Cultura

4 noviembre, 2019

El teatro, territorio soberano: se reestrenó “Campo minado”

Sobrevivir a una guerra es mucho más que eludir la muerte en el campo de batalla. Eso parecen decirnos los excombatientes de Malvinas, argentinos y británicos, que protagonizan la obra de Lola Arias que se reestrenó el pasado jueves en la sala Martín Coronado del Teatro General San Martín.

Victoria García

@vicggarcia

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El proyecto se remonta a 2013, cuando Lola Arias concibió la videoinstalación Veteranos, sobre excombatientes argentinos de Malvinas, que se presentó al año siguiente en el Parque de la Memoria. Ya desde entonces, la pregunta que orientaba a la dramaturga y directora era qué marcas dejaba en la memoria y en el cuerpo la experiencia radical de la guerra.

Arias intenta una exploración no menos radical sobre ese interrogante. A través del proceso de investigación artística, llegó a ver que la experiencia de los combatientes argentinos y británicos en el conflicto bélico de 1982 tenía más en común de lo que muchos estarían dispuestos a aceptar. 

Se entrevistó con 70 veteranos de cada uno de los bandos y, luego de un intenso proceso de selección, se quedó con seis “actores”: tres argentinos, dos británicos y un ghurka nepalí. Estos seis hombres (varones: es que la guerra, en apariencia, es un territorio únicamente masculino) protagonizan Campo minado, que se estrenó en 2016, pero también la película Teatro de guerra (2018), que narra el proceso de composición de la obra y cierra el círculo del proyecto de Arias sobre Malvinas.

Desde su estreno, Campo minado ha sido representada en más de treinta ciudades y en numerosos festivales en todo el mundo. Su reestreno en Buenos Aires es una oportunidad para acercarse a una obra que es todo un acontecimiento, no solo por la original reunión de excombatientes argentinos y británicos que pone en escena, sino también porque se trata de personas “comunes”, ajenas al teatro profesional, para quienes cada función de la obra puede constituir una experiencia extraordinaria.

Ninguno de ellos es actor; todos ellos son veteranos de guerra: eso es prácticamente lo único que tienen en común los protagonistas. 

Hablan distintas lenguas: el castellano y el inglés, pero también el nepalí. En esa diversidad lingüística que despliega la obra, existen asimetrías indudables: para los argentinos y para el nepalí es “normal” saber hablar inglés; para los ingleses, en cambio, la lengua propia es la única necesaria. 

A Marcelo Vallejo, uno de los excombatientes argentinos, solía molestarle que su hijo le hablara el inglés que aprendía en la escuela porque le reavivaba el odio hacia los ingleses y el recuerdo de la guerra. Hoy puede entrevistarse con un veterano inglés en escena y, en ese diálogo, recuperar algo de la capacidad de vincularse con otros que la guerra le arrebató de un plumazo.

Rubén Otero, que sobrevivió al hundimiento del General Belgrano, tiene una banda tributo a los Beatles: más que hablar en la lengua de su antiguo adversario bélico, la canta, le rinde homenaje y se divierte con ella. 

Lou Armour, uno de los del bando inglés, convivió durante años con el recuerdo traumático de haber matado a un conscripto argentino que parecía dispuesto a rendirse, un recuerdo doblemente culposo porque lo avergonzaba, frente a sus compatriotas, llorar por un soldado argentino. Ese soldado, antes de morir, le había hablado en inglés, en un gesto de cercanía solo probable en ese momento de indefensión última, en que el moribundo balbucea la lengua del imperio que combate.

Las diferencias, tensiones y conflictos trascienden, por supuesto, el orden lingüístico. El malentendido que está en el fondo de la obra consiste en que, como sostienen el mismo Armour y Gabriel Sagastume -otro de los excombatientes que protagonizan la obra-, “para los argentinos, las Malvinas son argentinas; para los ingleses, los isleños son británicos”.

Del mismo modo, existen asimetrías entre la significación e impacto que la obra de Arias tiene en la Argentina y en Inglaterra. Uno de los veteranos ingleses dice haberse sorprendido al llegar a Buenos Aires por la omnipresencia de la simbología vinculada a las “Faulklands” y al reclamo de soberanía. Para los ingleses, en cambio, se trata de una guerra olvidada.

La discusión sobre la soberanía está en el fondo de la obra, pero no es su tema. Tampoco lo es la relación entre el conflicto bélico y la última dictadura militar, aunque ese contexto está presente y Galtieri aparece como uno de los “personajes” – pronunciando su tristemente célebre arenga a los ingleses: “Si quieren venir que vengan…”-.

Se trata, sobre todo, de generar preguntas a partir de un acontecimiento histórico complejo como es el de Malvinas. ¿Qué significa haber sobrevivido no pese a sino gracias a un combatiente del bando adversario -como le dice al ghurka, Sukrim Rai, un argentino a quien ha tomado prisionero-? ¿Qué pasa, a la inversa, cuando un campo minado mortífero ha sido no la trampa tendida por el enemigo, sino por el ejército propio? ¿Qué razones o sinrazones motivan a un hombre a combatir en la guerra? ¿Qué ocurre cuando versiones alternativas de la historia ponen en entredicho el discurso oficial que ha legitimado el combate del que se ha sido parte? ¿Cómo vuelve un veterano a su patria: como héroe, como sobreviviente, como paria?

La obra de Arias es un campo minado de preguntas sobre la guerra y sobre Malvinas. Atravesarlo, sin dudas, tiene sus riesgos: los que conlleva hacerse oídos de la experiencia dolorosa que los veteranos tienen para contar. 

Pero, podemos asegurarlo también, de ese campo se sale más vivo que sobreviviente. Esto es así porque, en la teatralización de la guerra que propone Campo minado hay, además de un duelo por lo que se perdió en Malvinas, una celebración del arte como componente fundamental de la supervivencia y de la vida: como acontecimiento que, ante el horror que representa la guerra, puede dar lugar a formas singulares de belleza, tan perturbadoras como potentes. En ese territorio del teatro que se reclama soberano y va más allá del conflicto por la soberanía de Malvinas, una historia que nos es conocida puede adquirir aristas novedosas, y lo que aparecía como irreconciliable puede, por un momento, encontrarse y producir efectos inesperados. 

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