Batalla de Ideas

8 noviembre, 2019

La izquierda popular y el problema del sujeto

La crisis del proyecto de las izquierdas en general, y del proyecto en construcción de la izquierda popular en particular, es la crisis del sujeto sobre el cual descansa.

Fernando Toyos

@fertoyos

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Quienes militamos en la izquierda popular, en sus múltiples variantes, hemos atravesado una serie de debates con les compañeres de la izquierda tradicional, en múltiples aristas: discutimos sobre el carácter revolucionario de los procesos latinoamericanos más avanzados, también diferimos en la caracterización del kirchnerismo, entendiendo que allí se expresó la relación de fuerzas –más favorable– que conquistamos en las calles en 2001 y 2002, institucionalizadas por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, y podríamos seguir enumerando diferencias por varias páginas más. Quizás una de las rupturas más profundas y, a la vez, menos explícitas que nos caracterizan como izquierda popular es la que se refiere a las sujetas y los sujetos de la revolución. ¿Quiénes son aquellas y aquellos que la hacen, en función de qué intereses, qué les define como tales, cuáles son sus potencialidades y limitaciones? 

Es un lugar común entre la militancia imaginar un varón, blanco, con el mameluco de la fábrica y la cuota sindical al día cuando pensamos en la clase obrera. Sin embargo, el término originalmente acuñado por Marx, proletariado, no define al sujeto a partir de una tarea sino en función de la no-posesión de medios de producción. Proletarias y proletarios, originalmente, eran aquellas personas que no tenían más que sus hijas e hijos, es decir, su prole, para sostenerlos económicamente si es que llegaban a una edad avanzada. Dicho de otro modo, se trata de las personas que no tenemos más que nuestra fuerza de trabajo, sin distinción entre el trabajo agrícola-ganadero y el industrial, manual o no-manual, productivo o reproductivo, más simple o más complejo. En todos estos casos, la diferencia fundamental pasa por tener o no tener derecho de propiedad sobre los medios de producción utilizados, y sobre el producto de nuestro trabajo. Con múltiples matices y particularidades –que incluyen tanto a la economía popular como a sectores medios (ciencia y técnica, docentes, judiciales, bancarios, etc.)– el conjunto de las clases subalternas se define por ser explotadas económicamente y dominadas políticamente.  

Claro que ha habido, y hay todavía, concepciones obreristas de este sujeto: aquellas que piensan al sujeto como una cosa, es decir, de manera reificada: allí, entonces, las múltiples formas de las sujetas y sujetos subalternos se funden en la estampita del obrero industrial, soviético o peronista. Son estas formas de pensamiento cosificado las que remataron en errores estratégicos como aquel de la famosa comuna rural rusa, la Obshchina. Allí, los autoproclamados “marxistas rusos” sentenciaron que los productores rurales organizados en estas comunas –donde la tierra era propiedad colectiva, explotada privadamente– debían proletarizarse, para lo cual debían sufrir la separación entre sus brazos y la tierra trabajada. Contra los “marxistas rusos”, finalmente, el propio Marx concluyó que esta forma particular de organizar la propiedad y el trabajo podía constituir una base para la construcción del socialismo, sin “pasar por el capitalismo”, como pretendían sus supuestos seguidores. Contra el pensamiento reificado, dogmático y manualizado, primó el estudio concreto de la realidad concreta, reponiendo la particularidad del caso en vez de pasarle por encima con la aplanadora de las “leyes generales”.

En Nuestramérica, la cuestión agraria generó polémicas candentes. De una parte, quienes nuevamente tomaron la palabra de Marx como letra muerta, cósica, adjudicándole estatus universal a la caracterización hecha por el barbudo de Tréveris sobre el campesinado francés, al que tildó -no sin razón- de elemento retardatario. Del otro, el protagonismo del campesinado en la Revolución Cubana que –al igual que la Revolución China– dio sus primeros pasos en la espesura. 

El panorama se torna más complejo si consideramos que –más allá del mundo rural– el trabajo en América Latina se caracteriza por altas proporciones de informalidad. El contrato de trabajo legalmente establecido, con derechos y representación sindical, es una excepción antes que una regla. Y sin embargo, esos sujetos y esas sujetas que desarrollan sus vidas por fuera de la cobertura legal, lejos del “obrero típico-ideal”, se organizan, luchan y, a veces, triunfan. Eppur si muove.

En Argentina, un debate similar atravesó a la izquierda cuando aquella ofensiva del capital sobre el trabajo que llamamos neoliberalismo engendró un nuevo sujeto llamado a combatirla: el movimiento piquetero. No fueron pocos los sectores de la izquierda tradicional que, asimilando a este emergente con el lumpenproletariado, renunciaron a construir junto a ellas y ellos, posicionamiento que algunas organizaciones sostienen hasta el día de hoy. Esto, por supuesto, no obsta en el hecho de que las mismas desarrollen una valiosa construcción en varias fábricas y algunos sindicatos. Sin embargo, las jornadas de 2001 y 2002 nos demuestran que el sujeto revolucionario realmente existente no se agota en este “obrero típico-ideal”: el protagonismo del movimiento piquetero en esta insurrección antineoliberal todavía se recuerda el día de hoy, con cada tren que pasa por la ex estación Avellaneda.

El ciclo político del kirchnerismo se caracterizó por otorgar una serie de demandas populares con el objetivo de recomponer la gobernabilidad de la clase dominante, frente a un movimiento popular que, pese a su capacidad de impugnación, no pudo oponer una alternativa propia. Medidas como la reinstalación de negociaciones paritarias, la adopción de un perfil productivo que redundó en una mayor generación de empleo y transferencias de ingresos como la AUH abonaron a la recomposición de la clase obrera como sujeto, luego de décadas de retroceso. Sin embargo, este proceso no tuvo la profundidad suficiente para revertir los efectos que, desde la dictadura hasta hoy, la ofensiva neoliberal descargó sobre la clase trabajadora: precarizada económicamente, descabezada políticamente y atomizada socialmente, este poderoso sujeto social –que protagonizó la vida política argentina durante décadas- perdió su presencia estelar en el conflicto social. Las invocaciones a “los trabajadores” y/o “el pueblo” cedieron su paso a las abstractas figuras de “los vecinos”, “la gente” o “los ciudadanos”, mientras creció la proporción de personas autoidentificadas como parte de la “clase media”.  

Pero toda crisis es una oportunidad: la desarticulación política, social y económica del sujeto que hegemonizó a las clases subalternas durante el siglo anterior encierra, también, la posibilidad de su reconstitución sobre nuevas bases. El rol de la economía popular y el movimiento feminista en la resistencia al macrismo ya ha sido señalado. Y la importancia estratégica de estas actoras y actores seguirá su curso luego del 10 de diciembre. Quizás, incluso, cobren mayor relevancia. La crisis del proyecto de las izquierdas en general, y del proyecto en construcción de la izquierda popular en particular, es la crisis del sujeto sobre el cual descansa. Intentando no caer en la tentación de la teleología, hay elementos para pensar que el movimiento feminista y la economía popular pueden ser vectores en la recomposición de este sujeto, múltiple y diverso, que vuelva a ser capaz de portar sobre sus hombros la emancipación de la humanidad.

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