Batalla de Ideas

11 octubre, 2019

¿Un nuevo ‘giro a la izquierda’ en América Latina?

Notas sobre la derrota del macrismo y la crisis en Perú y Ecuador, en un escenario de incertidumbre.

Crédito: David Díaz Arcos

Fernando Toyos

@fertoyos

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Se cumplen dos meses de las elecciones primarias del 11 de agosto, aunque quizás les parezca -como a mí- qué pasó mucho más tiempo. En estas ocho semanas hemos vivido uno de los períodos más convulsionados de un ya convulsionado mandato presidencial que -de confirmarse predicciones y esperanzas- se encuentra escribiendo su epílogo.

Se trata de un final marcado por el desgobierno, con un presidente que -en apenas unos días- culpabilizó al electorado por la devaluación ocurrida tras las PASO, para luego mostrarse arrepentido. El descalabro del macrismo es tal que podría hacernos olvidar que hace tres meses las encuestas descartaban una segunda vuelta, mientras que hace ocho meses era la oposición la que tenía que aspirar al ballotage. Más aún: hagamos el desagradable ejercicio de rememorar, digamos, el primer Macri, que gobernó entre el 10 de diciembre de 2015 y el 14 de diciembre de 2017. ¿Quién, en aquel entonces, lo hubiera dado perdedor de las presidenciales de 2019? Nadie. Aún los más optimistas reconocíamos que, eventualmente, una candidatura de María Eugenia Vidal resultaría imbatible. Hoy, ambas figuras se preparan para ceder sus poltronas.

Esto tiene consecuencias más allá de la Argentina: luego de la derrota en las PASO, que debe ser ratificada, dos gobiernos del bloque conservador latinoamericano entraron en agudas crisis políticas. Perú -sede, por supuesto, del infame “Grupo de Lima”- y Ecuador, en donde el giro a la derecha se efectuó al interior del otrora gobierno progresista, desplazando a Rafael Correa de la dirección del partido Alianza País.

Lo confesamos: los argentinos (el uso del masculino no es un descuido) tendemos a sentirnos el centro del mundo o, por lo menos, de Latinoamérica. Pero este análisis busca trascender este narcisismo idiosincrático, y es que Cambiemos era, sin exagerar, la esperanza blanca de la derecha latinoamericana. Hace no demasiado tiempo se podía ver a un Macri triunfal abrazado a Lilian Tintori, dirigente de la oposición venezolana que -en aquel momento- estaba a punto de alzarse con el triunfo en las elecciones legislativas de su país.

La incapacidad de este sector opositor, atravesado por múltiples internas y sin un proyecto de país que pueda organizar a su alrededor más que al núcleo duro del antichavismo, lo llevó a dilapidar aquel importante capital político. Hoy los vemos sosteniendo, todavía, al autoproclamado presidente Juan Guaidó, cuyo más convincente argumento es el apoyo de los halcones de Washington. En el medio, millones de venezolanos y venezolanas de los sectores populares y medios deben pagar el costo de la criminal guerra económica a la que son sometidos por la ambición imperial.

Hoy nadie quiere sacarse una foto con Macri, ni siquiera el gobernador electo de Mendoza, el radical Rodolfo Suárez, quien consideró que vincularlo con el líder de su coalición era “campaña sucia”. Mientras tanto, el presidente ecuatoriano Lenin Moreno tiene más de diez días de huelga con movilizaciones y cortes de ruta en su contra, habiéndose visto obligado a trasladar la sede de gobierno de la populosa Quito a la más acomodada ciudad de Guayaquil. Estas manifestaciones se desencadenaron tras el anuncio de un “paquetazo” de medidas de ajuste, pactadas -vaya casualidad- con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estas medidas incluyen el aumento de hasta un 123% del precio de los combustibles, el despido de decenas de miles de trabajadores estatales y la poda salarial de aquellos que conservan su puesto de trabajo.

Su homólogo peruano, Martín Vizcarra, recién pudo sortear la crisis institucional que envolvió su gobierno tras recibir el respaldo de las fuerzas armadas. La antigua capital virreinal se vio sacudida por denuncias de corrupción, emanadas de los negociados de la multinacional con sede en Brasil, Odebrecht. Tanto el ex presidente Pedro Pablo Kuczynski -quien fue reemplazado por Vizcarra, hasta entonces vicepresidente- como la hija de otro ex mandatario, Alberto Fujimori (condenado por delitos de lesa humanidad), se encuentran empantanados en respectivas denuncias. Mientras “PPK” tuvo que renunciar, Keiko Fujimori está presa desde fines de 2018. El ex presidente Alan García, también sospechado de corrupción, se suicidó en abril de este año para evitar ser detenido.

Mientras la crisis en Ecuador parece beneficiar al espacio político de Rafael Correa -que salió fortalecido de las elecciones municipales celebradas en marzo de este año-, la situación en Perú no parece haber sido capitalizada por las fuerzas de izquierda, cuya principal figura es la ex candidata presidencial Verónika Mendoza.

Sin embargo, estas dos crisis políticas –una de ellas, aún, con final abierto- nos permiten arriesgar una hipótesis: la ofensiva de la derecha, que comenzó solapadamente en 2009 con el golpe a Honduras, demostró tener pocos argumentos con los que seducir a los -¿antiguos?- decepcionados con las limitaciones de los gobiernos progresistas y de izquierda. Ante la “muerte de la globalización”, como la nombró el vicepresidente e intelectual marxista de Bolivia, Álvaro García Linera, las fuerzas conservadoras de la región -estrechamente vinculadas a los intereses del imperialismo norteamericano- han hecho uso y abuso del recurso de la demonización de sus contrincantes. Aunque hiera nuestro orgullo nacional, debemos saber que el argumento de la “pesada herencia” está lejos de ser patrimonio argentino.

¿Esto quiere decir que estamos a las puertas de un nuevo “giro a la izquierda” en la región? El intelectual y dirigente comunista italiano, Antonio Gramsci, gustaba decir que la historia es una combinación de necesidad y contingencias. “Causas y azares”, diría el cantautor cubano Silvio Rodríguez.

Sin embargo, hay dos argumentos que nos llaman a la cautela: volviendo a Gramsci, este señaló que el Estado capitalista es “hegemonía acorazada de coerción”. La hegemonía, entendida como un proyecto económico y político a través del cual la clase dominante pueda hacer pasar sus intereses como intereses de toda la sociedad, es lo que está en crisis: la “muerte de la globalización” significa precisamente esto. Eso no significa, solamente, que las ideas que ideólogos neoliberales como Francis Fukuyama y Ayn Rand -parodiadas en los Simpsons– hayan perdido su encanto por arte de magia. Quiere decir, sobre todo, que estas ideas ya no pueden articularse en un régimen político y económico que, mientras garantice la supremacía de la clase dominante, permita cierta satisfacción económica a grandes capas de la población.

Si el “segundo macrismo” tiene alguna virtud, es la de haber mostrado que las ideas del pensador de Cerdeña tienen plena vigencia. Por esto mismo, debemos recordar que detrás de esta crisis está, como última trinchera del poder, el aparato represivo del Estado. Lenin Moreno, consciente de esto, declaró el estado de excepción en Ecuador, dando una clara señal de que está dispuesto a recostarse en las fuerzas represivas con tal de mantenerse en el poder. Con todo, el escenario en América Latina es profundamente incierto, caracterizado por la lucha entre “lo nuevo que no acaba de nacer” y “lo viejo que no termina de morir”.

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