Batalla de Ideas

23 septiembre, 2019

La unidad después de diciembre

Néstor Kirchner soñaba con un sistema político bifrentista: un polo de centroizquierda y otro de centroderecha, cada uno con sus grises. A diez años de su muerte, y si no se rompe nada, hay chances de que su sueño se consolide en 2020.

Federico Dalponte

@fdalponte

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El Frente de Todos reunificó a los viejos actores del Frente para la Victoria, pero esta vez el armado creció también por izquierda. Resta verificar cómo se sostendrán esas identidades en un hipotético gobierno, aunque no hay dudas de que cada sector interno procurará incidir en el rumbo de la gestión.

Esa es la regla básica en cualquier frente político plural y democrático, si es que no quiere perecer. Pues si en la práctica ese conglomerado sólo se sostiene en el núcleo tradicional del PJ, el Frente de Todos se irá erosionando en un proceso similar al que vivió el kirchnerismo entre 2007 y 2013.

Sin embargo, en el corto plazo, el problema de aquel sueño bifrentista no es el polo de centroizquierda, sino su opuesto. Si Cambiemos pierde finalmente las elecciones y esa alianza de centroderecha implosiona, la fragmentación reconstruirá el escenario previo a 2015: oposición atomizada y con escasa competitividad.

Y dentro de esos escenarios, el peor sin dudas sería la reconstrucción del período 2009-2010, cuando el Frente para la Victoria batallaba en el Congreso contra la mera suma de las partes opositoras; el tristemente recordado «Grupo A».

Aquellos fueron los tiempos más proactivos del entonces oficialismo, pero la ausencia de expresiones estructuradas y consolidadas de oposición, sumada a la falta de liderazgos unificados, favorecían la improvisación política: peleas por el uso de reservas del Banco Central para pagar la deuda, limitaciones a la reasignación de partidas presupuestarias, la puja por el 82% móvil, la capitalización de la asignación universal por hijo.

Nada podía llegar a buen puerto ante la multiplicidad de interlocutores. Los radicales, los socialistas, el GEN, Elisa Carrió, el autodenominado Peronismo Federal, los macristas. Esa inestable convivencia opositora se traduciría luego en atomización de ofertas en 2011 y en el consecuente resultado electoral: los opositores sumaron entre todos el 46% de los votos, pero la mayor porción apenas cosechó el 16%.

Hipótesis temeraria: la estabilidad política en la Argentina depende entonces de que la centroderecha se consolide como alternativa política sustentable. Bastante peor sería la atomización opositora, caldo de cultivo apto para la proliferación de candidatos insensatos y propuestas irracionales: prometer la revolución de la alegría nunca lleva a nada bueno.

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Gerardo Morales, Ernesto Sanz y Mario Negri. Allí reside el núcleo duro radical que sostendrá la unidad de Cambiemos post-diciembre. Son el germen de una virtud que pasó desapercibida en la vida de esta alianza: no romperse durante la crisis.

Para el PRO la discusión sigue siendo más sencilla: a Mauricio Macri, a María Eugenia Vidal, a Horacio Rodríguez Larreta, a todos les conviene muchísimo más aliarse a los radicales y encolumnarlos detrás suyo, antes que tenerlos enfrente disputándoles el electorado.

En cualquier caso, para mal o para bien, lo cierto es que los partidos que integran Cambiemos priorizaron siempre la unidad. Una diferencia central respecto a la crisis política de 2001.

La dirigencia actual de la UCR fue la segunda línea de esa alianza con el Frepaso en los años oscuros de Fernando De la Rúa. Esa experiencia de resquebrajamiento político en pleno gobierno dejó su huella. Si el objetivo era no debilitar al presidente Macri sacando a relucir las cuitas internas, ello fue cumplido con creces. Cambiemos duró todo lo que debía durar.

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Hoy el debate es otro. Los radicales que resistían el acercamiento con el PRO se alinearon por obediencia partidaria, pero hace cuatro años que esperan la revancha. Alberto Fernández conoce de primera mano ese desencanto y ya le pidió una reunión a Ricardo Alfonsín, tal vez uno de los más críticos del macrismo.

Alfonsín está tironeado por el carnet de afiliado y el linaje. No puede romper con su partido sin provocarse una crisis de identidad. Para él, ser radical es estar en un comité con el escudo, la bandera y el cuadro de Hipólito Yrigoyen de fondo. La pelea entonces es hacia el interior de su propio partido: la pretensión de que la UCR pegue el portazo y rompa Cambiemos de un tirón en caso de confirmarse la derrota presidencial.

Y allí la primera gran puja será en diciembre. La renovación de la composición del Congreso obligará a revalidar el funcionamiento de los interbloques. El radical cordobés Mario Negri, presidente del interbloque Cambiemos, conoció el sabor amargo de la derrota al perder la gobernación, pero en octubre seguramente ganará las legislativas y querrá retener su lugar de privilegio.

En ese marco, tendrá asegurada –como mínimo– la conducción del bloque radical, aunque el plato fuerte será la continuidad o no del interbloque. Diciembre será por tanto la primera medición interna de fuerzas: si los interbloques hoy oficialistas del Senado y Diputados se rompen, los díscolos como Alfonsín irán por la conducción del centenario partido. Y allí la atomización opositora estará a la vuelta de la esquina.

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