Batalla de Ideas

29 noviembre, 2019

¿Qué democracia para América Latina? (II)

Una región convulsionada, entre la guerra de movimientos y la guerra de posiciones.

Fernando Toyos

@fertoyos

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A doce días de la asunción de Alberto Fernández, el panorama regional se presenta convulsionado. Mientras el golpe de Estado avanza en Bolivia, el pueblo colombiano se sacude largos años de letargo con una impactante huelga general que augura nuevos episodios. Con el carácter contradictorio de todo fenómeno social, la conflictividad de una región que tres meses atrás aparentaba una relativa calma se encuentra en disputa en términos de su capitalización política: si los levantamientos populares contra las administraciones pro-neoliberales de Ecuador, Chile y Colombia parecen ostentar un signo progresivo, el golpe de Estado en Bolivia y el triunfo electoral en Uruguay por variantes situadas a su derecha ponen un signo de pregunta respecto del balance general. En este escenario incierto, el Frente de Todos asumirá la presidencia de Argentina el próximo 10 de diciembre. 

Decíamos días atrás, retomando el análisis del dirigente del MST brasileño, Joao Pedro Stédile, que la etapa política en la que se encuentra la región se caracteriza por la tendencia a la polarización: el ciclo de impugnación al neoliberalismo continúa abierto, como lo demuestran Ecuador, Chile, Colombia y también Argentina. Sin embargo, no parece probable que en el corto plazo volvamos a un panorama de predominio de gobiernos nacional-populares, progresistas y de izquierda. El cambio de etapa está, entonces, delimitado por el relanzamiento de la ofensiva pro-neoliberal, cuyo auge podríamos ubicar -velozmente- entre las victorias electorales que este bloque cosechó en Argentina y Venezuela a fines de 2015 y la victoria de Jair Bolsonaro en 2018, empañada por el escandaloso encarcelamiento sin pruebas del candidato favorito en dicha compulsa. 

Este momento de ascenso, que incluye la victoria opositora en el referéndum por la reelección del binomio Evo Morales-Álvaro García Linera, el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff y la victoria macrista en 2017, comenzó a quebrarse en las jornadas argentinas de diciembre de 2017. Entonces, la expresión favorita de la derecha regional se topó con una inesperada resistencia social a lo que fue su primer intento serio de aplicar el programa de profundización neoliberal, su propósito de máxima, al que denominaron con el eufemismo de “cambio cultural”. 

El contenido de este programa -que asumió la forma de las reformas laboral, previsional e impositiva- consistía en quebrar la relación de fuerzas entre las clases fundamentales, acaso la verdadera “pesada herencia” recibida, no del kirchnerismo, sino de 2001. Si bien el resultado legislativo fue parcialmente favorable al gobierno, la oposición social dio un salto de calidad, desbordando la polarización kirchnerismo-macrismo bajo la cual se venía procesando, integrando y articulando con fuerzas de la izquierda y el progresismo no-K. La presencia de sectores que se enfrentaron abiertamente con las fuerzas represivas y el eco que estas movilizaciones encontraron en los cacerolazos espontáneos de sectores medios terminaron de configurar el nacimiento del antimacrismo. 

Estos sucesos, junto con la asunción de Andrés Manuel López Obrador en México -el mismo día de la asunción de Bolsonaro, por otra parte- le hicieron saber al bloque pro-neoliberal que el ciclo corto de ascenso le estaba dando paso a un período de combate cuerpo a cuerpo, tirón contra tirón. 

La fase 2015-2017/18 estuvo marcada por una guerra de movimientos -de carácter político-institucional antes que militar, pero movimientos al fin- que consistió en avanzar sobre el desgaste del campo antineoliberal. Por guerra de maniobras, o de movimientos, el comunista italiano Antonio Gramsci entendía las estrategias basadas en acciones rápidas y violentas, en las que se pone mucho en juego en un momento decisivo. Cuando el campo de impugnación al neoliberalismo comenzó a rearticularse -en Argentina, también en Colombia con la excelente elección de Gustavo Petro y en Chile con la irrupción del Frente Amplio- esto obligó a un enfrentamiento de características más cercanas a la guerra de posiciones. 

En este punto, el campo pro-neoliberal tiene una contradicción: es consciente de su necesidad de quebrar la relación de fuerzas que mantiene abierto el ciclo de impugnación al neoliberalismo, pero sabe que difícilmente pueda lograr esto mediante la guerra de posiciones. A diferencia de la guerra de movimientos, la guerra de posiciones asemeja a un combate trinchera a trinchera, paso a paso, de largo plazo y combates de pequeña escala. En una coyuntura radicalmente distinta a la de 1990, el neoliberalismo no tiene demasiadas bondades que mostrar siendo gobierno, viéndose obligado a recurrir a una polarización cada vez más agresiva con tal de construir consenso.

Cuando la derecha, entonces, comenzó a avanzar, sintió rápidamente el restablecimiento de una situación de empate, agravada por la reelección con el 30% del padrón electoral de Nicolás Maduro en 2018, pese a más de un lustro de guerra económica contra el pueblo venezolano. Frente a esto, su apuesta consistió en focalizar la presión sobre un punto, atreviéndose inclusive a escalar hacia formas político-militares, buscando así quebrar la resistencia del polo antineoliberal. Pero el intento de evacuar a Maduro del gobierno no logró consumarse antes de que le sucediera lo propio a Mauricio Macri, por la vía de los votos. La contundencia del resultado de las primarias, junto a los procesos antineoliberales de Ecuador y Chile convencieron al polo pro-neoliberal, arrinconado, de apostar al golpe de Estado en Bolivia. El desarrollo del mismo y su impacto, junto con la victoria del Partido Nacional en Uruguay, en la relación de fuerzas a nivel continental, todavía están por verse.

Es en esta coyuntura, marcada por una polarización tendiente hacia la guerra de movimientos, le toca al heterogéneo Frente de Todos asumir el gobierno argentino. Por la importancia de nuestro país en la región, tanto la orientación de la política internacional del nuevo gobierno -de la cual ya hay indicios promisorios- como el éxito en administrar una situación económica y social muy compleja jugarán un papel protagónico en el escenario latinoamericano.

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