Cultura

1 noviembre, 2019

Cambiar la piel: la cultura que vivimos y la que esperamos

Las cicatrices que nos dejó el macrismo son profundas: vaciamientos, clausuras, persecución y censura. Sin embargo, junto con un nuevo gobierno construímos nuevos horizontes.

Quizás no lo recuerden. Quizás los gritos de la cultura suenan distorsionados y lejanos, quizás las memorias se ven como a través de ojos miopes: desdibujadas, borrosas, maltrechas. Hubo, tiempo atrás, un momento en el que la cultura formaba parte de la agenda política. Hasta que un día, sin prisa pero sin pausa, el neoliberalismo llegó para cambiar las reglas del juego.

No es novedad para nadie cuáles son las lógicas de los gobiernos neoliberales. Entre ellas aparece la mercantilización y la capitalización del arte y la cultura, herramienta política de cambio, generadora de pensamiento crítico. El neoliberalismo rechaza los encuentros, su objetivo es individualizar y banalizar estas prácticas, despolitizando y diluyendo las convenciones que nos constituyen socialmente, colectivamente. En ese sentido, el Estado se deshace de la responsabilidad de aportar a una cultura horizontal y popular, para dejarla en manos de las grandes empresas que todo lo compran y todo lo manejan. Nada, en manos de un gobierno de esta índole, es inocente. La producción de las subjetividades, a cuentagotas, ha sido deshabilitada como un espacio  para analizar, vivenciar y construir la realidad desde un lenguaje que se dispone a recorrer los límites sociales, invitando a transformarlos en otras maneras posibles de encontrarse en la otredad. 

El 10 de diciembre de 2015 Mauricio Macri asumió la presidencia. En ese momento designó al periodista y editor Pablo Avelluto al frente del Ministerio de Cultura de la Nación, puesto ocupado anteriormente por la cantautora Teresa Parodi. Ya afianzado en el cargo, a Avelluto no le tembló el pulso para despedir a 500 empleados del Ministerio. “Una decisión espantosa, pero necesaria”, según sus palabras. Además desmanteló la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, que tenía a su cargo el filósofo Ricardo Forster. En esa tónica, el cierre de numerosos programas nacionales tampoco sorprendió a nadie. 

El 5 de septiembre de 2018 el Ministerio de Cultura fue degradado al rango de Secretaría, y esto implicó un retroceso con respecto al valor que se le atribuye a la cultura, y un claro gesto de abandono por parte del Estado. De la mano de esta nueva perspectiva cultural mercantilista, llegaron medidas de ajuste que tuvieron como resultado el desgaste de las producciones independientes, aportando así al silenciamiento de voces plurales. 

Un claro ejemplo fueron los resultados del desfinanciamiento al cine independiente argentino. Mientras que el otorgamiento de becas requiere de cada vez más burocracia, los costos de realización de una película están evaluados en menos de la mitad de su valor real, por lo que resulta el doble de difícil llevarlas a cabo. Si bien el INCAA actualizó el costo medio de las películas nacionales a mitad de este año, nunca parece ser suficiente , ya que la inflación aumenta exponencialmente. “No habrá más estrenos de cine nacional independiente a partir de enero de 2020”, advirtieron desde la Cámara Argentina de Distribuidores Independientes Cinematográficos (CADICINE) a mediados de octubre. 

Además, existe una ley que garantiza que las películas independientes tengan una cuota de pantalla que hoy no se cumple. Es una herramienta para que las producciones se mantengan un tiempo mínimo en cartelera, mientras que hoy en día se llegan a dejar solamente por una semana en la agenda. Tampoco se cumplen los incentivos a aquellxs realizadorxs independientes para poder llevar a cabo sus proyectos (Resolución 981/2013). 

Esto genera que el contenido audiovisual siempre caiga en las manos de las mismas empresas, que son las que hacen siempre los mismos contenidos. En paralelo, el cine Gaumont tuvo que abrir sus salas a películas extranjeras, desdibujando la importancia de las producciones nacionales, hecho que también se vio reflejado en los nuevos contenidos del Canal Encuentro, donde todas las series y los documentales son enlatados con un simple doblaje argentinizado. 

El cine independiente está silenciado. Lo mismo sucede en centros culturales, que durante estos últimos cuatro años se vieron en la necesidad de buscar alternativas para sostenerse (en el mejor de los casos) o cerrar (si es que no fueron clausurados) debido a los aumentos impagables de los servicios. Lo mismo en teatros; no sólo en el circuito off, la calle Corrientes se vació de carteleras, luces apagadas entre escombros de falsos arreglos edilicios. 

El próximo presidente, Alberto Fernández, anunció que Cultura volverá a ser Ministerio, y esto habilita a poder pensar en qué Ministerio queremos como sociedad y hacia dónde vamos. Se tendrá que encontrar la manera de sostener la posibilidad de acceder a la cultura en un país que queda sumido a una crisis económica, social y cultural muy profunda de cifras exuberantes; con una inflación que, terminado el gobierno de Macri, superará al 300%, y una deuda que deberá reestructurarse para poder pagarse.

En ese contexto, todes les actores y actrices que componen estas luchas (ya sea en movimientos sociales, de manera independiente, desde una organización política y/o colectivo artístico) deberán dar varias peleas y discusiones, planteándose cómo seguir con la construcción de una cultura popular y transfeminista, tanto sea dentro del Estado como ocupando las calles, pero siempre en un territorio que ha sido retrasado frente a la conquista de derechos. 

Agostina Concilio, Lucía Mingrone y Daniela Errecarte, integrantes de Bardo Colectivo Contracultural

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