Deportes

4 octubre, 2019

Banfield y los 11 de Memoria

Este jueves el club del sur del conurbano creó la categoría de socio detenido-desaparecido, para restituir esa condición a hinchas que fueron víctimas de la última dictadura.

Ezequiel Parrilla

@ezeparri

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Uno de los momentos con menos certezas que pasé en mi vida fue cuando nació mi hijo, en todo ese berenjenal de dudas, miedos y emociones tenía una certeza, luego de inscribirlo como ciudadano argentino tenía que ir inmediatamente al club y convertirlo en socio de Banfield ese sería mi primer paso para sentirme un buen padre.

¿Por qué? Me preguntaron infinidad de veces. “Le tenés que dar la libertad de elegir”, me aleccionaron muchísimos familiares y amigos que no dudan en asignarles una religión a sus hijos e hijas sin consultarle cuestiones de fe. Esa explicación siempre me quedó dando vueltas ¿Sería acaso una simple cuestión machista, patriarcal y futbolera? 

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El jueves el Club Atlético Banfield restituyó la condición de socios a 11 víctimas de la última Dictadur asumiendo el compromiso de incorporar por estatuto la categoría de Socio Detenido-Desaparecido. La presidenta del club, Lucía Barbuto, habló entre lágrimas:  “Pido perdón en nombre del club por haber demorado tanto en hacer este reconocimiento”. A mí el corazón me estalla.

“El Tala” Ventura, Leonel Saubiette, Mario Pierrepont, Silvia Streger, Alberto Pera, Alejandro Hansen, Eduardo Streger, German Gavio, Raúl Ceci, Ricardo Chidichimo y Roberto Matthes eran al momento de su desaparición socios y socias de Banfield y desde este 3 de octubre sus familiares podrán contar que aún lo siguen siendo. 

“Banfield no es chico ni grande, Banfield es el mejor club del mundo”, dice en voz baja antes de subir al escenario uno de los familiares.

Nos miramos y esas miradas se abrazan como en un grito de gol, ese grito que te junta arbitrariamente con cualquiera, porque ahí no importa conocerse, el amor se comparte.

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Ezequiel Fernández Moores fue uno de los oradores del acto; se subió a mi auto para viajar juntos al lugar de la cita, el Estadio Florencio Sola, debajo de la tribuna sin alambrado. Charlamos, le expresé mi admiración, la coincidencia de nombre hace que esquivemos un poco, algunas cuadras, la charla futbolera hasta que lo obvio se impone: Diego Armando Maradona.

Suelto de cuerpo, así como si todo diera lo mismo, me cuenta que unos días antes cenó con Asif Kapadia, director del documental que esta semana se estrenó sobre El Diego. “Cuando lo veas lo vas a sentir tu hermano”, me cuenta. Es algo que estaba claro de antemano que ambos, como todo amante del fútbol argentino, amamos a Maradona.

Casi sin querer, porque a veces las mejores explicaciones aparecen sin buscarlas, le cuento lo que me pasa con Maradona: “Lo veo y pase lo que pase, digan lo que digan me acuerdo de mi abuela que cada vez que lo veía lo llamaba mi chiquito, era como un nieto más para ella”. 

Entiendo o me explico a mí mismo que hay amores que son tan grandes que son de carácter transitivo.

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En las redes sociales, en la tribuna, el comentario aparece. “¿Qué tiene que ver esto con el fútbol?”, “No mezclen la política y el fútbol”, “sigan así que se van a la B seguro”, afirmó un especialista en hashtags, pero hincha de boca.

En plena dictadura, el fútbol le dio la espalda a las víctimas de aquel horror. Lita Boitano, quién compartió panel con Norita Cortiñas, Taty Almeyda y Delia Giovanola, recuerda: “Esta es la tercera vez que vengo a una cancha de fútbol, la primera fui a repartir volantes durante el mundial del 78 con la pregunta ¿Dónde están los desaparecidos?”.

Silvia Streger estaba detenida en el pozo de Quilmes y su cuñada, Liliana, estaba presa en Devoto. Silvia supo que una compañera en esa terrible oscuridad iba a ser blanqueada y trasladada a su misma cárcel, entonces decidió hacerle llegar a Liliana una prueba de vida, la última que hasta el día de hoy se conoce. Cosió con unas telas una trenza con los colores verde y blanco para que cuando llegue a destino su cuñada no tenga dudas que la trenza es de Banfield y que la hizo ella. 

Hay cosas que amamos tan fuerte que nos dan identidad.

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El acto termina y como de costumbre ya me voy a la tribuna. Belén, mi compañera, me saca una foto con Ramiro y entiendo que ese club al que amo es parte de mi identidad, la que me hace conocer gente maravillosa. Porque esa identidad es colectiva y se conforma en la tribuna, en las calles de un barrio y equivocadamente o no, es la que quiero compartir con mi hijo.

Esa parte de la identidad, la más importante de las menos importantes, es la que les fue restituida a estos “11 de Memoria”. 

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