Cultura

10 octubre, 2019

Oktubre: pop violento y música para pastillas

El 10 de octubre de 1986 salió a la luz el segundo disco de estudio del grupo platense Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Es considerado uno de los más emblemáticos de la historia del rock nacional. El contexto musical y político de los 80 marcaron en este disco un estilo que fue precursor para una generación.

David Radosta

@RadostaDavid

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El plan Austral se deterioraba poco a poco. La deuda externa heredada de la dictadura cívico militar, que ahogaba financieramente al país, ascendía ya a 50 mil millones de dólares. José López Rega era detenido en Estados Unidos y trasladado al país para ser enjuiciado. La Argentina se coronaba campeona del Mundial de Fútbol de México 86 con Diego Armando Maradona como figura. La “mano de obra desocupada” de los organismos militares seguía operando desde las sombras y se intentaba calmar esta presión poniéndole un punto final por ley, el 24 de diciembre de ese año. Esos que eran acusados por el presidente electo en su discurso de 1983 por apelar a las botas ante la falta de votos, eran perdonados.

“Voy a exagerar, mi fiebre no es tan alta
Esta es la peor cita (es una cita a ciegas)
¡Al planeta un bombazo le vamos a dar!
(Para que no nos moleste nunca más)
Seré promovido para Navidad
¿cómo no se nos ocurrió?”
(Tema: Divina TV Führer)

El mundo no estaba mucho mejor. Los ochenta, a nivel mundial, se caracterizaron por un recrudecimiento en las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La Guerra Fría se calentaba cada vez más. Los “fuegos de octubre” sonaban fuerte en los distintos conflictos bélicos del mundo: la guerra de Malvinas, la guerra entre Irán e Irak, la invasión de Israel en el sur del Líbano. EEUU bombardeaba Libia, intervenía en Grenada, en Panamá e impulsaba la guerra del Golfo. Yugoslavia, Chechenia, Kosovo, Intifada. La ONU declaró a 1986 como el año internacional de la paz (“¿Cómo no se nos ocurrió?”). ¿Es que estos jóvenes de La Plata no entendieron nada? ¿La paz no era tal?

El hombre no pudo controlar a la bestia nuclear y en abril Chernóbil sufre las consecuencias y el accidente nuclear más grande de la historia. La paga la pobre Ólga Sudorova, que en Chernóbil “crepó” por el Vodka que el gobierno recomienda tomar, engañosamente, a los ciudadanos afectados. Toman, lo hacen hasta morir.

“De regreso a octubre
(desde octubre)
sin un estandarte de mi parte…
Te prefiero… Igual, internacional”
(Tema: Fuegos de Octubre)

Ese era el contexto de país y de mundo en el que Oktubre se desprendió del cordón umbilical de sus creadores. El optimismo que despertó el retorno a la democracia de a poco se fue agotando. Lo que parecía una utopía, se volvió distópico. La certeza de que “con la democracia se come, se educa y se cura” ya tambaleaba en 1986. Se comía cada vez menos, la educación no era un tema de agenda y las heridas a curar se trataban con leyes de impunidad.

Cuando Oktubre cumplió 20 años, el periodista Alfredo Rosso lo definió así: “Hay discos catárticos que no son fáciles de escuchar. Sus melodías se pueden cantar, silbar, tararear y aun así, son portadores de una sonda conflictiva que resuena con la impronta del tiempo en el que fueron concebidos”.

Con respecto al primer trabajo del grupo, y dejando un poco de lado lo conceptual, Oktubre supuso un cambio drástico en las formas musicales. Los acordes menores denotaron una mayor tristeza, una oscuridad subyacente. El cantar del Indio Solari sonaba más cercano a un lamento que a un frenético rock and roll -técnica que según él, heredó de los boleros que cantaba su madre-. Los riffs eran más punzantes y estáticos, penetrantes. No solo desde la guitarra, también desde el saxofón de Willy Crook.

El contexto de adelanto tecnológico en materia musical no fue ajeno a este trabajo discográfico. Incluso, según músicos que participaron de la grabación -como el mencionado Willy Crook-, hasta se abusó de algunos efectos como la reverberación (una ligera permanencia del sonido una vez que la fuente original ha dejado de emitirlo) que se le ponía a todo.

El contexto de los ochenta estaba invadido por la ola del pop, ese “Drácula con tacones” con el que el grupo franelea por primera vez. Ese sonido nuevo y oscuro que Los Redondos estaban creando encontró refugio en el “pop violento que guió el gran estilo siniestro”. Al mismo tiempo, Oktubre se escapó de la lógica llegadora del pop. En un principio se vendía en solo cinco disquerías, entre ellas la que Alfredo Rosso tenía en la galería Bond. El post-punk de Joy División sonaba fuerte aún en y Los Redondos surfeaban en esta nueva ola -la new wave– que dejó el grupo inglés.

“Roqueros bonitos, educaditos.
Con grandes gastos, educaditos.
Emboquen el tiro libre,
que los buenos volvieron,
y están rodando cine de terror”
(Tema: Música para pastillas)

La escena under empezaba a crecer y era el lugar ideal para la crítica social y la expresión liberada de discográficas. Los Redondos también comenzaban a construir esa identidad independiente que los caracterizó siempre, la gestión propia. La idea era no depender de las empresas discográficas y siempre se las rebuscaron de manera creativa para llegar al público. Incluso si la distribución de sus discos la tenían que hacer ellos mismos.

Pero Oktubre, además de sonido, es imagen. Un conjunto de imágenes sonoras que remiten ya desde su artística de tapa -a cargo de Rocambole- al devenir de una revolución, de un cambio. Los revolucionarios rusos de octubre de 1917, a los que hacen alusión las imágenes, no reflejaban alegría en sus caras. Hay cansancio, los rostros están desdibujados por la lucha. Pero resistieron y resisten el paso del tiempo. En algún punto, la mirada era optimista. Las cadenas estaban, seguían ahí. Pero esta vez en las manos de esos revolucionarios, de esas personas que gritan desaforadas de dolor y cansancio, pero con esperanza.

Oktubre es un disco conceptual con una confluencia entre sonido e imagen tal que, según el artista detrás de su arte de tapa, algunas imágenes fluyeron al escuchar las canciones y los integrantes de la banda no dudaron en incorporarlas.

Pasaron ya treinta años desde que este disco empezó a escarbar en la cabeza de una juventud que encontró represión en las botas, pero que también perdió fe en los votos. Oktubre sentó las bases de la experiencia Ricotera, del ritual Ricotero. No por nada esa risita picarona, el “Ji Ji Ji!” que luego haría temblar el piso de los estadios con “el pogo más grande del mundo”.

Un octubre como hoy, pero de 1986, se abría una pequeña fisura en la historia del rock nacional. “Esto es efímero, ahora efímero. Como corre el tiempo! Tic… Tac efímero”. Será que 31 años no son nada.

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