Batalla de Ideas

11 diciembre, 2019

El derecho a festejar

Asumió Alberto Fernández como nuevo presidente de la nación Argentina. Los desafíos de una nueva etapa y lo que implica para la izquierda popular.

Crédito: Bárbara Leiva

Florencia Trentini y Nicolás Castelli

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Llegó el 10 de diciembre y se fueron. Se fueron porque desde hace cuatro años, cuando entendimos que lo que habíamos dicho durante la campaña se había quedado corto, que el ajuste, que los despidos, que el disciplinamiento iban a ser aún peores de lo que podíamos imaginar, entendimos que había que militar con un objetivo: ganarles.

En estos cuatro años con movilizaciones masivas y multisectoriales empezamos a derrotar a un gobierno de clase, administradores de las elites minoritarias y poderosas de nuestra sociedad. De aquellos que históricamente quisieron que seamos otra cosa y odian lo que somos, que vivieron y viven de espaldas al destino de nuestra Patria Grande, que inútilmente tratan de torcer una y otra vez. 

Pero ganarles implicó acuerdos, implicó unidad, implicó que la mayoría de quienes entendimos que nos teníamos que juntar para derrotarlos teníamos que aceptar que no iba a ser todo como deseábamos. Algunos tuvieron que integrar un frente con quienes no acordaban en casi nada, salvo en la necesidad de vencer a la peor expresión del neoliberalismo. Otros tuvieron que aceptar que solos no podían, que ser más de lo mismo tenía un techo, y que ese era el techo que había que romper si pretendían que dejaran de gobernar la Argentina. 

Muchas cosas se pusieron en juego: la unidad del peronismo (en casi todas sus expresiones), el corrimiento de Cristina Fernández de la candidatura a la presidencia, el rol de Alberto Fernández como aglutinador de expresiones disímiles y contradictorias, sectores progresistas y de izquierda aceptando integrar un mismo frente que el peronismo, el peronismo aceptando integrar un mismo frente con sectores de izquierda y progresistas. 

El resultado de esas decisiones, de esa unidad, fue que este martes terminó el gobierno que representó de manera más fiel los intereses de las elites minoritarias y de las fuerzas, símbolos y valores de las clases altas. El resultado fue que el macrismo dejó el gobierno. Sin embargo, es necesario recordar que no se fue de la política y de un sector de la sociedad que se ve representada en el PRO, que encuentra en ese espacio el eco a sus ideas reaccionarias, racistas, conservadoras y antipopulares. Esto implica la responsabilidad de entender que derrotarlos en las urnas y en las calles no es correlato de su desaparición política, y por lo tanto, habrá que trabajar cada día para evitar que esa expresión del neoliberalismo más brutal vuelva a destruir nuestro país y nuestro derechos.

Sobre todo implica entender que las consecuencias de este tipo de gobiernos no son simplemente locales, sino también regionales. El macrismo demostró como esa ideología neoliberal atraviesa las fronteras, cada vez con más violencia, cipayismo y furia contra los pueblos de un continente que no entienden. Así vimos cómo apoyaron el golpe de Estado en Bolivia o articularon con Jair Bolsonaro acríticamente.  

Este martes llegó al gobierno una coalición que reúne a la mayoría de los peronismos y a fuerzas de la izquierda popular y progresistas con el desafío de reconstruir un país arrasado en tan solo cuatro años de neoliberalismo salvaje. De arbitrar disputas internas y externas y revertir un 40% de pobreza. Un frente que en su diversidad tiene una premisa común: nunca más neoliberalismo en nuestra patria. Un piso que debe generalizarse y hacerse sentido común en la mayor parte de nuestra sociedad. Una base a partir de la cual comenzar a discutir cual es el mejor camino para lograr una sociedad más libre, justa e igualitaria.

La izquierda popular y la etapa que se abre

La izquierda popular surge con la idea de tender puentes y entablar diálogos, debates y discusiones con las tradiciones nacionales y populares que en nuestro país encarna el peronismo con todas sus contradicciones y complejidades. Pero sin perder su propia identidad, sin confundir su horizonte estratégico, con honestidad en la discusión y sin el oportunismo de disfrazarse de lo que no se es. 

Esto implica importantes desafíos. ¿Cómo no diluirse en un frente heterogéneo? ¿Cómo festejar sin cantar la marcha peronista? ¿Cómo ocupar cargos legislativos e institucionales en un frente que no es totalmente propio y que por lo tanto va a tensionar permanentemente?

En primer lugar, en todo este tiempo nos ordenó una premisa: había que derrotar al macrismo, y hoy tenemos la responsabilidad de aportar a dar vuelta la situación que deja el gobierno saliente y construir consensos para que nunca más el neoliberalismo destruya el país. Pero esto está lejos de “cerrar la grieta”, porque hay un abismo ideológico, moral y cultural frente a quienes toleran o defienden un país con más de tres millones de indigentes. 

Estamos viviendo un contexto regional donde del otro lado no hay diálogo y si lo hay, represión y muertos de por medio, es por las movilizaciones masivas y populares de pueblos que dijeron basta y ya no toleran más gobiernos neoliberales.

La izquierda popular en Argentina, o el Frente Patria Grande, en su breve historia, enfrentará varios desafíos ante esta etapa que se abre. Por primera vez tendrá una ministra, diputades, legisladores y concejales que tendrán la difícil tarea de aportar a reconstruir la Argentina.

A su vez, al desafío de la gestión estatal deberán ponerle la impronta de su ideario y proyecto, en el marco de un frente de fuerzas con horizontes heterogéneos, que entrarán en contradicciones. Es tal vez un punto de bifurcación para la izquierda popular, una oportunidad histórica para consolidarse definitivamente como un actor político y social y ocupar un espacio propio en la política argentina. Pero también se enfrentará a la difìcil tarea de mantener el equilibrio entre lo institucional y la calle y de plantear debates constructivos que serán blanco de críticas y ataques de diversos lados. 

Una izquierda popular que decide tomar el poder debe hacerlo con el firme objetivo de transformarlo y esto implicará evitar que la realidad y lo posible sea lo que ordene su política, deberá evitar subordinarse a una unidad que en lugar de la diferencia busca el disciplinamiento y la homogeneidad de pensamiento. Cambiar todo lo que debe ser cambiado no debería ser una frase hecha, sino el horizonte en cada una de nuestras trincheras, aun en aquellas instituciones estatales y gubernamentales que nos resultan tan ajenas. 

Los desafíos son muchos, las incertidumbres aún más, pero hoy tenemos el derecho a festejar. Porque se va el macrismo del gobierno y porque con aciertos, errores, discusiones, debates, tensiones y diferencias, existimos y somos una realidad, un proyecto que vale la pena militar porque es la herramienta que tenemos y logramos construir -por ahora- quienes seguimos creyendo que la revolución es posible.

@ositewok y @giusnicolas

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