El Mundo

6 septiembre, 2019

El sadismo y la crueldad en una democracia que sufre

Jair Bolsonaro revindicó la dictadura de Pinochet en Chile y la tortura contra el padre de la ex presidenta Michelle Bachelet. Por esos dichos se presentará una denuncia por apología a la tortura ante la ONU, donde nunca antes un presidente democráticamente electo había sido denunciado.

El presidente brasileño Jair Bolsonaro habla durante una ceremonia en Brasilia, el jueves 1 de agosto de 2019. (AP Foto/Eraldo Peres)

Ana Laura Dagorret

@anadagorret

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En una de las declaraciones más nefastas desde que asumió su mandato, el jefe de Estado de Brasil, Jair Bolsonaro, elogió la tortura y muerte del padre de Michelle Bachelet por parte de la dictadura chilena: “Si no fuera que la gente de Pinochet derrotó a la izquierda en Chile, entre ellos su padre, Chile sería hoy una Cuba”. 

El ataque fue en respuesta a las declaraciones de la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, quien en una entrevista declaró que “el espacio democrático en Brasil se está achicando, la violencia policial aumenta y la apología a la dictadura refuerza la impunidad de quienes violan sistemáticamente los derechos humanos”. 

Los datos la acompañan. Sólo en las ciudades de San Pablo y Río de Janeiro, en lo que va del 2019 la policía se cobró la vida de más de 1300 personas, 14% más que en 2018. Sin embargo, para Bolsonaro las declaraciones buscaron “entrometerse en los asuntos internos y de soberanía brasileña, atacando Brasil con la agenda de derechos humanos de bandidos y atacando nuestros valores policiales civiles y militares”, según publicó en su cuenta de Facebook.

El ataque contra la ex presidenta chilena es uno más que se suma a la interminable lista de declaraciones a favor de las dictaduras que tuvieron lugar a lo largo de toda su carrera política, en la que además ha sabido atacar a la comunidad LGBTI, afrodescendientes, militantes por los derechos humanos y demás colectivos de minorías organizadas. 

La admiración expresada por Bolsonaro a los regímenes autoritarios que mataron y desaparecieron personas durante los años 70 y 80 en América Latina va más allá de la cuestión ideológica. Ya en sus años de diputado federal utilizaba la tribuna para homenajear militares, como lo hizo durante el impeachment a Dilma Rouseff al recordar a Carlos Alberto Brilhante Ustra, uno de los torturadores de la ex mandatria durante su prisión y el primer militar condenado en Brasil. Recientemente volvió a mencionarlo y lo llamó de “héroe nacional” al afirmar que “evitó que Brasil cayera en eso que la izquierda quiere hoy en día”.

Que el objeto de admiración del presidente sea un sujeto tan repugnante como Ustra demuestra que en Bolsonaro se aloja la peor cara del ser humano, la del sadismo y la crueldad de quienes disfrutan ante el dolor ajeno. Sólo así se puede entender que el ataque a Bachelet se haya enfocado en la pérdida de su padre, que falleció en 1974 por los tormentos propiciados por sus camaradas de armas.

Tampoco es casualidad que los ataques más brutales hayan sido dirigidos a mujeres, a las que considera débiles y siempre agrede desde lo personal. Brigitte Macron, esposa del presidente de Francia, fue humillada por ser una mujer de más de 60 casada con un hombre de 40, algo impensado para Bolsonaro, cuya esposa es 27 años menor que él y es la tercera. Anteriormente, en 2014, también hizo alarde de su crueldad al decirle a la diputada del Partido de los Trabajadores, Maria do Rosario, que no la violaría porque “no se lo merece”.

Esa violencia aparece también al referirse a la comunidad LGBTI, para quienes no escatima insultos y a quienes desconoce como víctimas de la intolerancia presente incluso antes de su llegada a la presidencia. En el 2018 Brasil ya lideraba el ranking de los países que más matan personas LGBT en el mundo, lo cual para el actual presidente no es más que una noticia falsa. Desde su banca en el Congreso afirmó ser “homofóbico orgulloso” y declaró que preferiría que un hijo suyo muera “antes de verlo con un bigotudo por ahí”. 

Luego de ser electo presidente, celebró en redes sociales la decisión del diputado Jean Wyllys de no asumir su mandato por recibir diariamente amenazas de muerte por su condición de homosexual. Cuando el Supremo Tribunal Federal pasó a considerar la homofobia como un crimen, criticó la determinación y declaró que la consideraba “equivocada” porque “profundiza la lucha de clases”. Argumentó que el dueño de una empresa iría a pensar dos veces antes de contratar un homosexual porque podría ser procesado por hacer un chiste. 

Esta postura irresponsable y discriminatoria adoptada por parte de un presidente elegido mediante el voto popular no puede pasar inadvertida. No sólo por atacar en lo personal a quienes se presentan como adversarios y por huir del debate político con insultos y descalificaciones a quien lo contradice, sino principalmente porque tiende a reducir los espacios de circulación de ideas, utilizando la violencia y la persecución como política de Estado. 

La liviandad con la que esas ideas van encontrando espacios de legitimidad funciona como una justificación ante el exterminio de minorías históricamente violentadas. Así se puede ver en las escenas que muestran a un joven negro siendo torturado y amenazado de muerte por guardias de seguridad de un supermercado en San Pablo.

Tanto por acción u omisión, la impunidad que le otorga el Estado a los violentos está alcanzando niveles preocupantes.

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