Batalla de Ideas

11 noviembre, 2019

Los símbolos también importan

Los posicionamientos públicos forjan simbolismo. Alberto Fernández está aún en ese interregno en el que no puede gestionar, pero da señales, sobre todo en política exterior. Evo Morales y Lula, centrales para entender el perfil del nuevo presidente.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Los símbolos, los mensajes, los anuncios y las normas se combinan en cualquier etapa de un gobierno, pero mucho más al momento de los primeros pasos. Dar señales es casi la actividad exclusiva de un presidente recientemente electo.

Un mensaje en medio de la marcha del orgullo, la foto con Brian Gallo, una declaración sobre el pago de la deuda externa y la del hambre, una entrevista con Rafael Correa, el pedido por la libertad de Lula, el enésimo encuentro con José Mujica y el repudio al golpe en Bolivia. Falta el trazo fino del plan de gobierno, pero sobran señales sobre lo que será el posicionamiento de Alberto Fernández en el concierto de naciones e intereses.

Las semanas de inestabilidad que vive América Latina reforzaron la necesidad de posicionarse en la región. La política doméstica cedió lugar frente a las preocupaciones acerca de los países vecinos. Y en ese sentido, cada paso del nuevo presidente argentino sirvió para construir un nuevo perfil de relaciones exteriores, distinto al que tuvo el país durante la era Macri.

En abril de 2003, por ejemplo, Néstor Kirchner visitó a Lula en Brasil, incluso antes de que Carlos Menem renunciara al ballotage. ¿Era necesario en términos institucionales? Claramente no; no aportaba nada. Pero constituyó un símbolo poderoso de una alianza que se mantendría durante años.

Ese viaje puede ser homologable a la visita de Alberto Fernández al mexicano Andrés López Obrador la semana pasada. Si bien, a diferencia de Kirchner, se trata ahora de un presidente electo, el peso comercial entre Argentina y México no permite explicar por sí mismo la importancia que se le asignó al encuentro. Se trata en realidad de una reconfiguración del mapa político en la región, mucho más que un objetivo económico.

En ese sentido, López Obrador suplanta ahora la ausencia de otros socios latinoamericanos: en particular, del boliviano Evo Morales y el uruguayo Daniel Martínez, con quienes se reunió Fernández antes de sus respectivas elecciones pero no después. El tiempo dirá cómo sobrelleva eventualmente el futuro presidente su política exterior si hubiese nuevos mandatarios en esos países.

Hacer eje con otros líderes regionales es fundamental para encontrar un lugar en el mundo. No será sencillo. La actitud beligerante de Jair Bolsonaro dificulta por ahora el acercamiento con Brasil, principal socio comercial de la Argentina. Sucederá tarde o temprano, pero quedará relegado a los asuntos propios de la gestión diplomática.

En la construcción simbólica del perfil de Fernández hoy seduce más una foto al lado de Lula que un apretón de manos con el actual jefe de Estado brasileño. Sobre todo porque el líder del Partido de los Trabajadores será fundamental para ayudar en un nuevo desafío: reconstruir la fortaleza de las izquierdas en el resto de la región, en tiempos de golpes de Estado, lawfare y violencias de toda índole.

***

Para Alberto Fernández, son días de máximo despliegue de poder. Su imagen positiva ya supera a su caudal electoral, y junta más aplausos que rechazos a cada paso. El futuro inmediato, en cambio, se presenta más complejo. Los desafíos internos y externos son en extremo delicados y no alcanzará con dejar a salvo un acervo simbólico. Pero importa. Siempre importa.

Cuando pase su presidencia, y a la par de los indicadores económicos, Fernández también querrá saber de qué modo incidieron sus movimientos en la construcción de una sociedad distinta. Mensajes a favor de una sociedad más democrática, como pretendió Alfonsín. Mensajes a favor de una sociedad más igualitaria, como pretendió Kirchner. El abanico de opciones es amplio, porque en definitiva la política no es sólo gestión; también son mensajes, posturas y símbolos.

En ese período entre la victoria del 30 de octubre y la asunción del 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín también apeló a símbolos y señales. Promesa de aumento del salario mínimo, reunión con dirigentes peronistas, con Madres de Plaza de Mayo y hasta una invitación especial a Isabel Perón. La carga simbólica presagiaba la vuelta del diálogo democrático al poder.

Mauricio Macri hizo lo propio en noviembre de 2015, apenas terminado el ballotage. Anunció la baja de retenciones al campo y el aumento del mínimo no imponible para ganancias; un claro preludio del desfinanciamiento del Estado, el modelo en ciernes.

Mientras Alfonso Prat Gay se quejaba de la falta de estadísticas que revelaran el estado de las cuentas públicas y Marcos Peña prometía que no habría ajuste, el presidente electo proponía achicar la recaudación fiscal.

Eran señales de lo que vendría. No más que eso. Un anuncio sin efectos inmediatos, pero que anticipaba un proyecto de país validado desde el poder: un Estado chico, financiado apenas para cubrir las funciones elementales. Recorte de becas, despidos en el sector público, caída de la recaudación, suspensión de programas estatales.

Alberto Fernández transita por estas horas ese mismo intervalo pre-presidencial. Y sus votantes pueden sentir una reconciliación con su investidura; es ese momento único de esperanza que le sigue a toda victoria electoral. Realineamiento internacional, prioridades en la economía doméstica y conquistas sociales; también un presagio del modelo en ciernes. Lo cual no es poco.

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