Batalla de Ideas

20 septiembre, 2019

Nuestras revoluciones, nuestras luchas

Compartimos el prólogo del sociólogo Martín Ogando a la edición en español de “Una estrella roja sobre el Tercer Mundo”, el libro del intelectual marxista indio Vijay Prashad sobre la influencia de la Revolución Rusa en los países de la periferia capitalista.

Martín Ogando

@MartinOgando

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La Revolución de Octubre brilló sobre los cinco continentes, despertando a millones de personas oprimidas y explotadas alrededor del mundo. Nunca ha existido una revolución semejante en la historia de la humanidad 

HồChí Minh

La Revolución Rusa desgarró la trama del tiempo 

Vijay Prashad

¿Por qué seguir publicando en pleno siglo XXI libros sobre la Revolución Rusa? ¿Por qué indagar sobre su impacto en el Tercer Mundo a través de la obra de un marxista oriundo de Calcuta? Las posibles respuestas son múltiples. Desde el campo estrictamente académico, la labor historiográfica sigue produciendo hallazgos y nuevas interpretaciones de la Revolución Rusa hasta el día de hoy. Su impacto en el otrora llamado Tercer Mundo es todavía terreno abierto a la exploración y, en estas latitudes, es poco lo publicado por fuera de las experiencias estrictamente latinoamericanas y caribeñas. En Argentina, en particular, ignoramos casi por completo el impacto soviético sobre Asia y África.

En nuestro caso, el lugar central lo ocupa una motivación política, militante. Al publicar Una estrella roja sobre el Tercer Mundo de Vijay Prashad nos guía la convicción de que sin producción de pensamiento crítico, sin aprendizaje histórico y teoría emancipatoria no hay práctica revolucionaria posible. Nos orienta el objetivo de aportar a la formación política y el debate de una nueva generación de militantes populares. Ese esfuerzo se pretende creativo, heterodoxo, activo y abierto a nutrirse de las múltiples experiencias que el movimiento popular ha desplegado a lo largo de su historia en diversas latitudes. La Revolución Rusa y el posterior auge del movimiento comunista internacional es una de ellas, sin lugar a dudas. 

Esta tarea suele enfrentar la doble trampa del “teoricismo” y el “practicismo”. En una fracción significativa de nuestra izquierda, el vicio enciclopedista y el culto a los textos sagrados han hecho estragos. Durante décadas y, en algunos casos hasta el día de hoy, se pretendió ajustar la realidad a los esquemas teóricos preconcebidos y dictar sentencia sobre los procesos sociales concretos desde el pedestal de la “verdadera” teoría marxista y el Olimpo de lxs “verdaderxs” revolucionarixs. Por lo general, aunque hay excepciones, la inserción social de estos especialistas en revoluciones es baja y su capacidad de empalmar con las luchas reales de nuestro pueblo es nula. Es difícil pensar el cambio revolucionario desde estos esquemas dogmáticos y escolásticos que dejan a un lado el único criterio de validación posible para una filosofía de la praxis: la unidad entre teoría y práctica, la capacidad de una idea para convertirse en argamasa de una fuerza social, en factor actuante en la lucha de las clases subalternas contra la explotación y la opresión. 

En parte en respuesta a estas concepciones y a su profunda crisis luego del dislocamiento de los “socialismos reales”, una porción significativa de las nuevas generaciones forjó un rechazo genuino a los dogmas y modelos del pasado. De ese rechazo, surgió una fuerte reivindicación de la creatividad popular en los procesos de transformación, un renovado esfuerzo por fortalecer el trabajo de base y una fuerte pulsión democrática y autónoma, hostil a la dinámica verticalista de las vanguardias autoproclamadas. Este giro fue apuntalado también por una crítica a un pensamiento socialista que se percibió como excesivamente racionalista y eurocentrado. No todo fue rechazo. De hecho, se produjo un enriquecimiento teórico del pensamiento emancipatorio a partir del fuerte influjo del feminismo, la teoría queer y los estudios decoloniales, para nombrar solo a los aportes más significativos. 

Sin embargo, sobre todo en ciertos ámbitos del movimiento popular, el rechazo al dogma se ha confundido con la subestimación de cualquier labor teórica y la sana desconfianza frente a los modelos ha derivado en un desinterés por el estudio de los procesos políticos y las tradiciones de izquierda que nos antecedieron. Bajo el paraguas salvador del “inventamos o erramos”, muchas veces se pierde de vista que la crisis de la izquierda y la ruptura de nuestra memoria histórica constituye una de nuestras derrotas políticas más significativas. Se olvida en la práctica, aunque se la cite hasta el hartazgo, esa lúcida y recordada intervención de Rodolfo Walsh: 

Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. 

Estas dificultades se ven agravadas hoy en el vértigo comunicativo de una sociedad donde la velocidad y el volumen de la información circulante nos sumergen muchas veces en la desinformación y la confusión. Una sociedad en la cual parar la pelota, pensar, reflexionar unos minutos al día parece ser un gesto de pereza o diletantismo intelectual. 

Cuando nos oponemos a la dogmática pretensión intelectual de conocer y transformar la realidad al margen o “por arriba” de la experiencia concreta de nuestro pueblo, damos un paso adelante. Cuando nos sumergimos en el practicismo anti teórico, que de manera simétricamente pedante subestima la lectura, el esfuerzo conceptual y el conocimiento de nuestras luchas del pasado, terminamos dando dos pasos atrás. Flaco favor nos hacemos en el movimiento popular cuando estigmatizamos estas tareas como si fueran inútiles lujos académicos y las contraponemos al necesario trabajo de base. Efectivamente, la labor teórica separada del compromiso con el movimiento real encuentra férreas limitaciones. Pero la esforzada labor militante que se niega a sí misma –y por lo tanto, al conjunto del movimiento popular en el cual interviene– el estudio y la elaboración teórica deja en manos del enemigo de clase el monopolio de esas tareas. 

Esta enorme contradicción es por demás evidente y descarnada cuando de lo que se trata es del estudio de nuestras propias luchas y tradiciones históricas. El practicismo suele argumentar que las respuestas a los problemas de nuestro tiempo no deben buscarse en los libros, sino que emergen de las prácticas y aprendizajes cotidianos de las clases trabajadoras y populares, que es de allí de donde surge el conocimiento y no de manuales y cabezas iluminadas. Esta es una verdad a medias y, por lo tanto, una peligrosa mentira. Efectivamente, no hay “manual” más valioso que la experiencia que hacen las clases subalternas en sus procesos de lucha por la liberación. Sin embargo, la experiencia directa de cada protagonista individual o colectivo es siempre demasiado limitada frente a la extraordinaria capacidad reproductiva y adaptativa del orden social capitalista. 

No hay vida biológica capaz de capturar los aprendizajes necesarios para la emancipación. Pero esas experiencias y conclusiones están muchas veces ahí, al alcance de nuestra mano o de nuestro oído, y es posible luchar para que estén al alcance del conjunto. Son libros, relatos, documentos históricos, síntesis conceptuales, obras de arte o anécdotas de viejos militantes. Lo que hoy para nosotrxs es un documento escrito, condensa de las más variadas formas la experiencia pretérita de nuestra clase; es decir, nuestra propia experiencia. Es la única máquina del tiempo (y del espacio) que conocemos hasta ahora y es un artefacto que las clases dominantes utilizan a la perfección, pues cuentan con las instituciones en las que esa experiencia histórica se condensa, empezando por el propio Estado capitalista. Solo así podemos trasladarnos desde La Habana de 1959 a la París de 1871 pasando por la Bakú de 1920. Solo así es posible reconstruir en términos tanto ideales como materiales los instrumentos necesarios para trascender la barbarie capitalista y soñar con otro mundo mejor y posible. 

No pensamos que en esas constelaciones se encuentren todas las respuestas a las preguntas del presente y el futuro. Sí que hay aprendizajes valiosos, voces que aún nos hablan y piedras con las que no es necesario volver a tropezar. Tal vez no estén todas las respuestas, pero sí la posibilidad de enunciar mejores preguntas. Sin duda, en esas múltiples condensaciones de nuestras experiencias pasadas hay claves interpretativas, reflexiones y sugerencias para nuestras luchas por venir. Si esos mensajes provienen, además, de la mayor revolución de nuestro tiempo, tal vez conviene prestarle alguna atención. 

La gran revelación

La Revolución Rusa fue el hecho político más importante del siglo XX. Como señala Álvaro García Linera, su impacto fue similar al de “una revelación religiosa entre los creyentes, a saber, el capitalismo era finito y podía ser sustituido por otra sociedad mejor”. La Rusia soviética era “ese punto arquimediano con el que los revolucionarios se sentían capaces de cambiar el curso de la historia mundial”. 

Bajo la influencia del Octubre Rojo la idea de que el socialismo era un horizonte posible involucró a millones de seres humanos. Luego de la segunda posguerra, un tercio de la humanidad habitaba en Estados-nación que reivindicaban, bajo distintas modalidades, una organización social identificada con el socialismo. Variantes revolucionarias o reformistas del socialismo organizaron movimientos de masas y llegaron al gobierno en los cinco continentes. Por supuesto que bajo la palabra socialismo se agruparon las más diversas experiencias y se desarrollaron las más agrias controversias. Por momentos, ideología de Estado, habilitante de una (y única) manera de comprender la superación del capitalismo. Por momentos, ensayo polifónico plagado de adjetivos (socialismo nacional, socialismo árabe, socialismo democrático, nuevo socialismo), el socialismo fue un término tan central como escurridizo. Más aún, lo que a finales de siglo XX era identificado como un “país socialista” por la mayor parte de la humanidad, seguramente estaba lejos de los proyectos iniciales, tanto de los fundadores del “socialismo científico, como de los protagonistas de la primera revolución anticapitalista triunfante. La caída en desgracia del término va de la mano del derrumbe de esas formaciones sociales entre 1989-1991. 

Como sea, el mundo que conocemos es inseparable de la existencia de la Revolución Rusa y su impacto mundial. El keynesianismo y el Estado de bienestar, los procesos de descolonización y la geopolítica toda del siglo XX no hubieran existido o se habrían desarrollado de manera bien distinta sin el influjo soviético. Hasta el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazismo, son inseparables de la existencia de la URSS. Una parte importante del arte y la cultura contemporáneas serían irreproducibles sin aquel impacto. 

Tan importante ha sido su presencia como su posterior ausencia. La caída en desgracia de un proyecto alternativo de civilización es una de las conquistas más significativas del mundo capitalista. Si bien no hubo fin de la historia y la lucha de los pueblos recomenzó una y otra vez aquí y allá, produciendo nuevos y creativos procesos emancipatorios como los que vivimos en la primera década del siglo XXI en Nuestra América, la inexistencia de alternativas reales sigue siendo un talón de Aquiles de nuestras prácticas políticas. Por eso, es imprescindible estudiar y reivindicar la Revolución Rusa. No como modelo para la actualidad, sino como aprendizaje histórico y como expresión cabal de la potencia avasalladora que las masas populares tienen cuando se ponen en movimiento detrás de objetivos liberadores. También como reflexión sobre las capacidades de reabsorción que el capitalismo muestra sobre todas las experiencias plebeyas y contestatarias, aún sobre las más impresionantes y en apariencia monolíticas. Rusia fue la realidad concreta y vital de millones de seres humanos, con esperanzas, glorias, dramas y tragedias, pero fue también el mito movilizador de una revolución posible. Mito fundante de una nueva sociedad, mito que es necesario recrear.

Tan lejos, tan cerca

Marx no es eurocéntrico. Simplemente, es un europeo del siglo XIX, con todo el sesgo epistémico que dicha filiación puede suponer. Eurocéntrica suele ser nuestra asimilación subalterna del pensamiento marxista. En esta subalternidad, una fragilidad destaca entre otras: nuestra gran incapacidad de mirar hacia otros sures. Así, conocemos más sobre el impacto de la Revolución Rusa en Alemania y el frustrado alzamiento espartaquista que sobre el Congreso de los Pueblos de Oriente de Bakú; sabemos más sobre el otoño caliente italiano o la breve república de los consejos húngaros que sobre el masivo movimiento comunista que se desarrolló en el Asia Central. En este aspecto, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo es una obra imprescindible. 

De manera sintética y accesible, Vijay Prashad nos acerca al impacto que la Revolución Rusa tuvo como acicate de los levantamientos anticoloniales posteriores a la Primera Guerra Mundial y al enorme desarrollo que alcanzó el movimiento comunista en Oriente. Recorrer estas páginas es adentrarse en una terra ignota que nos acerca a la historia del segundo Estado socialista del mundo, nada menos que en Mongolia, a la irradiación de Lenin sobre el propio Congreso Nacional Indio o a los tempranos intentos de colaboración entre panislamismo y comunismo. 

El llamado de Zinoviev en Bakú a la guerra santa contra los capitalistas británicos y franceses, la edición por parte de George Padmore de El Trabajador Negro o el recorrido que llevará a Hồ Chí Minh de la fundación del Partido Comunista Francés a la URSS y de allí a su rol como artífice de la liberación vietnamita, se entrelazan en estas páginas con nombres casi desconocidos para nosotrxs, como los de Mirsaid Sultan-Galiev, Tana Malaka o la comunista turca Naciye Hanim. 

Además de acercarnos un bagaje poco común entre lxs lectorxs de habla hispana, Vijay Prashad nos introduce en debates políticos centrales y nos ayuda a romper ciertas mistificaciones de amplia circulación. En primer lugar, rescata adecuadamente el carácter temprano del anticolonialismo bolchevique y sus intentos por saldar de manera democrática las reivindicaciones nacionales de los pueblos antiguamente sojuzgados por el imperio zarista. El programa bolchevique sostenía el derecho a la autodeterminación, incluyendo la separación en un Estado independiente, de las naciones sojuzgadas por la Rusia zarista. Por ejemplo, en el debate sobre Ucrania, la posición de Lenin fue clara: la unidad de los pueblos no podía ser impuesta, sino que debía ser producto de una decisión voluntaria, solo después de reconocido su derecho a la autodeterminación lxs ucranianxs podían unirse por decisión propia a una lucha conjunta contra el capitalismo imperialista. 

Estos principios sufrieron, al igual que la propia democracia soviética, la restricción creciente de la guerra civil y la invasión imperialista, y luego la temprana desaparición física de Lenin. No obstante, aún cuando la Internacional Comunista asumió características más rígidas y subordinó el conjunto de su accionar a la defensa del Estado soviético, pudo funcionar todavía como un aliado directo o indirecto de muchos procesos de descolonización de mediados del siglo XX. Finalmente, como Vijay Prashad nos permite identificar, las mayores resistencias y críticas a la política de Moscú surgen tempranamente, con potencia, pero también con la creatividad necesaria para seguir orientando a movimientos de masas, entre el comunismo del Tercer Mundo. 

La Revolución Rusa no solo incidió decisivamente en el mundo que hoy conocemos, sino que transformó radicalmente la historia del marxismo y el socialismo. Trasladó el epicentro del movimiento revolucionario mundial desde Occidente hacia Oriente. Una teoría crítica forjada por Marx y Engels en los centros de la economía metropolitana y pensada fundamentalmente en base al desarrollo del capitalismo y de sus sepultureros en Inglaterra alcanza su mayor éxito político en la lejana Rusia. Y esto no será una excepción. A partir de allí, la periferia dependiente del sistema capitalista será la locación privilegiada para la emergencia de grandes movimientos de masas orientados o influenciados por los comunistas. Conocer esa rica historia, que también es nuestra, lleva a cuestionar profundamente la idea de que el marxismo es una doctrina racionalista, colonialista y eurocéntrica, incapaz de servir como herramienta de transformación en el Tercer Mundo. Esa fábula, difundida largamente en Nuestra América, no resiste la prueba de los hechos. Pueblos de las más diversas latitudes y culturas fueron capaces de aprovechar el marxismo como lo que es: un método y no un recetario, un llamado a que lxs oprimidxs tomen el cielo por asalto y no un plan científicamente preconcebido para tomar el poder bajo las mismas condiciones en todos los países del mundo. Esto no supone negar las rigideces, burocratismos y errores del movimiento comunista. Esas dificultades existieron y fueron abordadas bien o mal por distintas experiencias populares, dando a veces respuestas mucho más creativas que las que imaginamos o nos han contado. Una estrella roja sobre el Tercer Mundo sirve para que abramos la cabeza. Para que nos dispongamos a asumir que, al menos, una parte del dogmatismo y el europeísmo que asignamos al pensamiento marxista del siglo XX reside más en nuestras asimilaciones y lecturas efectivamente europeas que en la enorme riqueza que desplegó el movimiento comunista internacional. 

Aquí radica una lección fundamental que está ligada a aquel debate que dio Mariátegui en su momento, enfrentándose tanto al europeísmo como a un indigenismo exotista. Ni las recetas universales son aplicables sin más a cualquier realidad nacional ni nuestra especificidad es tal que nada de ocurrido en las luchas populares a lo largo del mundo nos es de utilidad. Síntesis, diálogos y traducciones, entre nuestras prácticas y las pretéritas, entre nuestras tierras y las en apariencia más remotas. Allí reside el arte de la creación heroica.

Un freno de emergencia para la historia   

Estamos transitando una crisis sistémica de magnitud, que algunos autores definen como una crisis civilizatoria. El optimismo irrefrenable de la ideología neoliberal ha quedado atrás y el mundo transita hoy una era de incertidumbres. Guerras regionales, crisis políticas, renovadas formas de violencia, confrontaciones nacionales e interétnicas, crecientes interrogantes sobre la sustentabilidad de un vínculo humano-naturaleza basado en la creencia de la inagotabilidad de los recursos planetarios, crisis alimentarias severas en las regiones más postergadas pueblan el actual mapa global. 

La pérdida de legitimidad del discurso globalista y liberalizante se expresa en el surgimiento de múltiples fenómenos que lo impugnan, a veces de forma violenta, y que en algunos casos han llegado al gobierno del Estado. La emergencia de Trump y el descrédito del establishment político bipartidista en amplias capas de la población pobre y trabajadora estadounidense, la crisis del proyecto europeo y la proliferación de impugnaciones nacionalistas, el fortalecimiento de derechas autoritarias con discursos abiertamente racistas y misóginos también en América Latina –como es el caso de Jair Bolsonaro en Brasil–, el déficit de legitimidad que enfrentan los sistemas democrático-electorales en muchos países son solo algunas expresiones de la crisis en curso. 

En este contexto, aún sin la presencia de una alternativa global al capitalismo, las preguntas sobre su futuro y la formulación de respuestas contestatarias y emancipatorias cobran nueva relevancia. Frente al fracaso en múltiples dimensiones de la triada economía de mercado, democracia representativa-delegativa y valores occidentales modernizantes, no hay un único polo contrahegemónico que concentre el antagonismo, sino una proliferación de alternativas diversas, muchas de ellas abiertamente reaccionarias, otras parciales o limitadas en cuanto a su potencia expansiva. 

La vigencia o no del socialismo, o de algún tipo de alternativa poscapitalista, no es un problema de orden ideológico. Es un problema de vida o de muerte. Es una necesidad que el propio capitalismo nos plantea de manera desgarradora cuando se reafirma como un sistema donde el 1 % más rico se lleva el 82 % de la riqueza mundial y 8500 niñxs por día mueren a causa de la desnutrición. 

La creación heroica es hoy más necesaria que nunca. La Revolución Rusa y el socialismo pueden parecer temáticas perimidas luego del derrumbe de la URSS y la casi extinción de aquel vocablo. Hoy nuestros horizontes poscapitalistas son más débiles que nunca y allí reside uno de los grandes triunfos neoliberales. Sin embargo, los pueblos son porfiados, salen a luchar y resisten, y en esas resistencias buscan y crean nuevas alternativas. Y esas alternativas se nutren de lo que ya hemos sido capaces de hacer. La necesidad de superar el capitalismo y el patriarcado, de construir una sociedad más justa, igualitaria, solidaria y democrática es hoy más grande que nunca. Aunque hoy nuestra falta de horizontes sea tal que se nos hace más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo, estamos obligados a recrear esa esperanza, esa convicción y esa fuerza que haga posible un mundo diferente, un mundo mejor. En eso se nos va la vida, en eso se juega la vida en el planeta. 

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