Cultura

28 noviembre, 2019

El irlandés: algunos eufemismos para evitar decir que es aburridísima

Netflix estrenó globalmente El Irlandés, quizá su apuesta más fuerte como productora ya que cuenta con la dirección de Martin Scorsese y con un plantel de actores de alto vuelo, especialmente para una película de mafiosos. Lástima que con tanta previa nadie pensó en contar una historia.

Ramiro Acevedo

@raminaturalista

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El irlandés ya está disponible en Netflix y cuenta como atractivo principal con la dirección de Martin Scorsese (Taxi Driver, Los Infiltrados), quien después de presionar públicamente a la productora logró que la película se estrene en salas de cines y no vaya directo al streaming. 

Los antecedentes eran prometedores. Por un lado, el reencuentro de Scorsese con Robert De Niro y Joe Pesci después de trabajar juntos en Buenos Muchachos. Por otro, el debut del director con Al Pacino bajo su guía. Y finalmente, la pequeña controversia en la que llegaba la película después de las declaraciones de Scorsese sobre el cine actual.

La película cuenta la historia de Frank “el irlandés” Sheeran (personificado por Robert De Niro), un veterano de guerra que tras su regreso se dedica a trabajar como camionero de un frigorífico e inicia un camino en la mafia cambiando medias reses de baja calidad por las premium que lleva en su camión. Las vacas buenas las entrega en un restaurant de la mafia italiana y ahí empieza su meteórico ascenso como “pintor de casas”.

La producción se basa en el libro I heard you paint houses (Escuché que pintas casas, en español) de Charles Brandt, escrito a partir de los testimonios que el mismo Sheeran le brindó. La frase remite a la sutil forma en la que la mafia norteamericana se refería a los asesinos, por las manchas de sangre que dejaban en las paredes de sus víctimas. 

El irlandés pinta casas y empieza a ser solicitado por sus servicios. Su primer ascenso importante lo logra cuando empieza a trabajar para Russell Bufalino (Joe Pesci) un jefe de la mafia italiana que finalmente lo envía a custodiar a uno de sus aliados y amigos: el mitológico líder del sindicato de camioneros Jimmy Hoffa (Al Pacino). 

Uno de los atractivos de El Irlandés es que supuestamente da respuesta a uno de los grandes interrogantes de la política norteamericana, ya que Hoffa fue desaparecido en 1975 y su cuerpo nunca pudo ser hallado. Finalmente lo declararon legalmente muerto en 1982.

Óscar a la mejor escenografía

La brillantez de Scorsese para hacer películas sobre la mafia norteamericana es indiscutible. Conoce ese mundo al detalle y sabe contar sus historias quizá mejor que ningún otro. Lo aprecia en todas sus dimensiones: las genealogías familiares, la jerga, la música, los escenarios repetidos como casinos y restaurantes, las casas, la sobre actuación de la vida familiar, los apodos, la religión, la ropa, los autos, las esposas e hijos de los mafiosos y un extenso etcétera.

El problema no es la creación del mundo que da fondo a la historia, en eso el director es Messi. El problema es que en ese mundo perfectamente construido, la historia del irlandés es un embole. No pasa nada. No es una película de acción, no la hay. Suspenso tampoco, todo el mundo sabe que pasó con Hoffa (al menos que desapareció y fue declarado muerto) y el narrador de la película es el protagonista, así que también cantado que no se muere. Tampoco es una película que quiera indagar en la psicología de la mafia en general o del irlandés en particular. Al revés, se puede decir que lo caricaturiza como alguien sin complejidades. Finalmente, no es una ficción sobre los dramas familiares de la mafia como podría ser Los Soprano. Si su virtud es contar qué le pasó realmente a Jimmy Hoffa suena a muy poco.

La ironía es implacable. Scorsese pataleó porque Marvel hace películas que solo son un parque temático, en las que no hay conflictos ni se asumen riesgos narrativos. Bueno, El irlandés es eso. Es una visita a un parque temático de la mafia norteamericana. El parque es inmejorable, pero allí no suceden historias ni hay conflicto. Amaga dos veces. Una en relación a conflictos de lealtades (no spoilearás). Y la otra con el rechazo que le genera a la hija del irlandés su oficio como pintor de casas. Pero no se incorporan a la historia esas tensiones, quedan en el escenario de fondo.

Y hay un problema importante con los viejitos. Los tres protagonistas tienen más de 70 años. La historia del irlandés quiere recorrer unos 40 años, entre el regreso de la guerra de su protagonista y las investigaciones realizadas tras la desaparición de Hoffa. Para eso, recurren a caracterizaciones que permitan que el personaje de De Niro tenga 30 años en un momento, 40 en otro y así. Es imposible, no hay maquillaje ni tintura que logre ese efecto. Y eso rompe la inmersión que se necesita, ese artilugio artístico que permite creer que quien está ahí no es un actor o una actriz sino un personaje real de la historia. Y en el caso de Joe Pesci es peor.

Los aciertos

Hay cosas en las que Scorsese no falla. Sabe elegir su plantel y no solo con los protagonistas. Debe haber más de 50 pequeños papeles, todos bien actuados. Entre estos la efímera aparición de Harvey Keitel, que pareciera que pasó por el set de filmación y lo llamaron a actuar un rato. 

Para De Niro y Pesci hacer de mafiosos no representa desafío ya, evidentemente. Sin embargo la actuación del segundo es descomunal, es más que lo que se espera de él y eso es mucho decir. Su esposa aparece poco, pero personifica con maestría el lugar que la narración le asigna: una aristócrata de la mafia. Lo mismo respecto de Peggy, la hija crítica del irlandés. Calladamente transmite miedo, rechazo, cariño, distancia.

Entre los detalles que Scorsese reconstruye tan virtuosamente del mundo de la mafia hay uno que es aún más destacable: los asesinatos. En el cine los asesinatos tienen glamour. El asesino es coreográfico, con atención a la estética del momento. Quien muere lo hace con elegancia, cae prolijamente como si su último suspiro de vida lo utilizara para no perder el estilo. Y son largos, se charla mucho cuando involucran algún vínculo personal.

Los asesinatos de Scorsese son de un pragmatismo extremo, hiper realista. Son efímeros, pasan en menos de un segundo. No hay prólogo ni análisis posterior. No se recurre a efectos musicales ni de iluminación para jerarquizar el momento. Tampoco son momentos de revelaciones. Y finalmente no hay ninguna elegancia, la gente cae como si le hubieran cortado los hilos para quedar en una posición que solo un muerto puede tomar sin sentir vergüenza.

Scorsese hace lo que quiere

Es evidente. Le pintó hacer una película con sus amigos del tema que a él se le antojara, que se la pague una industria a la que maltrata cada vez que tiene oportunidad (con mucho de razón) y una semana antes de su lanzamiento logró por la vía del berrinche que la estrenen en salas de cine. Un merecido divismo para alguien que aportó mucho de calidad y carácter en la industria del cine.

El resultado sin embargo no es muy atractivo. No es una obra de autor, la genialidad que surge del capricho de un vanguardista ni mucho menos. Es muy aburrida y lo demás son eufemismos. Es aburrida. Y la distribuyen en un formato (el streaming) en la que si algo es sencillo es poner otra cosa. Durante las tres horas y media que dura varias veces parece que va a pasar algo: la hija del irlandés se va a transformar en una justiciera y matar a todos, el irlandés y Hoffa van a tener una relación amorosa, alguien va a traicionar a alguien. Y otras ideas más surrealistas a las que solo el aburrimiento puede llevar. Pero no pasa nada.

Y en el mundo híper informado en el que vivimos un detalle más salta a la luz. El personaje del irlandés es presentado como alguien discreto, su principal virtud como pintor de casas, indispensable en su línea de trabajo. La película muestra las complejidades y teatralidades realizadas para esconder el asesinato de Hoffa. Y el más discreto y leal de los pintores de casas al final no pudo aguantarse y le contó a un periodista, que locuazmente no aparece en la película. Hay cosas que es mejor no saber.

Un dejo de honestidad intelectual implica reconocer que casi abrumadoramente la crítica adora esta nueva película de Scorsese y la pone en el pedestal de sus mejores trabajos. Una segunda reflexión nos recuerda que eran los mismos que decían que El aviador era su mejor película.

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