da Silva, el ex magistrado pierde legitimidad por revelaciones que prueban su parcialidad y la negativa a investigar la corrupción que envuelve a la familia Bolsonaro.

Ana Laura Dagorret*

@anadagorret

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Sergio Moro fue un héroe para muchos brasileros desde el momento en que se determinó a investigar al ex presidente Lula Da Silva. El pico de popularidad se dio cuando logró hacer efectiva su condenación en segunda instancia, momento en que el entonces juez de la 13° vara Criminal Federal de Curitiba alimentó las tapas de las revistas y diarios más leídas de Brasil. ¿Cómo fue el recorrido que lo llevó de ser casi un prócer a ocultarse de la opinión pública que hoy lo condena?.

Lava Jato y persecusión de la izquierda

En el marco de la operación Lava Jato, Moro hace su aparición en el escenario político el 16 de marzo de 2016, cuando divulgó mediante la Red O Globo un conversación entre Dilma Rousseff y Lula acerca de su posible nombramiento como Jefe de Gabinete, lo que le otorgaría fueros y quedaría fuera del alcance de la justicia federal. La maniobra fue un éxito mediático replicado por toda la oposición que ya habían comenzado a movilizarse en 2013 contra el aumento de la gasolina.

A menos de un mes del impeachment a Rousseff, el 20 de septiembre de 2016 Moro aceptó la denuncia del Ministerio Público contra Lula por corrupción pasiva y lavado de dinero. El proceso duró menos de un año. El juez lo declaró culpable por aceptar la reforma de un departamento que la acusación no había podido probar que le pertenecía y, luego de conseguir la condena en segunda instancia, ordenó su prisión el 27 de marzo de 2018, ya lanzada su candidatura a presidente y con una intención de voto de 45%.

En ese contexto, Moro apareció como el único hombre capaz de enfrentar al poder que, según los opositores, había llevado a la ruina al país. Las tapas de las revistas lo retrataban como un superhéroe y era invitado a participar de foros, conferencias y charlas sobre el combate a la corrupción en Brasil y el exterior.

Ya con Lula preso, y con la decisión del Tribunal Superior Electoral de anular su candidatura en base a la Ley de Ficha Limpa, la derecha logró posicionarse con más comodidad para disputar la elección. Si bien la primera opción nunca fue la de apoyar a Jair Bolsonaro, su fama se extendió entre los más férreos defensores del combate a la corrupción por su discurso políticamente incorrecto y sus frases de efecto. “Brasil encima de todo. Dios encima de todos”, fue el eslogan con el que conquistó el 46% de los votos en la primera vuelta y que lo llevaron a disputar la segunda vuelta con quien habría sido el candidato a vice del PT, Fernando Haddad.

Condena por cargo: de juez federal a ministro de Justicia

Bolsonaro invitó a Moro a sumarse a su equipo de gobierno como ministro de Justicia, porque quién mejor que el hombre que había librado a Brasil del fantasma de la corrupción petista para ser el jefe de la Policía Federal. En su lógica, le sumaba credibilidad al gobierno entrante, que antes de asumir ya protagonizaba el primero de muchos escándalos.

El 6 de diciembre de 2018, el Consejo de Control de Actividades Financieras vinculado al Ministerio de Economía reveló que Fabricio Queiroz, ex asesor parlamentario de Flavio Bolsonaro hasta fines de 2018, había realizado movimientos atípicos en su cuenta bancaria por un total de $1,2 millones de reales, entre enero de 2016 y enero de 2017. El análisis de esos movimientos mostraba que asesores del gabinete de Bolsonaro (h) transferían hasta el 90% del salario para la cuenta de Queiroz.

El ex juez del Lava Jato se “privó” de investigar a la familia presidencial.

Como ministro, Moro evitó referirse al caso que envolvía a Flavio Bolsonaro. Las operaciones realizadas no estuvieron a la altura de quienes defendían hasta hacía pocos meses el combate a la corrupción. Tanto Queiroz como el mayor de los hijos del mandatario brasilero fueron citados a declarar ante la Policía Federal en tres oportunidades, pero la convocatoria fue ignorada a cambio de una entrevista de Queiroz en la que argumentaba que el dinero en cuestión era producto de su capacidad para hacer negocios. 

Otro dato que llamó la atención: Giniton Lages, jefe de la Delegacia de Homicidios de Río de Janeiro, fue apartado de la investigación sobre el asesinato de la concejala de Río, Marielle Franco, y su chofer, Anderson Gomes, luego de efectuar las prisiones de Ronnie Lessa y Elsio Vieira de Queiroz, sospechosos de ser los autores materiales de las ejecuciones y con probados vínculos con el clan presidencial, tema del que Moro también se privó de hablar. 

Vaza Jato prueba las motivaciones políticas de Lava Jato

Las pruebas concretas de la motivación política de Moro a la hora de juzgar al único candidato que representaba peligro para la continuidad del golpe, aparecieron con los reportajes de The Intercept denominados Vaza Jato, un archivo de más de 500 mil páginas de audios, chats y videos obtenidos de los celulares de Moro y los fiscales de la operación Lava Jato, donde se confirmó la parcialidad del entonces juez en el proceso contra Lula y los atropellos jurídicos que la defensa del expresidente venía denunciando. Un escándalo que puso de manifiesto la farsa jurídica montada para manipular la elección, la continuidad de una operación política iniciada en 2014 con Aécio Neves y concretada con la asunción de Michel Temer como presidente, luego de la salida definitiva de Dilma en agosto de 2016.

Si bien Moro se puso a disposición para responder preguntas en el Senado y en la Cámara de Diputados, donde afirmó una y otra vez que no reconocía la autenticidad de los mensajes obtenidos por hackers criminales, las revelaciones semanales lo dejaron más expuesto y optó por llamarse al silencio. Además de ser cuestionado por su nulo accionar en relación al caso Queiroz y por su parcialidad cuando era juez, empezó a aparecer silencioso y con poco protagonismo dentro del gobierno que había ayudado a elegir. 

Ruptura con Bolsonaro y una salida inminente

En uno de los últimos intentos de mostrarse independiente a la figura del presidente, Moro solicitó al Supremo Tribunal Federal la revisión de la decisión que restringía el acceso a datos de la COAF al Ministerio Público y la Policía Federal. Fue justamente antes de esa medida que se supo de los negocios de la familia presidencial, lo que desencadenó la investigación de la PF acerca del origen de ese dinero. La jugada irritó a Bolsonaro, quien llegó a decirle que si no iría a ayudar entonces que no moleste, y terminó por enfriar la relación.

Sergio Moro inició hace nueve meses la deconstrucción de su figura. La aceptación del cargo de ministro de Justicia adelantó el desgaste provocado por las revelaciones sobre las motivaciones de fiscales y el juez para encarcelar a Lula e impedir su candidatura. La fama de héroe construida por el aparato mediático, y adoptada por la derecha, se diluyó tan pronto aceptó el cargo ofrecido por el presidente. La verdadera intención de Moro siempre fue ser nombrado ministro del Supremo Tribunal Federal, algo que ante la ruptura con Bolsonaro parece alejarse cada vez más.

La caída de su popularidad, acompañada por el creciente rechazo hacia la gestión de Bolsonaro, le pintan un panorama muy diferente al de la época en la que las tapas de revistas lo retrataban con capa y lo llamaban héroe. El ocaso lo muestra ya como un juez parcial que actuó como cabo electoral para manipular la elección, lo cual quedará cada vez más claro a medida que el proyecto liberal del gobierno pueda ser ejecutado.

* Desde Río de Janeiro

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