Batalla de Ideas

11 noviembre, 2019

De Berlín a La Paz: el fin del fin de la historia

El mismo fin de semana en que se cumplieron 30 años de la caída del muro alemán, el capitalismo mostró su rostro más descarnado en Bolivia. De aquella promesa de una democracia con progreso y libertades para todes, al golpe de Estado clasista y racista.

Santiago Mayor

@SantiMayor

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Para empezar recapitulemos: Evo Morales ganó las elecciones presidenciales del 20 de octubre. Eso no está en discusión. Nunca lo estuvo. Tanto el escrutinio provisorio como el definitivo, confirmaron que ganó en primera vuelta: 47,08% frente al 36,51% de Carlos Mesa.

Allí vino entonces el pedido de auditoría, sosteniendo que debía haber un ballotage. El gobierno aceptó y lo dejó en manos de la Organización de Estados Americanos (OEA). Pero la derecha dijo que no reconocería la revisión, aún cuando el organismo a cargo de hacerla jamás podría ser sospechado de afinidad con el Movimiento al Socialismo (MAS). 

El resultado iba a estar el 13 de noviembre. Sin esperarlo y ante cierta pasividad de los sectores “políticos”, las bases más reaccionarias de la oposición -con el presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Fernando Camacho, a la cabeza- comenzaron la ofensiva golpista. 

La violencia fue reivindicada explícitamente. El secuestro y humillación de la alcaldesa de Vinto recorrió el mundo y marcó un punto de inflexión. Sorprendentemente el gobierno no reaccionó. 

Luego vino el incendio de edificios gubernamentales, la presión directa y en la calle a funcionarios para que renuncien, la ocupación de los medios públicos, el secuestro de periodistas, el acuartelamiento de la policía, la lavada de manos de las Fuerzas Armadas primero y su apoyo al golpismo después. 

Acorralado y evidentemente sin fuerza para enfrentar esa avanzada, Evo aceptó llamar a nuevas elecciones. Camacho continuó pidiendo la renuncia del Ejecutivo y todo el Congreso. La violencia se mantuvo en la calle y el mandatario finalmente renunció.

El objetivo siempre fue el mismo: derrocar a Evo Morales a como dé lugar. Los argumentos formales, apenas una excusa.

El golpismo de los “mansos”

Durante la recta final de la campaña electoral argentina, Mauricio Macri realizó sus “30 plazas”, movilizando a una base social que no acostumbra a salir a la calle. En ese contexto, el titular del Sistema Federal de Medios Públicos, Hernán Lombardi, calificó este hecho como “la rebelión de los mansos”.

Como explicó el analista Martín Rodríguez, “muchos de esos ‘mansos’ son mansos porque pueden. Por razones de clase. Porque tienen tercerizado el uso de la fuerza en las fuerzas de seguridad y en la ley”. Citando a Ernesto Semán, añadió: “La clase alta es más amable porque su vida es más confortable y porque durante la mayor parte del día delega la defensa física de su espacio a las fuerzas de seguridad”.

En Bolivia esto se trastocó desde 2006 con el primer presidente indígena de la historia, dirigente sindical y surgido del movimiento popular que había acabado con el último gobierno neoliberal.

Comenzó entonces un período tan transformador para el pueblo, como de supuesta excepcionalidad histórica para la burguesía boliviana. Evo Morales era un error a subsanar. Les había arrebatado a ellos, los dueños del país, su legítimo derecho a gobernar. Su derecho a ser mansos.

En palabras del ex ministro de Comunas e intelectual venezolano, Reinaldo Iturriza, hay “una lección que nos deja Bolivia (entre otras)” y es que “pueden darse rebeliones neoliberales en países con economía estable, próspera, con inflación casi cero” porque “no es la economía, sino una clase/raza que se cree predestinada a conducir el país”. 

Eso se expresó en la contraofensiva reaccionaria continental. En 2009 se dio el golpe de Estado en Honduras; en 2010 el intento de derrocar a Rafael Correa en Ecuador; en 2012 la destitución fraudulenta de Fernando Lugo en Paraguay; en 2016 el impeachment a Dilma Rousseff y la persecución judicial contra Lula da Silva que habilitó el triunfo de Jair Bolsonaro.

La democracia descartable

Este ataque se construyó minuciosamente articulando una alianza con las burguesías locales, los medios de comunicación y el Poder Judicial. El imperialismo estadounidense fomentó así la desestabilización y derrocamiento de los gobiernos que plantearon distintos niveles de soberanía.

La democracia dejó de ser un punto de apoyo intocable. Por eso, ya no resultó un problema recurrir a mecanismos que violen sus principios negando cuestiones tan elementales como la pluralidad ideológica, la libertad de expresión, el derecho a la protesta.

Esto se enmarca en una necesidad sistémica. Como salida a la crisis de 2008/2009 las grandes multinacionales buscan avanzar aún más en el control de los recursos naturales que generan renta extraordinaria (en Bolivia, el litio y el gas). Asimismo, ante la necesidad de mercados para insertar sus productos industriales, fomentan tratados de libre comercio desiguales que tienen como resultado la desindustrialización de los países del sur cuando en el norte aplican distintos niveles de proteccionismo.

La lógica del capital no admite formalidades ni pureza ideológica. Quienes intentan oponerse, sufren las consecuencias.

El neoliberalismo (no tan) zombie

Con la caída del Muro de Berlín en 1989 se proclamó el ‘fin de la historia’. Fue entonces que el capitalismo se impuso como único sistema económico posible y la democracia liberal representativa como su pata política. Sin embargo, más temprano que tarde, esta fórmula mostró ser una falacia.

Ganador de la Guerra Fría, ya sin el contrapeso del bloque comunista, el capital arrasó con aquel experimento (acotadísimo histórica y espacialmente) llamado “Estado de bienestar”. Sus promesas de un mundo mejor, de progreso infinito hacia la utopía del libre mercado, se desplomaron. 

América Latina se convirtió en la vanguardia de una impugnación del modelo hegemónico mundial, mediante la lucha popular y la vía democrática. Las elecciones, los partidos políticos, de pronto fueron insuficientes para sostener la dominación de clase.

Fuerzas progresistas y de izquierda llegaron al gobierno como expresión y canalización de levantamientos populares previos que rechazaron el neoliberalismo. Esa legitimidad de origen, sustancialmente democrática y dentro de las reglas del sistema, fue un hecho prácticamente inédito en la historia del continente. Pero al mismo tiempo fue -y es- la trampa de un nudo difícil de desarmar.

La lógica del capital no admite formalidades ni pureza ideológica. Quienes intentan oponerse, sufren las consecuencias

La crítica más importante que se la hace a Evo Morales desde la derecha -tan cínica como efectiva- es que violó las reglas de la democracia formal. Que se presentó a un nuevo mandato forzando la legislación a pesar de haber perdido un referéndum.

Con el diario del lunes es fácil cuestionar los errores (que existieron), pero el planteo es más profundo. Y remite a los límites que tiene intentar construir sociedades post capitalistas por la vía “pacífica” y dentro de las reglas de juego de un sistema que ni sus dueños respetan porque está en crisis. 

Sin duda el contexto histórico condiciona y da cuenta de las correlaciones de fuerza: no hay mucho margen para impulsar la dictadura del proletariado. Pero también se observa cierta incapacidad política para resolver ese conflicto que provoca seguir determinadas normas -que no son neutrales y están pensadas para sostener un poder de clase- y la necesidad de profundizar un proceso de cambio.

Es que al neoliberalismo no se le gana en una elección. Porque no se trata (solo) de un modelo económico o de una expresión política. Los resortes del poder van más allá de cualquier Poder Ejecutivo nacional y la ideología que sostiene el sistema nos atraviesa desde hace décadas.

El propio Álvaro García Linera reconoció que el proceso boliviano logró que amplias capas de la población pasen a autopercibirse “clase media” por su ascenso económico. No obstante, no pudo revertir un sentido común aspiracional, individualista y meritocrático. La batalla de ideas quedó trunca.

Fue también el ex vicepresidente boliviano que calificó al neoliberalismo actual como “zombie”. Es decir, sin un proyecto esperanzador como el de la década de 1990. Es cierto. Sin embargo ahora, en su faceta reaccionaria, no deja de ser un motor ideológico y cultural que caló en los huesos de sociedades enteras de manera muy profunda, agudizando un escenario de disputa continental y mundial.

Vivimos el fin del fin de la historia, donde se impone el “realismo capitalista” del que habla Mark Fisher. Ese que ya no puede ofrecer un futuro venturoso, sino violencia. Que pone en riesgo nuestra propia supervivencia como especie. Que busca arrastrarnos a la idea de que no hay alternativa. Que nos lleva a creer que, como alguna vez dijera Fredric Jameson, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. 

Cuando nos convenzan de eso, será la derrota definitiva. Pero mientras haya pueblos que resistan, otro mundo seguirá siendo posible.

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