El Mundo

10 septiembre, 2019

De la conciencia no se vuelve

Me salí de la ocupación por dos días como quien pone una película en pausa, sigue con su vida, y cuando le dan ganas de volver la vuelve a poner. Porque yo soy internacional y me puedo dar este gusto. De escaparme, de descansar de esa ocupación que allá se siente en cada fibra del cuerpo, en casa paso, en casa respiro.

Atardecer en Cisjordania

Eliana Pérez*

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Este va a ser un texto subjetivo y completamente emocional. Si. No habrá estadísticas ni será factual como dicen que deben ser los artículos para describir un conflicto sin posicionarse. No habrá fuentes ni otros artículos citados para justificar lo que escribo, en el fondo, desde mi emocionalidad. Y mientras tanto me pregunto si en este contexto humanitario en verdad existen los escritos neutrales y objetivos.

En fin, es mi día off y escribo lo que quiero. Aunque hoy me prometí no escribir, no al menos sobre esto. Me prometí desconectarme. Hasta me salí de la ocupación por dos días como quien pone una película en pausa, sigue con su vida, y cuando le dan ganas de volver a pensar en ese tema la vuelve a poner. Como cuando miraba los documentales en casa, antes de venir.

Porque yo soy internacional y me puedo dar este tremendo gusto de salirme de la ocupación. De escaparme, de descansar de esa ocupación que allá se siente en cada fibra del cuerpo, en casa paso, en casa respiro. De descansar después de un intenso mes de ocupación. ¡Un mes! Qué absurdo suena sabiendo que mi compañero y guía en esta “vida de tres meses” lleva 17 años imparables de activismo. 17 años sin descanso. Y 50, su vida entera, de sufrir la ocupación.

Me salí de la ocupación y para eso tuve que salirme de Palestina, claro. Lo que significa venirme a Israel considerando que no puedo ir a ningún otro lado segura de que me dejaran volver a entrar (el ejército y por tanto todo el gobierno israelí ya tiene mi foto, pasaporte y seguro hasta la comida favorita de mi sobrino, en sus bases de datos, en su lista negra de activistas por los derechos humanos palestinos, o como le llaman ellos: antisemitas).

Y como amo la playa , el sonido del mar y la arena, y nada me relaja más que leer un libro, me vine a Tel Aviv. A Jaffa donde alguien me contó que había un barrio hermoso y la playa no está “tan sucia con toda la contaminación y la mugre que viene de Gaza”. Dicen “de Gaza” como si fuera de otro planeta y no ese pedazo de Palestina que están destrozando y que, según dicen algunos artículos de Naciones Unidas que no voy a citar porque hoy prometí no escribir ese tipo de artículos, será inhabitable en 2020. Ese pedazo de Palestina que a muy pocos kilómetros de acá está sufriendo. Que mira el mar con miedo porque de ahí vienen las bombas y los tiros. Ese mar, el Mediterráneo, el mismo que estoy mirando yo en este momento. El mismo que me regala este atardecer maravilloso a mi, a una internacional más en este lugar turístico, a una más de este montón de privilegiados que simplemente vinimos a pasar un día en la playa, sin pensar en nada.

Atardecer en Jaffa, Israel

Después de tres horas muy cómoda tomando mates y leyendo mi libro en la reposera, empieza a caer el sol y decido salir a caminar por la playa. En el preciso momento en que salgo de mi burbuja y miro hacia el mar, pensando en que no quiero pensar, tratando de sacar de mi cabeza esa conciencia irritante que no me deja descansar, en ese momento veo una mujer sentada en la orilla con el agua cubriéndole un poco las piernas, rodeada de dos niños y un hombre. Esa mujer estaba en el agua vestida y con su cabeza tapada. Esa mujer eran claramente musulmana. Tal vez Palestina, de los de 1948 como decís vos, los de antes de Oslo. Los que pueden estar. O tal vez de algún otro país, nunca lo sabré. Y en ese momento no lo pude evitar: el nudo en la garganta, la bronca, la impotencia. Fue inevitable pensar en vos, que una semana atrás me habías dicho como te dolía no poder ver el mar. Me habías hecho el chiste de que lo más cercano al mar que veían tus hijos era un tanque de agua (y son unos privilegiados). ¿Por qué vos no podes ver este atardecer? ¿Por qué tus hijos no pueden saltar estas olas?

Como desearía trasladarte a este instante. Traerte un rato a sentir el olorcito del mar, ver este sol caer.

Este mar increíble en el que me metí otras veces en otros países y solo podía tener pensamientos hermosos, hoy me duele. Siento ganas de llorar y lloro. Lloro observando a mi alrededor cómo viven este día las personas que me rodean. La pareja que me indicó donde pagar la reposera, que no tengo idea de donde eran. El chico, probablemente israelí que me vino a pedir el ticket de pago de la repostera. El grupito de vaya a saber qué país (no logre identificar el idioma) que estaban tirados en la manta de al lado. Los que jugaban al frisby, los de la pelota y los de las paletas. Los guardavidas que le hablan a la gente desde una casilla por un altoparlante. Los surfistas que no les hacen caso a los guardavidas, y los fotógrafos que les toman fotos a los surfistas.

Hay un mantón de personas con cámaras profesionales sacando fotos al atardecer. Y me pregunto, ¿qué piensan? ¿Qué ven? ¿Qué ven cuando miran a su alrededor?

Mientras escribo y miro el atardecer siento una angustia inexplicable. ¿Por qué este que era tu mar hoy es tan inalcanzable? ¿Cuántas personas como vos tienen que estar acá y no están? Y tal vez nunca vuelvan a estar, aunque vos siempre me decís que tenes esperanzas y la ocupación algún día va a terminar.

Miro este sol redondo y una pareja caminando de la mano, ella embarazada con una panza gigante, y pienso en tu hija y lo lindo que sería que no tenga que irse de Palestina para poder criar hijos libres.

Veo la cantidad de familias sacándose fotos con el atardecer y pienso que linda se vería la familia de Murad ahí, o la del intendente de Bruquin. Pienso en los beduinos, los niños de la escuela. Rasheed y Wafa. Hala y los Yanounis. Desearía tanto que puedan ver esto, que es suyo.

¿Acaso alguien alrededor mío piensa un segundo en esto? Mientras escribo pasa un helicóptero por el cielo. Y otro. Y otro. ¿Le habrá llamado la atención al resto como a mi? ¿Se preguntan, las personas que viven acá, que está pasando en este mismo momento del otro lado del muro?

El mismo atardecer, el mismo sol que todos los días veo caer en Yanoun desde hace un mes, hoy se ve así: increíblemente hermoso. Tal vez uno de los atardeceres más hermosos que vi, pero sin dudas el más triste. este atardecer no va a quedar en mi memoria por lo hermoso: quedará por todas esas personas, los palestinos, que no pueden verlo.

* Desde Palestina

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