Batalla de Ideas

10 septiembre, 2019

La revolución feminista en Burkina Faso

Entre 1983 y 1987 se vivió en el país africano un proceso revolucionario tan breve como intenso y desconocido liderado por Thomas Sankara. Entre sus facetas más destacadas aparece el rol de las mujeres.

Santiago Mayor

@SantiMayor

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“Camaradas, no habrá revolución social verdadera hasta que la mujer se libere. Que mis ojos no tengan que ver nunca una sociedad donde se mantiene en silencio a la mitad del pueblo”

Thomas Sankara, 8 de marzo de 1987

La revolución burkinabé tuvo como hito fundante el golpe de Estado del 4 de agosto de 1983, encabezado por el capitán Thomas Sankara y un grupo de suboficiales, entrenados militarmente por Francia pero de ideas izquierdistas e influenciados por los procesos de descolonización del continente y, sobre todo, por la Revolución Cubana.

La llegada al poder de esta generación de militares transformó radicalmente la sociedad. Por empezar, cambiando el nombre del país que pasó de Alto Volta (denominación colonial francesa en alusión a un río) a Burkina Faso, cuyo significado es “país de los hombres íntegros”.

Sin embargo lo más destacable de la revolución liderada por “el Che africano” es que se asentó en cuatro pilares fundamentales: el no pago de la deuda externa, el desarrollo de la economía nacional para garantizar el autoabastecimiento, la defensa del medio ambiente y, tal vez el más llamativo para el contexto socio-histórico, un impulso profundo a la participación de las mujeres como sujeto social fundamental.

“No es corriente que un hombre se dirija a tantas mujeres a la vez. Tampoco lo es que un hombre sugiera a tantas mujeres a la vez las batallas que hay que lidiar”. Con esas palabras comenzó Sankara su discurso del 8 de marzo de 1987, meses antes de ser traicionado y asesinado.

Las definiciones planteadas ese día no fueron un hecho aislado del proceso político que cambió la historia del pequeño país mediterráneo de África Occidental.

La leyenda de la princesa Yennenga

Uno de los íconos de la lucha por la emancipación de la mujer en Burkina Faso se remonta a una leyenda del siglo XI. Por aquellos años nació Poko, la hija del rey Dagomba, en Gambaga, una ciudad al norte de la actual Ghana.

La joven, rompiendo con el mandato social otorgado a las mujeres -incluso las nobles- se convirtió en una guerrera que comandaba la caballería de su padre.

Hay distintas versiones sobre el momento de quiebre que la convirtió en mito. Algunas afirman que, al momento de casarse, su padre rechazaba a todos los aspirantes; otras sostienen que la quiso unir en matrimonio con un hombre que ella no amaba.

En cualquier caso, el hecho fundante es que Poko, entonces ya conocida como Yennenga -“la flaca”, debido a su cuerpo estilizado- se subió a un caballo y escapó del reino.

Tras mucho cabalgar, terminó en un refugio de cazadores. Allí conoció a Rialé que también era un príncipe que había escapado. Juntos tuvieron un hijo al que bautizaron Ouedraogo, el mismo nombre del caballo de la princesa y que significa “semental”.

Unos años después, Yennenga envió a su hijo a conocer al abuelo que al tener nuevamente noticias de ella, la perdonó por escapar y le otorgó junto a Rialé un ejército de caballeros para que funden su propio reino: Mossi (“muchos hombres”).

El pueblo Mossi, cuyo principal asentamiento estaba en Uagadugú -actual capital de Burkina Faso- resistió durante siglos hasta la llegada de los colonizadores franceses en 1896.

La revolución con las mujeres

En 1984, tan solo unos meses después de la revolución, ya había tres ministras en el gabinete de Sankara: Adele Ouedraogo (Economía), Rita Sawadogo (Deporte) y Josephine Ouedraogo (Desarrollo de la mujer y solidaridad familiar). En 1987, al momento de ser derrocado, eran cinco: Josephine Ouedraogo que se mantenía en el cargo, Bernadette Sanon (Cultura y Educación), Azara Bamaba (Sanidad), Beatrice Damiba (Medio Ambiente) y Adele Ouedraogo que había pasado a la cartera de Balance y Programación.

Pero más allá de los cargos, la revolución impulsó una serie de leyes y transformaciones estructurales que apuntaron directamente a la emancipación de la mujer.

Con Josephine Ouedraogo a la cabeza, se prohibió la mutilación genital femenina -práctica tradicional en gran parte de África- que abarcaba, en 1980, al 70% de las mujeres. Se realizaron campañas de concientización que apuntaron también contra la poligamia (un derecho exclusivo de los varones), la prostitución y los matrimonios forzosos.

“Entre la que vende su cuerpo prostituyéndolo y la que se vende en el matrimonio, la única diferencia consiste en el precio y la duración del contrato”, sostuvo Sankara en su discurso del 8 de marzo de 1987. Además apuntó que el matrimonio, “si no aporta nada a la sociedad y no las hace felices, no es indispensable, e incluso se debe evitar”. Por eso aseguró que el objetivo era “lograr que el matrimonio sea una opción enriquecedora, y no esa lotería de la que se sabe lo que se gasta al principio, pero no lo que se va a ganar”.

El nuevo gobierno declaró legal el divorcio y permitió a la mujer obtenerlo sin el consentimiento del marido. Además las viudas se constituyeron en legítimas herederas con iguales derechos que hijos e hijas, legítimas o naturales, así como también se garantizó el derecho a obtener créditos y acceder a ser dueñas de la tierra.

Un punto destacable fue la creación de un fondo para las amas de casa sin un trabajo formal que consistía en otorgarles entre un tercio y la mitad del salario de su marido para así comenzar a garantizar una relativa independencia económica y reconocer al trabajo doméstico como tal. De todas formas esta medida fue muy difícil de aplicar debido al rechazo de los hombres.

Entre las políticas públicas concretas también se desarrolló un amplio proyecto de instalación de molinos ya que, de acuerdo a la tradición, en las aldeas eran las mujeres las responsables de buscar el agua, muchas veces a decenas de kilómetros de distancia. Esto les ocupaba gran parte del día, impidiendoles acceder a la escuela o al trabajo.

Asimismo se constituyó la Unión de las Mujeres de Burkina (UFB, por sus siglas en francés) como herramienta de organización y movilización de los sectores más activos.

Sujetas de la revolución

Desde el primer día la revolución bukinabé tuvo presentes a las mujeres. Y fue así por una necesidad del propio proceso, entendiendo que la liberación debía incluir a todos y todas.

Como el propio Sankara señaló en su Discurso de orientación política del 2 de octubre de 1983 -apenas dos meses después de la toma del gobierno- “hablar de la emancipación de la mujer no es un acto de caridad o un arranque de humanismo. Es un requisito fundamental para el triunfo de la revolución. Las mujeres sostienen la otra mitad del cielo”.

No obstante, tampoco apuntaba a sustituir con el liderazgo del Consejo Nacional Revolucionario (órgano máximo del proceso) una lucha que debía ser impulsada por las propias mujeres. “La emancipación de la mujer no significa adquirir hábitos reconocidos al hombre: beber, fumar, llevar pantalones (…) Tampoco es la adquisición de diplomas lo que va a tornar a la mujer igual al hombre o más emancipada”, dijo.

“La emancipación, como la libertad, no se otorga, se conquista. Atañe a las mujeres mismas impulsar sus reivindicaciones y movilizarse para conquistarlas”, completó.

Tres años y medio después, Sankara seguiría haciendo énfasis en este aspecto. “Poco a poco, las mujeres de Burkina ocupan espacios y se imponen, haciendo retroceder las ideas falocráticas y retrógradas de los hombres”, subrayó. Pero también advirtió los problemas y trabas que imponía una sociedad tradicionalista y machista: “La estupidez masculina se llama sexismo o machismo” y son “formas de indigencia intelectual y moral”.

Asamblea de un Comité de Defensa de la Revolución en Uagadugú. 1985

En esa línea, el 22 de septiembre de 1984 se celebró por primera vez el “Día de los maridos en marcha” (Maris au marché) como forma de concientización cultural. Los hombres debían ir al mercado, hacer las compras y preparar la comida, para poder asimilar la importancia del trabajo doméstico. Asimismo se estableció la “Semana nacional de la mujer”, del 8 al 15 de Marzo, donde se realizaban distintas actividades políticas y culturales.

Damata Ganou, coordinadora de un Comité de Defensa de la Revolución (CDR) e integrante de la UFB explicó en una entrevista reciente que “al principio había más hombres que mujeres en las asambleas generales” de los CDR y aquellos “decían a las mujeres que si iban a la reunión se encontrarían con la maleta en la puerta al volver a casa. Era un combate”. “Pero poco a poco fuimos avanzando. Al final veías como las mujeres se habían rebelado. Querían tomar el poder”, destacó.

Es que “no sólo el pueblo burkinés estaba explotado, con el imperialismo”, apuntó Ganou, sino que las mujeres lo estaban “doblemente”. “Teníamos que combatir a los maridos feudales y a todo lo que era retrógrado”, historizó.

La derrota de la revolución tras el asesinato de Sankara en octubre de 1987 supuso un duro retroceso en todos los planos. La dictadura de Blaise Campaoré -que gobernó hasta 2014- arrasó con las conquistas de las mujeres.

“Ahora todo es como antes de la revolución. El poder es de los hombres. En los tiempos de Sankara, las mujeres constituíamos una fuerza: si decidíamos algo, se aplicaba”, aseguró Ganou.

Sin embargo aún hoy retumban las palabras del dirigente que soñó y construyó una sociedad diferente: “Oigo el estruendo de este silencio de las mujeres, presiento el fragor de su borrasca, siento la furia de su rebelión. Tengo esperanza en la irrupción fecunda de la revolución, a la que ellas aportarán la fuerza y la rigurosa justicia salidas de sus entrañas de oprimidas. Compañeras, adelante por la conquista del futuro. El futuro es revolucionario”. 

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