Batalla de Ideas

24 noviembre, 2019

¿Importa el ministro de Economía?

Sobran especulaciones, y sobran hombres blancos y porteños: Roberto Lavagna, Matías Kulfas, Guillermo Nielsen, Martín Redrado. Sin embargo, la historia demuestra que el primer ministro de todo presidente es apenas de transición.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Podrá decirse que el debate es menor –y está bien pensarlo así–. Al fin y al cabo un ministro es un asesor del presidente, que llega y se va con él, que apenas instrumenta aquello que le ordena un jefe. Lo sabe bien Adolfo Rubinstein: ante un desacuerdo gravitante, gana siempre el poderoso.

Pero también podría pensarse lo contrario. Un ministro no es sólo un asesor del presidente, alguien que llega y se va con él; un ministro es algo más, pues sino no habría ninguno. Un ministro inyecta sobre un área su propia visión del mundo: no es lo mismo un ministro de Economía heterodoxo que uno ortodoxo; no es lo mismo un ministro de Salud sanitarista que uno antivacunas; no es lo mismo un ministro de Educación docente que uno licenciado en sistemas. Y tampoco es lo mismo un ministro que una ministra.

“Tiene que ser Roberto”, dicen que le dijo Cristina Kirchner al presidente electo refiriéndose a Lavagna. Y el contacto existió. Y también la insistencia. Y también la negativa. Los especuladores dicen que su hijo Marco Lavagna podría ir al Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) y que ese es un puente trazado entre los Fernández y Roberto. Pero nada está tan claro y los especuladores, mientras tanto, especulan.

En cualquier caso, buena parte de la cobertura sobre el presidente electo está hoy centrada en el futuro o futura titular del palacio de hacienda. Lo cual es usual en la Argentina, y mucho más en tiempos de crisis. Salud y Educación, por su parte, tampoco tienen ministro definido pero a nadie le importa algo tan secundario.

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“Macri armará un gabinete económico de seis ministros”, tituló Clarín un día después del ballotage de 2015. Y a muchos les pareció razonable dividir el volante entre seis personas y que cada uno se dirija hacia donde quiera o pueda. La experiencia fue traumática y ahora, cuarenta por ciento de pobres más tarde, la Argentina se convenció de que la persona ungida debería ser una sola –y nada de muchas manos arriba del plato–.

Vale decir que nadie tuvo el intríngulis tan resuelto como Néstor Kirchner en 2003. Hacía un año que Lavagna manejaba la economía del país con inusuales niveles de aprobación social. Mantenerlo en el cargo, por tanto, fue una de las grandes promesas y aciertos de aquella campaña.

En ese aspecto, algo similar sucedió en 1999. Fernando De la Rúa no lo había anunciado formalmente, pero José Luis Machinea era número puesto para ocupar el Ministerio de Economía si la Alianza ganaba las elecciones. De hecho, apenas triunfaron, fue él quien se reunió con el ministro menemista Roque Fernández para iniciar la transición económica.

Fuera de ello, la historia reciente indica que el ministro de Economía suele definirse pocas semanas después de ganar las elecciones. Ese es el caso de los tres presidentes de más largo mandato desde la recuperación de la democracia: Raúl Alfonsín nombró a Bernardo Grinspun una semana después de ganar; Carlos Menem confirmó a Miguel Roig dos semanas después; y Cristina Kirchner anunció a Martín Lousteau veinte días después de su triunfo.

Lo paradójico, sin embargo, es la buena prensa que tiene la inmediatez; una fantasía que se basa en creer que la rápida designación de un ministro es síntoma de preparación y trabajo de años. Macri, por ejemplo, anunció que Alfonso Prat-Gay sería su ministro de Hacienda apenas tres días después del ballotage, pero duró sólo un año en el cargo.

Y no es el único caso. Grinspun duró como ministro apenas un año y dos meses. Roig falleció una semana después de la asunción de Carlos Menem, y su sucesor, Néstor Rapanelli, renunció a los seis meses corrido por la hiperinflación. Machinea se fue un año y tres meses después de asumir con De la Rúa. Y Lousteau, por su parte, no llegó siquiera al medio año.

La excepción, claro, parece haber sido Lavagna, con una salvedad: él fue la primera opción de Néstor Kirchner, pero no había sido la primera de Eduardo Duhalde. El ex gobernador bonaerense había nombrado antes a Jorge Remes Lenicov, que no llegó a cumplir ni cuatro meses como ministro.

Lo cual, además, abre serios interrogantes sobre el rol de esos primeros ministros. Hipótesis: aquellos designados como primera opción de un presidente están fatalmente destinados a oficiar como mera transición y dar lugar a otros u otras que gozarán de mayor centralidad. Por ejemplo, si se piensa en el más importante del menemismo, el nombre que aparece es el de Domingo Cavallo, que fue en realidad el cuarto titular de hacienda de aquel período.

Y no es casualidad. Antonio Erman González fue ministro de Carlos Menem durante poco más de un año y sirvió de plataforma para la llegada de Cavallo, que ocuparía el cargo durante más de cinco años. Algo similar a lo que sucedió con Juan Sourrouille, segundo ministro de Alfonsín y que estuvo allí más de cuatro años, después de la transición de Grinspun. Y sucedió también con Amado Boudou, figura central en el primer gobierno de Cristina Kirchner, pero que llegó recién después de Martín Lousteau y Carlos Fernández. Y con Axel Kicillof, emblema del segundo mandato, pero aparecido sólo después de la renuncia de Hernán Lorenzino. E incluso con Nicolás Dujovne, que fue ministro de Macri durante más de la mitad de su mandato tras la salida de Prat-Gay.

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Una economía traccionada por salarios, apoyo a la industria local, regulación de las importaciones, suba de retenciones a la exportación agraria, control del sector financiero, supeditación del pago de la deuda al crecimiento, desarrollo del sector energético, suba de impuestos a bienes personales.

Gustará a algunos, amargará a otros. Pero el presidente electo no parece dispuesto a negociar ciertos preceptos económicos. O lo que es igual: no parece dispuesto a designar a un ministro o ministra de Economía que no comparta sus criterios elementales. La hiperansiedad acerca del nombre finalmente elegido acabará con el misterio, pero no debería agregar demasiado sobre el perfil político del rumbo económico. Por regla general, presidentes ortodoxos designan a ministros ortodoxos y presidentes marxistas designan a ministros marxistas.

En cualquier caso, lo cierto es que ningún presidente electo ha tardado tanto como Alberto Fernández en confirmar el nombre. Y eso es lo que alimenta las especulaciones. Aunque en el mejor de los casos esa dilación tal vez sea la antesala a una decisión sesuda, reflexiva, que garantice la designación de un ministro que no sea de mera transición. Y en el peor, toda esa ansiedad del mundo político habrá sido apenas para conocer el nombre de un funcionario efímero, fugaz, que –tal como sus antecesores– no estará ni dos años al frente de hacienda. En definitiva, lo que importan no son los nombres, sino las políticas.

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